¿Alvargonzález?
¿QUIÉN SOY? Entre otras cosas, como verás en mi tarjeta de presentación (que es la que utilizo en mi vida cotidiana); sí, allí aparece que soy filólogo. ¿Eso qué significa? La mejor definición que he encontrado es la que me califica como ¡ un loco inofensivo, enamorado del lenguaje ! Tal cual. Amo nuestra común lengua, y me rebelo -iconoclasta al fin-, contra ese proceso que no creo inocente y que ha logrado convencernos de que la llana y maravillosa que utilizamos sea de segunda, apta para habitantes de un hipotético tercer mundo. Me rebelo contra ello y lo hago filológicamente. Considero que la lengua es también herramienta bélica y que el proceso de aplastamiento que ha sufrido se traduce en el fracaso histórico del subcontinente americano.
¿Fracaso histórico? Mi faceta como historiador es como la filológica: soy amateur, lo cual significa exactamente lo mismo pero dicho afrancesadamente: ¡ amo a Doña Historia ! Durante años ella me ha provisto de material suficiente para mantener en el aire lo que llamo ‘la conversa radial’ y que no es otra cosa sino el recuento interminable de las tantas versiones que tiene la historia colectiva. Sin historia no hay futuro, y en esa sencilla hipótesis baso mi intento perdurado de ventilarla a través del hertzio con la complicidad de las orejas receptoras y de antenas transmisoras. Creo en el hertzio pensante…
A veces he definido a la tal Doña Historia como un delicado, delicioso y aun explosivo juego de palabras. Y es en ese punto convergente donde coinciden mi pasión por el lenguaje y el historión colectivo: sin palabras no sería posible el recuento histórico, y las palabras mismas tienen su propia procedencia o historieta; su propio peso. Te pongo un ejemplo: el sistema político mexicano acaba de estrenar un viejo vocablo y que no es otro que la llamada ‘Democracia’. ¿Cómo los griegos entendían ese término que inventaron ellos? Desnudar el término para luego ir descubriendo que en no pocas ocasiones a lo largo de los siglos ha cubierto su precaria desnudez con ciento mil disfraces. ¿Utopía o posibilidad real la tan sobada ‘Democracia’? Todo visto desde la perspectiva lingüística y desde la forma como se ha conjugado -así-, tan sonoro término.
A eso me dedico: a las palabras en sí, y a ellas como materia prima de La Historia. Y lo puedo hacer con cierta solvencia porque tuve la fortuna de haber disfrutado del último coletazo de una educación medieval, lo que me permitió aprender los rudimentos suficientes de letras grecolatinas y que son el cimiento de nuestra apachurrada lengua. ¿Académico yo? Amante del saber y aprendiz de todo. Ejerzo sin más título que el derecho intrínseco que tiene todo ser humano de contar su fundamentada versión de La Historia, y a veces tan distante de las versiones oficiales y dogmáticas. Soy verbotraficante y hablador. Eso es todo, y pretendo tu amistad.
