Hidalguía (4)
Por Alvargonzález; septiembre de 1996

En el grito hidalguino resuena sobresaliente (ya te contaré qué dijo el Padre de la Patria), la palabra maldita: ¡Gachupines! Alguna vez para ‘Historia 16′ -revista española-, escribí algo sobre el origen de tan incierto término que aparece incluso en el Quijote y que hasta donde he averiguado hasta fue sinónimo de fatuidad; de arrogancia y vanagloria. Fíjate, todos los peninsulares llegaban pregonando estirpes, parentescos palaciegos y lo que ahora llamaríamos ‘enchufes’ políticos. Llegaban sin conocer la tierra que gobernarían y aplicando criterios que tendrían poca probabilidad de funcionar. Pero la Corona Española -ya amenazada por Napoleón-, seguía en su terquedad. ¿No has visto los cuadros de Goya, valiente testimonio de un pintor que les puso a los monarcas sus auténticos rostros de estúpidos? Rodeados de asesores -Validos, les llamaban-, que poco interés tenían por nada más que la lujuria y el lujo personal. No sé porqué al decirte eso se me vienen a la sesera dos palabras que son tan bien o malsonantes como quieras: ‘chilangos’ y Montoya, y todo a propósito de cortes palaciegas sobresaturadas. ¿Mucha política y poca administración? ¿Todo lo bueno está sólo en el centro del poder? ¿Asesores franceses? te digo; la Nación es gerundio trunco de naciendo, pero ¿porqué no aprendemos del pasado e intentamos el re-nacimiento, bien?
El proyecto hidalguino tenía una consumación sencilla en términos numéricos: acabando con los mucho menos que 50,000 gachupines existentes en estas tierras, seríamos felices. ¡A darle! Y los criollos encabezaron el movimiento de independencia. La intención de quitarnos el pesado yugo impuesto de lejos, maravillosa; la fórmula, caótica “¡A ver qué sale!”. ¿Qué salió? Mírate al espejo y dime si ves un rostro feliz y lleno de esperanzas patrióticas. Tú y yo somos el resultado de procesos que nos han precedido.
Hidalgo -entre sus méritos literarios está haber traducido el Tartufo de Moliere-, con ideas francesas fabricando un primer plan nacional. ¿Cuándo vamos a empezar con ideas nacionales? Su grandeza es innegable; su ideal no retractado nunca de tener un México libre, y su enormidad al enfrentar la muerte en la remota Chihuahua después de escribir una revisión de su gesta: me faltó dice textualmente “contrabalancear la teoría con los obstáculos y por esta imprudencia desde los primeros pasos me vi precisado a los excesos… quisiera que a todos los americanos se les hiciera saber esta declaración…”.
Fíjate, Hidalgo nos llamaba americanos. ¿Somos eso? Pué que sí…
¿Dónde vas a pasar el grito? ¿Alguna vez has estado en el Zócalo y escuchando el ‘original’ que se acompasa también con el tañer de la original campana? ¡Vaya fervor, indudable! ¿Patrio o patriotero? Aquí tendríamos que recurrir a especialistas para que nos ayudaran a encontrar diferencias -si las hay-, entre tan consonantes términos, porque de lo que quisiera nos ocupáramos es precisamente del llamado ‘Grito de Dolores’ en su versión ¡original!
Primero vamos con la campana y su lenguaje ancestral ya olvidado. La que está instalada en el frente del Palacio Nacional debe haber sido una de tantas de la torre parroquial de Dolores o del templo de Nuestra Señora de los Dolores; una con su voz peculiar -tal cual, voz-, y dentro del lenguaje de bronce que durante siglos hablaron las campanas en la suavepatria.
Creo que viviendo en el centro hoy decadente de esta ciudad me tocó percibir la última etapa de ese que fuera un complejo idioma campanil, pues bien se entendía cuál templo y porqué motivo convocaba a su feligresía: que si era misa o rosario, misa solemne o de difuntos. Así, durante siglos no hubo otra forma de convocar a la congregación popular sino con el repique específico de campanas, y por ello la de Dolores es el primer elemento del llamado grito, y ni porqué dudar que el agudo tiple de la que está ahora en Palacio haya sido la que de madrugada avisó al pueblo que algo ocurría; que el Cura los llamaba a reunión. En el ceremonial cívico posterior a Don Porfirio -transportista de la campana-, ella resuena al final y como cierre de acto cívico, pero en lógica histórica su función fue inicial, convocante, insisto, a la reunión de alarma. Eso es, las campanas también decían “¡al arma, al arma!” y todos las tomaban.
Ahora desde el balcón presidencial y con su propio ritual, el término ‘Grito’ resulta la compactación de algo muy distinto: de una proclama. Un discurso lanzado a todo pulmón y con las dificultades de la oratoria de aquellos tiempos en que el micrófono no existía. ¡Imagínate el esfuerzo pulmonar que significaba arengar y proclamar una serie de ideas ante un atrio más o menos repleto! Nada raro que los de la telenovela hayan recurrido a la imagen de antorchas encendidas -se supone que aún no había amanecido-, en torno a un párroco que tal vez estaba validando la idea de Pascal de que nada detiene a una idea cuando a ella le ha llegado su tiempo.
Dados los antecedentes y los preparativos, dada también la vena literaria del Padre Hidalgo, no tengo duda que los papeles que he visto conteniendo la proclama hayan sido originales y que ese hecho que marcaría el rumbo de la suavepatria no fue una ceremonia tan breve como su réplica contemporánea. Aquello tomó su buen rato, pues se trataba de una justificación pública e inicial de parte de alguien lleno de paradojas y contradicciones (como todo ser humano) razonando el ‘casus belli’ o la justeza de la guerra. Incendiando, eso sí, con sus ideas a quienes esa madrugada le rodearon con antorchas, para oírlo en el atrio parroquial. La imprenta -maravillosa herramienta de transmisión-, hizo posible que la proclama se repitiera al paso de las huestes de Hidalgo, y que exista como documento literario.
Continuará…
Venta de los ‘Cincuenta Recuentos’ de Alvargonzález con Macartur en la librería ‘El Desván de Don Quijote’ (antes ‘La Berinta’), López Cotilla 813 y con Mario o Fabián en el puesto de periódicos ubicado en Américas y Morelos. Abierto todos los días de 8 A.M. a 9 P.M.









