Mi amor por Doña Radio
Comienzo con una mala noticia y ello no desentona porque de malas noticias está lleno tu radio. ¿Me equivoco? Pero en este caso puntualizo y digo: comienzo con una mala noticia referida al radio. ¿Cuál es? Una muy sencilla: en radio no hay nada nuevo y si acaso todo son viejas ideas afinadas y puestas a tiempo. Nada nuevo y desde que el radio comenzó a sonar para entre otras cosas ahuyentar el miedo que le tenemos al silencio.
¿No le temes tú al silencio?
Viejas fórmulas actualizadas. Te pongo un caso. Hasta hace no mucho quienes en lejanías sintonizaban una emisora, no tenían otra forma de hacerse presente que mediante el correo; cartas que decían, letra más o menos, un aquí estoy oyendo. Ahora el correo electrónico permite lo mismo; o claves telefónicas de bajo costo que han hecho al correo tradicional caer en el olvido. La vieja fórmula se actualizó para agilizar respuestas a una programación hecha también de voces y sonidos consonantes con la fugaz modernidad. Nada nuevo en radio sino renovados intentos de pescar tus orejas con arte y mañas –artimañas-, fundadas en la intención de sonarte bien y que de nuevo poco tienen.
Todo eso sirve para enmarcar un intento. ¿Cuánto hace que no escribes una carta de amor? O dicho en términos actuales: un correo electrónico en tono amatorio. Tú sabrás la respuesta, pero de paso te cuento de mi amigo Sabino a quien en angliasterras conocí haciendo radio y a quien hace años perdí la pista cuando dejé de oírle en Radio Amazonía.
Sabino en el Servicio Brasileño y yo en el latinoamericano, recibíamos las cartas de los oyentes desde muchos rincones del mundo. Un día Sabino tuvo la ocurrencia para motivar al oyente de solicitarle “la carta que nunca enviaste”; y la idea se la tomé yo y la resultante fue –andando en el hertzio-, estrujantemente humana. No te imaginas el tono de las misivas en todo el espectro del odio al amor no solo por seres humanos sino incluso cartas dirigidas a las divinidades biendicientes o maldicientes… ¡La carta que nunca enviaste! Y ahora esa añeja idea renace en carne propia pues me han pedido que escriba un mensaje a alguien a quien nunca le he escrito. ¿A quién? ¿En qué tono?
Comienzo diciendo: Muy amada Doña Radio:
Tú sabes lo mucho que te debo. Tú sabes que me involucré contigo casi casi al momento de cobrar uso de razón pues me acompañabas en mi precario tiempo infantil cuando la fiebre reumática me tiró en cama. Oírte y quedar fascinado por tus encantos fue lo mismo. Amor a primer oído…
No ignoras que poblaste mis sueños de adolescente con tu música, tus voces que lo mismo contaban chistes que chismes; que transmitían noticias y que me permitían estar presente en lugares remotos e ignotos.
Sabes que me tocó presenciar tu divorcio electrónico, cuando el transistor te permitió despegarte de la pared y desprenderte del cable para convertirte en omnipresente. Te divorciaste de la sala de la casa y dejaste tu lugar a la novedad del televisor adoptado como lo que fuiste: centro de convergencia de la atención familiar. Tampoco ignoras que por casualidad fui a dar a esa discreta parte tuya llamada ‘onda corta’ y que entre sonidos de estática me permitía oír lejanías impensables: Europa, Asia, y las llamadas américas. Dueña de mis ensoñaciones ¡las hiciste realidad!
También es asunto íntimo entre tú y yo, esa confesión amatoria dicha con más intuición adolescente que razón madura y en términos de “¡algún día me integraré a tu ser íntimo!” Y mira, o más bien oye, mal que bien lo he logrado. ¡34 años subiendo y bajando de antenas, no son cualquiera cosa! Encantos y desencantos y no digo que por tu culpa –culpa no hay-, sino por mi necio amor a ti convertida en antenas de todo tamaño y poder.
¿Qué eres? Una encantadora dama de compañía en medio de un proceso globalizante donde campea la soledad. ¿Quién eres Doña Radio? Egregia dama menospreciada y subempleada porque se han olvidado de que tu función primaria es encantar. Te han convertido en pregonera vociferante lo que Benavente llamaba “los intereses creados”. Se han olvidado de que puedes, además de ser distribuidora de la supuesta verdad noticiosa, además de remendar almas; se han olvidado que también puedes inspirar. Que además de tener la atención pública entre vacuidades, eso es entre-tener, puedes repletar esa hambre de conocimientos que tenemos los seres humanos; puedes dulce, deliciosa y suavemente, educar.
Durante muchos años he andado contigo mi vieja y atractiva dama de compañía. ¿Puede haber vicios virtuosos? Si los hay, eso eres para mí: un vicio solitario e irremediable.
Gracias Doña Radio por lo mucho que me has dado. Pero tú lo sabes: no ha sido gratis ¡que va! En los líos en los que me has metido, pero amante que en líos no mete, no vale. Como este último lío de escribirte una carta de amor y gratitud. Una carta que nunca se me hubiera ocurrido escribirte; gracias por creer que creo –¡y mucho!-, en ti que con tu magia transformaste todo: desde el funesto arte de la guerra y hasta el maravilloso anhelo de paz que nos persigue a pesar de lo mucho que corremos a diario.
Espero que tus viejas ideas se sigan siempre rejuveneciendo para que suenes bien y que tus usuarios puedan soñar en un mundo mucho mejor.
Táte bien y como les dicen a los pilotos cuando levantan el avión: buen vuelo… Buen vuelo Doña Radio y ojalá llegues a lo mejor del ser humano y puedas transformarlo con tu capacidad inspiratriz.
-Alvargonzalez (el Vallero Solitario)
