Lo que pasó, pasó; lo que sigue… ¿qué sigue?

Capítulo 18

LA ÚLTIMA VEZ que los vi, estaban trabajando en la esquina de Madero y Prado; él, en su español acentuado, entonaba un sonsonete que más o menos decía: “…diles… cómo marchan los soldados; diles… cómo andan los ancianos…”, y mientras producía un sonido rítmico con el pandero que traía en la mano, el oso –¡sí, un oso que veían enorme mis ojos infantiles!– ejecutaba obediente las instrucciones de su extranjero amo.

El tío “x” –muy mi “x” tío– era cazador. Mi pequeño uso de razón me permitió enterarme de la gran “proeza” que había realizado en aquellos cincuentales años, que forman parte de otra era: fue a Chihuahua a cazar ¡osos! y un oso cazó. Aquello me pareció entre lamentable e inexplicable, porque no lograba conjuntar ambas imágenes: un oso, bailando tranquilamente, a cambio de unas monedas para su dueño –allí en cualquier calle–, y un tío cazando osos; yendo hasta Chihuahua (¿dónde queda eso?) para convertir animales en tapetes. Te digo: por ese tipo de cortocircuitos mentales se llenan de clientela los divinos divanes de los terapeutas.

¿Entiendes? Yo muy poco de mucho, por eso las páginas que tal vez hayas leído hasta llegar a este punto: por mi particular no entender muchas cosas. En todo caso, una resma de papel y algo de tinta son un procedimiento más económico que otro tipo de remedios.

Así, en la primera línea puse algo, en latín, y difícil de entender: quesque la función primordial de las ciudades es permitir que los ciudadanos desarrollen su particular e intransferible vocación humana; las ciudades, asiento de la civilización, y, las villas, de la villanía…

No es cierto aquello del “todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Cómo pudo ser mejor un tiempo en el que nosotros no estábamos? Imposible, puesto que el “tiempo” como tal no existe, sino que somos tú y yo –creo– la condición de posibilidad de él. Ni el pasado ni el futuro se dan ‘per se’ (por sí mismo); se dan en ti y en mí porque pensamos. Por esa sencillamente complicada razón que es la conciencia del amanecer y del anochecer; conciencia del paso del tiempo, agudizada en noche de insomnio.

“Nacer a la conciencia” no es lo mismo que el verbo “nacer” mondo y liso. Dos compases, porque toma su tiempo aprender lo que es un reloj, y mucho más descubrir para qué sirve. Durante siglos, porque siglos tecnológicos tomó el hacer posible que en todas las canillas humanas hubiera un marcapasos del tiempo, los relojes públicos acompasaban el quehacer de pueblas y ciudades. Desde las torres de las iglesias y de las fachadas de los edificios públicos, se desprendían las horas envueltas en bronce de campanas, para sincronizar de alguna forma la vida de los lugareños; todos acompasados por el reloj del barrio, y en ese sentido, viviendo una especie de hora comunitaria o comulgando del mismo tiempo.

Y no es que la Guadalajara cincuental tuviera todavía la necesidad de los relojes colectivos, mas ellos eran aún audibles en una ciudad que no había extraviado la calidad del silencio. ¿Es que el silencio sirve para algo más que para oír la voz de las campanas? Me temo que sí, pues sin cierta dosis de él, no florece el pensamiento.

Nadie, insisto, puede vivir toda la ciudad; ca’quien una parte, y aunque los taxistas y acarreadores de urbanos sobrevivan yendo y viniendo por toda ella, al final de la jornada van y viven en su fracción.

Tuve la enorme suerte de que “mi ciudad” tan de todos y tan yo de ella, fuera el Centro de Guadalajara, en ese momento en que comenzó a quedar abandonado a su mísera suerte al grito de: “¡los mejores, a las colonias!”. Allí crecí, junto al ahora mutilado Parque de la Revolución, hasta donde a las tres de la tarde llegaba el tañido ronco de una campana de Catedral que recordaba la hora de la muerte de Cristo –para los creyentes–, o simplemente, la hora de la siesta para semovientes y rumiantes: La ciudad todavía podía sestear… lujo impensable hoyendía.

¡Campanas de la puebla aquella! Cada templo su voz propia, emanando de las torres y convocando desde antes de la salida del sol a misas de alba; al mediodía, invitando al rezo del ‘Angelus’ y, por la tarde, a los rosarios. Tañidos distintos, reminiscencias de una edad media que estaba a punto de expirar y extinguirse para siempre, cuando los campaniles en las ciudades pregonaban júbilos y tristezas colectivas. Voz de las campanas, que quien no la oyó ni entendió, no podrá saber lo que fue ese lenguaje que ya se perdió. ¿Qué no te acuerdas, por ejemplo, que con un tañer de campana el Cura Hidalgo comenzó un incendio que don Clemente plasmó en la escalinata del Palacio de Gobierno, donde el héroe aparece tea en mano? Voz de las campanas en aquella ciudad tan templaria y tan remota; tañidos rítmicos y musicales que se despeñaban de lo alto de las torres anunciando al barrio ‘requiems’, bodas y fiestas patronales. Bronce añejo y armonioso, desde el amanecer al anochecer.

Insomnio. ¿No sabías que el insomnio es peligroso, porque puede incubar fiebres filosóficas? Insomniar. Desde la adolescencia comencé a advertir las bondades de ese verbo lentamente transitivo y el lejano reloj de San Miguel, con sus tipludas campanas, me indicaba cada cuartodehora de la madrugada. Andando los años, una señora me ofreció boletos para una rifa, cuya ganancia sería invertida en la reparación del reloj de San Miguel. Todo el dinero que traía –no mucho, pero era todo– lo invertí en boletaje, aun sabiendo que sólo oiría por mera casualidad a aquel mi compañero de las noches distantes. ¿Lo repararían? Si fue así, ojalá y a otros muchos(as) del vecindario inmediato les haya ayudado a conjugar el irregular verbo insomniar, como a mí me ayudó.

En todo caso, concluida la edad media en la ciudad, los campanarios y relojes públicos pasaron a ser lo que ahora son: objetos decorativos; adornos inmobiliarios. ¿Por quién tañen hoy las campanas? Poco importa, que su idioma nadie lo entiende ya. ¿A quién le dan la hora los relojes públicos, si a fin de cuentas cada estación de radio da su propia “hora exacta”?

Lo único malo de la llamada “modernidad”, es su precaria fugacidad. Todo cambia; mudanza constante. Las ciudades son entes vivos y tanto como sus habitantes, nacen, crecen, se multiplican… ¿qué sigue?

Sólo hay una ciudad que tiene junto al nombre el calificativo de “eterna”, y yo tengo mis serias dudas sobre su presupuesta eternidad. A Guadalajara le pusieron de sobrenombre “La Perla de Occidente”, y eso de “perla” es tan poco original, como el hecho de que así le dijeron siglos antes, a una ciudad del Mediterráneo y luego a ese trampolín entre mundos que fue La Habana: “Perla del Caribe”. Luego quisieron montarle el calificativo de “Ciudad de las flores”, y el intento quedó en eso. Perla que en los cincuentas no percibió que la modernidad que se fundamenta en la amnesia, queda cimentada en arenas movedizas. La ciudad “tipo americano” es algo magnífico, sólo que el Valle de Atemajac nunca estuvo en Texas.

Broadway: la calle ancha, y en más de un sentido; la avenida Juárez, al dejar de ser la calle estrecha quiso ser aquello: Broadway. Los anuncios eran remedo, calca –caricatura– de los que existían en Manhattan. ¿Te acuerdas de aquel Raleigh –Sir Walter– pintado boquiabierto y de cuya boca salían rodelas de humo invitantes a fumarse el apellido de quien llevó el tabaco a Inglaterra? Allí en la nueva avenida Juárez había un anuncio así, como en Broadway. Publicidad como en N.Y. ¿Qué más podía pedirse en el nuevayorkcito tapatío? O qué me dices de aquella cascada que se vertía sobre la marquesina de un edificio, para significar la frescura del refresco que antes se anunciaba diciendo: “no se haga bolas con tantas colas…”, y allá, en el cerramiento de la tan magnífica avenida –nuestra broadway–, china poblana y charro bailando a ritmo de luz neón el mismísimo Jarabe Tapatío, en forma tan espectacular, que era orgullo de la urbe. Modernidad; ya estábamos instalados en ella, sin percibir lo resbaladizo de su lomo.

Años antes (el miércoles 7 de marzo de 1934, se inició la demolición de casas y edificios para hacer la avenida 20 de Noviembre, que desemboca en el Zócalo), la Lutecia nacional había comenzado a hacer lo mismo: destruir lo único para construir lo idéntico. La hermana mayor marca la pauta y no queda más remedio que seguirla; pasadizos como los del llamado entonces San Juan de Letrán –hoy Eje Central–, fueron hechos en el cruzamiento de Juárez y 16 de Septiembre, “para que los peatones puedan cruzar sin riesgo”. Nada malo en imitar; pésimo, simplemente de hacerlo por hacerlo y sin mejorar lo imitado, decía mi maestro Valenzuela.

Las ciudades novohispanas, la Guadalajara de Indias, fueron como fueron, porque no pudieron haber sido de otra forma, pues los conquistacolonizadores trajeron su memoria consigo; la arquitectura de sus pueblas de origen viajó con ellos en sus venas y no la aprendieron en el ‘Architectural Magazine’ o en el ‘Soyez Art Nuveau en cinq lessons’.

Las llamadas “colonias”, denominación con origen patológico; la Americana y la Francesa fueron de las primeras, y en el nombre de ellas, implícito el trauma, ‘okay, mais oui’… ¡La Colonia Moderna se nos hizo vieja! ¡Qué dolor!

Cualquiera que sepa manejar, sabe lo que estorban los peatones y ¡cómo no van a estorbar, si la ciudad “moderna” está hecha para el automóvil! Fetiche, tótem, condición que posibilita la felicidad. Cuando la señorita Gómez –a comienzos del siglo– hizo que le enviaran por tren aquel primer automóvil que entró a la ciudad, tirado por una yunta de bueyes (te repito lo ilógico del asunto, pues nadie sabía manejarlo), nadie imaginó la paradoja que estaba surgiendo. El llamado auto se convertiría en la gran solución y en el gran problema; para él las calles y el oxígeno; para él la ciudad. ¿El ciudadano? Este en función de la máquina plusvaluante. Vales, valemos, lo que el auto en que nos desplazamos por las calles saturadas. ¿Tú vales más que la máquina? Y ya me dirás que, en el tiempo de los caballeros, el caballo era lo mismo o ¿no de allí, acaso ese caballeresco término?

Estoy de acuerdo, sólo que hay una diferencia espacial notable y a la que se le puede aplicar el término ‘ratio’ que tanto gusta a los estadígrafos. Había una proporción más racional, si quieres decirlo así, entre caballo y caballero, que la que guardan el autero y su auto, y casi me atrevo a decir que la irracionalidad citadinurbana, tiene algo que ver con ello. Quien dijo aquello de que el hombre es un animal racional, seguro no previó el amantazgo con el auto y la animalidad mecánica.

Pálante y pa’lante, resultan dos formas de escribir la traducción más precisa de la palabra “progreso”. ¿Entiendes? Digo, ¿entiendes la hermosa paradoja que en términos globales plantea la forma geométrica del planeta? En toda esfera, al avanzar se va retornando al punto de partida; entre más se aleja uno del punto inicial, más se aproxima a él, de donde resulta que la antinomia “pro y re greso”, resultan la misma cosa y hasta parece afirmación del filósofo vernáculo Refugio (Cuco) Sánchez: “al partir ya voy volviendo…” ¿Lo dijo él? Dímelo tú.

La monstrua defeña sigue creciendo y ya alcanzó el supuesto y vergonzante título de ciudad más poblada del planeta; no ¡la más grande! –como dicen tantos locutores anahuacalenses–, porque la grandeza o es métrica o moral, y en ninguno de esos sentidos Mexdeéfe ha alcanzado grandezas que otras tienen. El Deéfe quiso ser NY, modelo inefable sigloveintesco, sólo que se le olvidó que el valle de Anáhuac no era la Isla de Manhattan, ni sus historias las mismas. ¿La consecuencia? Entre el milagro y el lamento, porque algo de ambas cosas tiene la capital: de lamentable y de milagro. Guadalajara no se iba a quedar atrás…

Pa’lante. Ingresar en la “era del plástico” fue un buen tirón hacia ese incierto “delante”. Tiempo del todo-es-desechable, que comenzó a encandilarnos al cruzar la barrera cincuental. ¡Cuánta basura somos! Los ríos se convirtieron en vertederos de inmundicias. Basura por todos lados y porque aprendimos a fabricarla, mas no hemos descubierto la fórmula para deshacernos de ella. Lo que importa es progresar, rápido, copiando, aunque los modelos estén agotados. ¿Que estamos en pañales tecnológicos? ¿Desechables? Que lo investiguen los investigadores.

Anécdota tan terminal como hiriente. Cuando esto fue programas de radio –cuando el escrito que concluye era vozalaire–, conté algo entre simpático y dramático que me ocurrió en ‘anglias terras’ lejanas. Ni me apena decir que fue en un pub o cantina, para mejor entendimiento. Entró un par de hombres-blancos; lo sajón se les advertía a años luz y también –por el parecido– su relación de padre e hijo. Se instalaron al lado de donde estábamos y por su acento, advertí que no eran ingleses, y ello, más una cierta arrogancia en su actitud, me dio pie a hablar con mi compañero de mesa: “estos gringos van por el mundo en plan de merecedores; no se dan cuenta que aquí en Inglaterra es la única parte del mundo donde los discriminan y, con todo, se sienten bien; los miran como de segunda clase, porque al fin y al cabo, los ingleses que emigraron no eran ciertamente los nobles…”. Así, en ese tono, realizaba yo una tan brillante cuan extensa y vociferante disertación cantinera (de algo hay que hablar ¿no?), hasta que un toque de mano en mi hombro me interrumpió: “Usted es mexicano, ¿no es cierto?” y para mi estupor, el “gringo” pronunciaba sin ningún acento el español. Luego de aclararme que me había identificado como mexicano por mi forma de hablar, el ahora contertulio –con una amabilidad inmerecida por mis comentarios previos, pero explicable por su profesión– comenzó a platicarme de su vinculación con México: “fui embajador de mi país –Canadá–, allá, y ahora estoy en los Emiratos Árabes…”. Habló de lo bien que había vivido en México, y de cómo llegó a querer a la “tierruca” ésta y a sus costumbres, “a tal grado que cuando me asignaron a Arabia, me llevé entre otras cosas, mucha música mexicana”.

Nada hubiera tenido que ver con estas páginas el afecto del exembajador, por México, si él no hubiera invitado –allá– a unos amigos árabes a oír música de acá; y si los tales árabes no hubieran reído irrespetuosamente cuando escucharon una canción-himno que dice “Guadalajara, Guadalajara, hueles a…”. Mejor ni tú ni yo nos dedicamos ahora a discutir a lo que huele la ciudad y, por el momento, dejamos que prevalezca la verdad poética. Mejor nos ocupamos de la risa arábiga, porque el asunto tiene otra tonalidad olfativa. Ciertamente, los oidores de la canción no sabían español y por ello, lo único que entendían de la letra es lo que en ella hay de árabe: Guadalajara, y por ello reían y por ello rieron mis amigos, conocedores de mi origen.

Sucede –según me explicó el diplomático que el pretendido “río de piedras o pedregoso” como podría traducirse el nombre de la ciudad, pronunciado en la forma en que lo hacemos, significa otro tipo de río, quizá más acorde con la modernidad. Como me lo dijeron, te lo digo: “río de caca”, y los sorprendidos árabes no imaginaban que alguien hubiera podido escribir una canción tan profunda y poética, a partir del único enunciado comprensible para ellos.

Llegó el tiempo del “patinaje”; nos encontramos en ese compás arquitectónico y le llamo así porque ahora resulta que hay que darle ¡PÁTINA! a la ciudad; antigüizarla, como oí que dijo en alguna ocasión un experto en remodelación urbana. Adoquines en el centro, para que parezca lo que fue y los turistas vengan a ver una ciudad casi medio milenaria y que parecía que fue construida en los cincuentas. Rescatar de la inopia y el olvido lo poco que se salvó de la piqueta modernizadora. Pátina de antigüedad.

Hace, en efecto, casi quinientos años que el Valle de Atemajac comenzó a poblarse. En los últimos cuarenta años ha cambiado más la fisonomía del lugar, que en los cuatro siglos precedentes.

“Guadalajara, Guadalajara, hueles a…”. ¿Qué sigue?

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