Y Luego…
Por Alvargonzález; 21 de diciembre de 1996
Mi encuentro con él, cara a cara, fue accidental y aun provocado por un hecho negativo: una huelga del ‘Tube’ que me obligaba a atravesar el enorme parque –cuya hermosura se oculta por la prisa de ir al trabajo o el cansancio al regreso en horas insospechadas–. Aquella tarde faltaba una hora para que cerraran el lugar, y decidí entrar y ver.
Así, ‘Tube’, le llaman los londinos a su tren subterráneo porque pareciera justo una munición lanzada por una cerbatana; el parque es el hermosísimo Hyde, con todas sus sorpresas; y el lugar a donde entré sin saber que lo encontraría y que allí tendría la oportunidad de saludarlo de frente y a los ojos, era la que fue mansión de aquel generalote, Wellington; el que redujo a rastrojo histórico al zurdo Napoleón. No sé si seguirá siendo gratuita la entrada, pero si algo cuesta ahora, bien vale para contemplar los recuerditos que llevó a Londres el General, luego de sus viajes por Europa repartiendo mandurria a domicilio. ¡Pólvora!
Una casa de dos pisos, y si menciono eso es para que aprecies las dimensiones de Napoleón; del Bonaparte que ignoro de dónde y cómo transportaría hasta su casa, entrada del parque, una descomunal estatua del Corso vestido con una Corona –únicamente eso, lo cual permite observar detalles anatómicamente coronados por Josefina y tantasotras–, y en la que el denominado “anticristo” por sus enemigos, tiene en su mano el orbe terráqueo ¿en oro? Eso parece. Los casi dos pisos de altura del compacto Emperador también me preguntaron en dónde pudo Napoleón haber colocado aquel decorativo y marmóreo objeto. ¿En su clóset? ¿En un jardín? ¿A la vista de todos(as) o sólo de privilegiados cortesanos(as)? Te digo: el poder marea y desproporciona, y si eres admirador de gestores militares y de genios bélicos, ahí tienes una orientación para ver de cuerpo presente al conquistador europeo.
Mi horizonte admirativo, mis ídolos (y ca’quien los suyos), siempre han sido letreros. ¿Qué? Sí: gentes letreras, o jugadores del alfabeto. Por ello quizá más que la estatua, o el regio comedor –con todiplatos de oro– de la familia real de Portugal, me regocijó un cuadro colocado en una de tantas salas o antesalas; colocado exactamente a la altura de mi propia masa encefálica, como si el curante de la casa hubiera pensado en que yo me encontraría allí con él. Velázquez lo pintó, y claro que has oído hablar de don Diego el pintor de Las Meninas (¡salú, Velázquez!).
Orar no es otra cosa que hilvanar oraciones: sujeto-verbo-complemento, y así decíamos antes de las deformas (sic) educativas. Si oras en sentido horizontal, conversas con mortales; si lo haces en sentido vertical, hacia el cielo, lo haces con las divinidades. Por razones inconfesables, se me convirtió en hábito ir allí y orar de frente ante él, y aprovechando dos factores; que la casa de Wellington casi no era visitada por nadie, pero –¡más importante!– porque en Londres es casi imposible hacer el ridículo y no es que te respeten, sino que te indiferencian o quizá respeten uno de los decires del retratado por Velázquez: “Todos somos locos, los unos y los otros, pero todos somos eso: locos”. ¿Tú no? Yo tampoco. Pero no creas que es fácil inventar oraciones, y por ello todos los orantes u orates nos robamos trozos de oraciones ajenas para hacer las propias: “Don Francisco de Quevedo, con tu profunda ironía, no me desampares ni de noche ni de día”. Eso, iba, pasaba, y le decía cara a cara. Te digo: ca’quien sus ídolos, y sin vergüenza te confieso mis idolatrías: es que con esa cara, Quevedo no pudo sino ser Quevedo: transgresor, irruptor, decidor (de obviedades que nadie se atrevía a decir). Con sus lentecillos (llamados “Quevedos”), con su incipiente calvicie y unos bigotes enmarcando una sonrisa sospechosa (¿no será La Historia sino el fruto de un Gran Cómico que se ríe de nuestra estupenda estupidez?), no creo que haya un mejor retrato de mi amigo Francisco que ese colocado en la casa-museo de Wellington y quien de regreso de su odiada España llevó buenos recuerdillos del viaje bélico.
Y dónde que mi proveedor oficial de tina (hago gargarismo con ella para poder seguir siendo hablador) es René; el del Libro Bar…ato, y lo’trodía me dio una sorpresa: “El Libro Verde de Quevedo”, edición de 1879. Sorpresa porque es la nata de las irreverencias quevedianas, que aun en el siglo XIX deben haber causado el mismo escozor que provocarían en el XVII. Es más: hoyendía te sonarán en pianoforte. ¿Te corres el riesgo de seguir leyendo? Son Fragmentos de ese “Libro Verde” (y vete a saber por qué razones lo que en unas zonas es rojo, en otras es colorecología).
Comienzo suave. ¿Aquello de “gorrones” te suena a término actual? “…caminantes pelones y ‘gorroros’…” les denomina a los que viajan, andan, llegan, y disfraza el “qué gusto verte y encontrarte”. Fíjate lo bueno de la navideña metáfora: llegan como no queriendo, ¡y luego pa’sacarlos…! “…el primer día sean bienvenidos… (sean) hospedados con diligencia… el segundo admitidos con llaneza, y el tercero con descuido y enfado, y tan mal detenidos sean tenidos, ya no por amigos, sino por enemigos de casa… (es preciso) desterrar de nuestra república (sic) a todos los estómagos aventureros”…
Lo malo de Quevedo es que un prepo (de prepa) no entiende ya su lenguaje por que la lengua se nos está enjutando, cada día menos verba; menos capacidad de expresión. ¡Qué padre! ¿What? “¿Capitulaciones matrimoniales?”. Tal cual ese ensayo quevediano: “que no sea tan fea que espante, ni tan hermosa que acerque (a otros), ni tan flaca que mortifique, ni tan gorda que empalague. Que traiga sus miembros cabales naturalmente (ahí te hablan cirugia plástica) y sin artificio, porque se tiene por mejor hallarse con una boca sin dientes que besar unos postizos… y más se quiere una pantorrilla menos, que topar con un patrón de calcetero…”. ¡Oh, miseria humana! El mundo siempre el mismo, y lo difícil que resulta encontrar cónyuge adecuado(a). “Que no sea tan necia e ignorante, que no tenga uso de razón, ni tan bachillera, que quiera gobernar a su marido y mandarle”. Imposible… “…(se) debe pensar que puede haber mujer con aliento letrinal…”, y por favor piensa que Quevedo era hombre y por eso habla del sexopuesto y con el suyo bien puesto. ¿Machamente? Machaconamente; obsesamente habla dexo. Escribió, y por lo tanto, habla; sigue hablando. Hijo de su tiempo.
Te prevengo de que líneas escritas en el XVII te pueden molestar en nuestro 20 tan abierto. ¿‘What’? Si no quieres no le sigas, porque Quevedo fue y sigue siendo bien pelado… y pelante de una hipocresía, que curiosamente campea en diciembre. (“¡Oh, divina hipocresía que nos permite convivir a los seres humanos!”, solía decir Erasmo). Digo, Erasmo de Rotterdam.
Las rentacutis eran asunto recurrente de Quevedo (profesión hija de la crisis, necesaria e inevitable pero sí regulable o legislable). ¿Ya sabías que la humanidad siempre ha vivido en crisis, y por eso sus agraciadas hijas rentacutis siempre han existido?
“Pragmática contra las cotorreras”. Lo de “Pragmática” otro día tal vez te lo explique, pero “cotorreras” les llama él. Cotorrean, sí, al cliente. “Busconas, damas de alquiler, niñas del trabajo común o del común trabajo, mujeres al trote, recatonas del sexto (mandamiento, claro), mullidoras del deleite, jornaleras de cópulas, ninfas del daca y toma (da-pa’cá-y-toma), hembras mortales… (¿Sida en el XVII?); trotonas del vicio, pegotas, sobadas” (mucho sabía del asunto don Francisco para convertir su pluma en pila bautismal); todo eso les llama con su “Pragmática”. Y el genio aparece, pues afirma que pretenden dar todo, para todo quitar, lo cual es un paralelismo entre la pública mujer y el servidor público. ¿Cotorrean?
“Aquello que en las damas es aquello/ que cuanto más guardado es más goloso./ Aquel que es envidiado y envidioso./ Aquel hechizo todo vello (sic)./ Aquél que sólo sirve para aquello;/ Bocado, si nocivo, tan sabroso./ Punto en el centro de animal hermoso./ Nema (prueba) de la honra, pues está por sello./ Gusto y diagusto de los hombres eres,/ luna en los meses, en los días y horas (no existían preservativos)./ Tirano de alevosos ¿qué, nos quieres?/ Pues si a fuerza de oro nos mejoras./ Aunque tu alhaja vendan las mujeres,/ siempre contigo quedan, no lo ignores…”. Eso se llama, en verde, “Quisicosa de las hembras”. Quisicosas del macho Quevedo. Vive Quevedo letrero.
“La vida empieza en lágrimas y caca,/ luego viene la mú con mama y coco,/ síguense las viruelas, baba y moco,/ luego llega el trompo y la matraca…/ llega a ser hombre y todo lo trabuca,/ soltero sigue a todas perendeca,/ casado se convierte en mala cuca./ Viejo encanece, arrúgase y se seca;/ llega la muerte y todo lo bezuca (sic)/ y lo que deja paga quizá lo que peca”.
Don Francisco, otro día voy y lo veo.
Aún ya ido, Álvaro siempre nos dice cosas que no por haberlas una vez leído, dejan de ser interesante, sabias o jocosas. Y al releerlas varias veces, siempre tienen sentido, variedad y buen estilo.
Gracias por tu comentario, Marco. Saludos.