Panteonaria

Capítulo 16

HACE 20 AÑOS trabajé en el más circulante diario de la localidad (¿percibes ese ridículo procedimiento de la prensa nacional-local para decir sin decir cosas que son obvias?). Y si recuerdo aquella mi experiencia periodística, es para apuntalar la afirmación de que allí aprendí cómo las noticias o retazos de ellas se convierten en tinta negra; y cómo, sin que muchos se enteren de ello, hay un tipo de noticias (¿cuál?) que tienen precio, y muy caro…

La afirmación habrá lastimado, supongo, a los fieles creyentes de la libertad de prensa y para tratar de reparar el leve daño ocasionado a ellos, debo puntualizar de qué noticias hablo. Cuando alguien fallece, la familia debe ¡NOTIFICAR! a los potenciales interesados el sentido deceso. Entonces, literalmente, se compra espacio noticioso o notificador y entre más grande éste, ello se traduce en la valía del difunto. Cuestiones de mecánica social que yo no inventé, como tampoco estoy inventando ese dato de que las llamadas esquelas son espacio muy caro en los diarios.

Quién sabe por qué extraña ambición todos queremos ser noticia, y muchos lo logramos sólo de esa forma: cargándole la factura a la familia y en el momento en que ya no se nos puede reclamar absolutamente nada. También resulta paradójico o simpático el hecho innegable de que, finalmente, a lo que aspiramos en forma más o menos velada o desvelada, es a lograr una buena esquela o muchas páginas –caras– de lo mismo y pagadas por sentidos amigos o compinches empresariales que “lo sienten mucho”. ¡Oh, miseria humana!

Pero, te dirás, estas esquelares y necrófilas meditaciones ¿a qué vienen a cuento? Creo que sólo algún rebuscado antroposociólogo lo podría expresar en forma más confusa que yo, pues diría algo así como que “es preciso ponderar paramétricamente el impacto que tiene sobre el suelo urbano el deceso de los habitantes de un determinado núcleo poblacional…”. ¿Entiendes?

Pongámonos de acuerdo en algo básico: hasta el momento, nadie ha salido vivo del juego vital, o sea, que no ha sido posible evitar la penosa costumbre de morirse. Esto significa, en términos tan llanos como el valle de Atemajac, que de la misma forma en que la ciudad trata de peor o mejor gana de dar habitación a sus pobladores, en un momento dado tendría que darles cobijo a sus difuntos. En este punto, la estadística es incontrovertible: dentro de cada tapatío(a) –no se lo digas a quien se pueda ofender– hay un potencial cadáver, lo cual desemboca directamente en una expresión: Necrópolis, que significa, traducido del griego, “la Ciudad de los Muertos”.

Esa es la cuestión: ¿dónde que no estorben? Porque vaya que sí estorban los que mueren… A tal grado, que las ciudades siempre han tratado de ubicar sus despojos ciudadanos, o desechos orgánicos (que eso somos al final y después de convertirnos en esquela), lo más lejos posible.

Panteones, cementerios, camposantos, jardines de reposo, urnas cinerarias, nombres diversos para lo mismo: ubicación de ciudadanos concluidos. Si quieres también le podemos llamar “negocio terminal”, mas la lógica contundente señala que es un asunto aritméticamente complicado: entre más vivos en una ciudad, más de los otros y más temprano que tarde.

En tiempos de la colonia, las pueblas o ciudades compactas no tenían mayores problemas panteoneros o de ubicación de sus difuntos. Frente a las iglesias, y en “sagrado” o en santa tierra y dicho así, se daba cristiana sepultura a los que habían concluido su carrera, salvo excepciones notables, como en el caso de suicidas o ajusticiados, cuyos cuerpos eran enterrados en campo abierto y sin mayor liturgia. Excepción también eran los potentados o poderosos, y los virtuosos ‘dómines’ o ‘dóminas’, para quienes se cavaban fosas dentro de las mismas iglesias, junto a altares y presbiterios.

Mas al comenzar a tomarse en serio el “multiplicaos, aunque no crezcáis”, el mayor número de vivos comenzó a traducirse en muchos más muertos.*

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*De hecho las crónicas coloniales hablan del mal olor en las iglesias, producto de la descomposición de los cuerpos sepultados bajo techo eclesiástico.

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Además, la Iglesia comenzó a perder terreno (q. v.) y las leyes de desamortización de bienes eclesiásticos significó –entre otras cosas– la pérdida de atrios y tierras de sepultura. Nació allí el llamado Panteón Civil, que es el nombre completo (p.ej.) del de Dolores en la capital. Empezaron, por decirlo de alguna forma, a estorbar los difuntos y, las ciudades a echarlos a la periferia.

Si no me equivoco, el primer panteón así “civil” de Guadalajara –lejos de todo, extramuros– fue el de Los Ángeles. Ahora el único recuerdo que de él queda, es una calle junto a la vieja Central Camionera. Ese lugar debió dar albergue final a los remitidos allí, y por carretadas, a las muchas víctimas de las pestes que asolaron y despoblaron la ciudad andando el siglo XIX.

Cuando conocí aquellos baldíos remotos, ya el panteón había dejado el lugar a un estadio de béisbol, y habían desaparecido lápidas y demás vestigios de la necrópolis.

Por cierto, insisto en que mi padre cuenta que él sí vio allí la lápida de Antomarchi, de ese doctor que supuestamente murió en Guadalajara y a causa de esas epidemias que a cualquiera le parecerían cosa de la Edad Media.

¿Algo más sobre Antomarchi? Lo de médico, quedó bien claro, y entre las cosas que no están claras es si fue bueno o malo, apto o inepto, cómplice o inocente. Tampoco resulta fácil averiguar por qué vino a dar a la ciudad.

Cuentan los historiadores que él estaba al lado del lecho de muerte de aquel zurdo de pequeña estatura que fuera llamado en sus momentos de gloria “El Anticristo”, y contra el cual –a larga distancia y con un poco de inocencia–, se proclamara en Dolores el Padre Hidalgo. Algunos afirman que la ineptitud de Antomarchi tuvo que ver con la muerte de Napoleón, o que fue cómplice del envenenamiento del prisionero de Santa Elena que, a sus 54 años, aún no estaba para la suerte suprema. Como quiera que haya sido, y luego de embalsamar un corazón de mandril, pues el del Corso se lo habían comido las ratas (de chismes está llena la Historia), Antomarchi fue a dar con su destino en Guadalajara. “Aquí yace Antomarchi, médico que fuera de Napoleón Bonaparte”, insisto que afirma mi padre decía una lápida. ¿Dónde quedó? Como la historia no ha sido una gran pasión nacional o local, es una de tantas piedras perdidas. Qué más da.

Al estadio lo recuerdo nebulosamente. Había entonces en el béisbol local un jugador resonante: el “Tribilín” Cabrera, y ahora, tejiendo ideas, lo imagino barriéndose al home sobre tantos(as) que ya habían realizado la última barrida y cuyos despojos eran asiento del Estadio de Los Ángeles. ¡Bola baja!

El Panteón de Santa Paula –también llamado de Belén y con el adjetivo de “romántico”– también fue hechura decimonónica y puesto allí, ya en franco despoblado y de cara a las barranquitas de Alcalde que desembocaban en la barrancota. Contra su portón, daba de frente a una calle que antes de tener nombre de prócer, tuvo denominación funeraria: la calle del Sarcófago. En este panteón estuvo el primer depósito de huesos ilustres –lo de “Hombres Ilustres” me suena, aparte de machista, poco apegado a la verdad por aquello de Manrique de que: “allegados son lo mismo, los que viven por sus manos que los ricos”–; una gran tumba rectangular daba cobijo a los ilustres despojos jaliscienses y algunos de los cuales fueron reubicados en la rotonda y otros dejados allí. Frágil, parece, es la ilustridad. ¿O será mejor decir “La Ilustración”? Ilústrame tú que sabes tanto…

Hacia el viejo barrio-pueblo de San Miguel de Mezquitán, se encontraron terrenos aptos para desarrollar la paradoja urbana: enterrar y desterrar a los difuntos. ‘Tale quale’, como se diría en latín: enterrarlos lejos, donde no estorbasen la vista de los vivos. ¡Qué lejos debió haber quedado el Panteón de Mezquitán, cuando se cavaron allí las primeras fosas! Y a ese panteón le tocó cumplir su específica labor revolucionaria. ¿Qué acaso no es cierto que uno de los productos colaterales de toda revolución son precisamente cuerpos revolucionarios alcanzados por las balas? Allí fueron a reposar decenas, cientos de perdedores de la gesta de 1910 y perdedores en serio, porque perder ideales no es tan grave como perder… ¡la vida! Aquí habría que parafrasear al citado Manrique: “que allegados son lo mismo, porfiristas, villistas, carrancistas, villanos, inocentes y otros istas”. Por raro que suene, a Mezquitán lo partió por medio el Federalismo, avenida amplíiiiiiiiiisima… cuando se le fabricó y se le trazó, a pesar de protestas de vivos y el silencio de los sepulcros.

Ya al filo de los sesentas, Mezquitán daba muestras de insuficiencia terrenal; muchos(as) allí. De nuevo, la misma tarea: buscar tierras distintas para otro cementerio y éstas se encontraron por el rumbo de San Onofre, más allá de La H. Federacha, pasando Talpita, y allí surgió el “Panteón Nuevo”. Otra vez la ciudad mostrando su insensibilidad y desterrando, lejos, muy lejos, a sus más o menos fieles o infieles difuntos. Y de nuevo ocurriría lo mismo al paso de los pocos años: las tierras panteoneras quedarían sumergidas en la ciudad. ¡Vaya problema urbano que son los muertos(as)!

Fruto de los sesentas, también, fueron los –¿podremos llamarles así?– “Panteones Residenciales”. Te digo y que quede bien claro: el ‘zoon ekonomikón’ o “animal económico” que todos somos, tiene su lado cómico, puesto que todos somos consumidores potenciales de servicios funerarios.

Negocio. El “panteón civil”, como asunto correspondiente a la municipalidad, pasó a manos privadas con un sentido humorístico tan profundo y oscuro como los sepulcros: “no entierre a los suyos con cualquiera; hágalo en un lugar de primerísima calidad…”, pareciera ser el mensaje publicitario intrínseco a este nuevo negocio que comenzó a florecer hace tres décadas.

Los panteones municipales tenían secciones, es cierto; como si el Rector de la Universal Universidad hubiera dicho: “Hasta en la muerte ¡hay clases!”

Cómicos somos los seres humanos, tan idénticos y tratando siempre de ser diferentes; tan víctimas del reloj y tratando de ser eternos.

Me consta cómo un Parque Funeral, primero en su género y con ese nombre y ya no “panteón”, fue producto de conversaciones empresariales en una noche de velación; de esas noches elásticas en que las horas caminan despacio y en las que el dolor punza en pocos, y los demás tienen que inventar conversaciones de cuerpo presente. El ‘American style’ (estilo americano) llegando a ese punto terminal.

Tú dirás que el asunto tiene poca relevancia, pero hay un trasfondo que es preciso destacar. Si aceptas que la arquitectura es reflejo del espíritu, la arquitectura panteonaria era reveladora de nuestra forma de ser; bizarras construcciones en los cementerios y las inscripciones más ingeniosas en las lápidas. Yo recuerdo haber leído una que decía: “aquí los espero. El Bizco”. Y aquellos monumentos que parecían una competencia para rendir homenaje a los difuntos, dejaron paso al cementerio chato, plano, jardineado. “¡Tipo Dallas!”, diría mi compadre Lalo. Pozos, fosas de primera categoría, en pasto bien maquillado, a precio de crucero en el Báltico; nombres ingeniosos como: “Jardines del Más allá”, o “Remanso de la Base Aérea”. Fascinante la naturaleza humana: la máxima aspiración resulta ser un buen panteón y buena esquela. Y eso no es privativo de los tapatíos, te advierto.

El surgimiento de los nuevos cementerios se aparejó a una modificación de la liturgia urbana. Los difuntos eran velados en sus casas; una última noche en ella, y antes había una especie de ritual no escrito pero que, llegado el caso, todos conocían: en la sala el cuerpo –dentro de la caja, claro–, y de aquí y de allá se ponían sillas en torno a ella. Las rezanderas (siempre ha prevalecido la idea de que la religión es cosa de mujeres) con sus interminables rosarios y largas letanías aún recitadas en dudosos latines, y que tengo la esperanza, haya entendido Dios. Andando la noche, comenzaban a circular los vasos dilatadores (¿no es vasodilatador el alcohol?) y aquello se convertía en una mezcla un tanto irreverente de rezos y conversaciones animadas o achispadas; lágrimas, dolor, convivencia doméstica, mezcla de fiesta y despedida. Liturgia desaparecida en las ‘American style funeral parlours’ (funerarias de estilo americano).

Un lejano día cincuental, en la puerta de la casa de “Mamamalia”, que así le decíamos a la bisabuela, se detuvo uno de esos carruajes que tantas veces había visto transitar por las calles de la ciudad y que pensé infantilmente, que sólo servían para otros y no para los de la familia. Enormes caballos cubiertos con mallas negras y con un penacho del mismo color, tiraban de la carroza con paredes de vidrio y en el pescante del carruaje, un cochero vestido de levitón, con guantes y tocado con sombrero de copa.

Cuatro individuos vestidos del mismo modo, sacaron de la casa la caja donde yacía mi bisabuela: ¡Se veía tan bien dentro del carruaje aquel! A la iglesia, a una última misa, y luego a Mezquitán, los dolientes caminando a los lados y tras el ruido que producían los cascos de los caballos y que cambiaba, según fueran caminando sobre pavimento o calles empedradas. No había prisa; a nadie retrasaba en su carrera el lento cortejo, pues ni carreras había entonces en la ciudad, que vivía y moría a otro ritmo, con otra cadencia.

Carrozas negras para los adultos, y blancas, tiradas por caballos blancos, para los angelitos. Me daba tanto dolor ver dentro de aquellas vítreas carrozas pequeñas cajas blancas… ¡No entendía! (y sigo sin entender):

“… qué hermoso sepelio,

con sus caballitos blancos,

con sus caballitos negros,

con su cajita de pino,

y con su muertito dentro…”.

Después, tiempo andando y andando por el mundo, percibí que aquella manera de ‘sepeliar’ difuntos –carruajes, libreas, levitones–, era una fórmula europea y linajuda; los pobres iban al panteón a espalda de amigos, pero igual, sin prisa, por media calle y con el insulto de nadie, hasta aquellos distantes lugares en donde se encontraban los panteones. Parece que poco hay de nuevo bajo el sol… y bajo la tierra también, y esto lo digo a otro propósito: por la resucitada idea del horno. Antigua costumbre, pues los romanos incineraban los restos de los ciudadanos, y hace poco, la románica Iglesia dispuso que meter al horno al allegado difunto ya no es delito celestial.

Una ciudad es un conglomerado humano, ¿o no? Por esa simple razón, es una fábrica de desechos humanos o de humanos deshechos por la vida. ¿Qué hacer con ellos? Buena pregunta. Te digo, a veces la realidad es punzante e inevitable.

1 pensamiento sobre “Panteonaria”

  1. Dr. Carlos García Cosío

    Excelente prosa, el tiempo se va volando mientras leo estas deliciosas descripciones de vivencias que nos tocaron ya que yo, ya no me cuezo al primer hervor. Felicitaciones.

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