Lecturas

Así y Allí

Por Alvargonzález; 22 de abril del 2002

Los comentaristas –seres de privilegiada inteligencia que a veces explican al público lo que ellos mismos no entienden– hablan con frecuencia de “lecturas”, y queriendo significar con ello las diversas interpretaciones que puede tener un mismo hecho. Coincidentemente, la ciudad tiene inscritos en bronce, textos que invitan precisamente a eso: a la lectura. ¿A la interpretación? Lee y me dices.

Dos placas en un mismo sitio: en el “Parque de la Revolución”, y ese el extenso nombre oficial del lugar. ¿Parque de la Revolución? Primera línea del texto en bronce y que ya se presta a interpretaciones. Eso de “parque”, significa también algo tronante y baleante, y sin lo cual la Revolución hubiera resultado impensable. Una simple duda expresada al respecto del texto: ¿de dónde provino el tanto parque que necesitaron los fusiles revolucionarios para cortar la vida a un millón de mexicanos? Buena cuestión, pero que seguro se aparta de la intención de las placas inaugurales de un espacio urbano delimitado perfectamente, y que por ello se llama así: parque.

Pero viene lo bueno y sorprendente: con la tipografía propia de la época (1934), señalan el título de los constructo-diseñadores del recinto: Juan José y Luis del mismo apellido, “Ings.”, lo cual significa, claro: “ingenieros”. Nada malo en ello, supongo, y menos si tenemos en cuenta que hay ingenieros que sí poseen mucho de eso: ingenio. Y que hay otros, que con todo y título, de eso nada. Pero en la segunda placa ocurre un insólito caso de graduación post-mortem: resultan “Ings. y Arqs.”. ¿Luego de hacer el parque, los hermanos siguieron estudiando?

Por fortuna, frecuentemente platico con algunos contemporáneos de los hermanos Barragán y que bien los conocieron. La señora Esmeralda, esposa del muy ingenioso don Jorge Matute, lo cuenta tal cual: “Luis, con más sensibilidad que Juan José, se fue a Europa y no precisamente a estudiar, sino a modular sus conocimientos. A Luis, a diferencia de otros ingenieros de aquí que aprovecharon la coyuntura y empezaron a autonombrarse arquitectos, no le molestaba reconocer su procedencia académica. Además, él nunca firmaba ni como lo uno ni como lo otro, sino simplemente ponía su nombre: Luis Barragán”.

Ahí tienes: hay ingenieros que resultan ser geniales y el título corto les resulta. Qué más da. ¿Acaso el alarife Ciprés, el verdadero factor o hacedor del Hospicio, requirió de título alguno? Creo que no, y fue alarife ‘motu proprio’…

El muy mi tío Fer, quien transcurre su ingeniera viejitud en una casa de descanso, se sorprende de otra cosa y a propósito de su contemporáneo, también ingeniero de título, Luis Barragán: “Qué bueno que ya está en la Rotonda –me decía–, pero la verdad es que casi no vivió aquí: muy pocos años después de graduarse, se fue y no volvió a su tierra…”.

Tercera lectura: por lo general –¿verdad habitantes de la rotonda?–, para ser reconocidos aquí, deben irse pa’llá. Hay que seguir esos letreros que en las carreteras señalan simplemente “México”. Más allá del título, bienvenido a la Rotonda el genial Luis Barragán.

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