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Volantismo

Y Luego…

Por Alvargonzález; 13 de marzo de 1997

En sentido estricto, sí, todo lo que vuela es precisamente eso: volante. Pero en sentido también estricto, no me merecía tan gran distinción, y espero que no sea el último premio al que me someta la comuna tan poco comunitaria de esta (dizque) noble  y (ques­que) leal  ciudad tan carente de conciencia ciudadana o civilizante. ¿Ciudadano ci­vilizado yo?

Por razones tan funestas como ha­ber caído en el sub-desempleo, categoría más profunda que las que analizan las estadísticas, he tenido que sumarme a las fuerzas semafóricas. ¿Fue Zapata el que dijo “el semáforo es para quien lo trabaja”? Tal vez, pero ahora no estoy para disquisiciones epistemológicas, con lo que ello signifique o no, sino para marcar el hecho de que se me concedió el título de “As del Volante”. Es la última de una gran cadena de menciones honorificas que he recibido, entre las cuales se cuentan tres “Rosas de Oro” por poesía germinal del certa­men lustral de ese género poético en el Colegio de Altos Estudios de lo Obvio de Tajimaroa; cuento también con un premio “Casa de Las Américas”, por haber barrido y trapeado en tiempo r­écord una casa situada en tal avenida tapatía. ¿Otros galardones? El último de “As del Volante” es de los que más ornan mi tan premiado curriculum (o como diría Padilla: “curricula”, y por no saber diferenciar en latín, latina­mente entre ‘padillum y “padilla”, pero esas son cuestiones de mi mínima casa de estudios…).

Sucede que el FEO –Fondo de Estu­dios Opinionales– realizó una sesuda investigación acerca del repartimiento de volantes en los semáforos y deter­minaron que mi velocidad nadie la su­peraba: 383 entre rojo y verde y a pesar de que ya muchos cierran el vi­drio para que no les echen basura prensada en papel dentro del sacro­santo automóvil. Tengo trucos que no confesaré (por aquello de que la libre competencia funciona mejor entre menos competencia haya) para incluso hacer que ba­jen el vidrio los que lo traen polarizado. ¡Soy el As del Volante! Que si pueden, superen mi récord otros des o sub-des-empleados. ¡Mi gratitud eter­na (sic) al FEO! Pero ¿te cuento algo de los “volantes”?

En otros tiempos, un poquitín más prósperos, fabriqué una hipótesis que seguro los historiadores de peloenpe­cho y pergamino en la pader, me exigirán que valide: los volantes hundieron a una nación que quería nacer. ¿Tan grave así? Sí, y te digo por qué.

La Imprenta (así, con mayúsculas) fue el invento magno de la historia del pensamiento humano. Ella fue la gran transmisora de conocimientos y en serie. Nomás imagina los largos siglos que transcurrieron –decenas de ellos– en que los libros debían ser copiados a mano, uno a uno. Sin la imprenta, efecto en cascada, la razón ni su contraparte –la sinrazón– hubieran contrapunteado lo que tú y yo llamamos frívolamente “progreso”. La transmisión manual de conocimientos nunca hubiera desembocado en nuestra computarizada existencia hoyendía. Por la Imprenta somos lo que somos. ¿Qué?

La primera Imprenta de América estuvo allí en la Calle de Moneda. Ve a México y asómate, que ya restauraron el sitio original. Pero lo mismo de siempre: miedo al pensamiento. Fray Antonio “Genio” Alcalde, logró que llegara a Guadalajara ¡más de doscientos años después de que se instaló la primera en La Mesa Central! Paradójicamente lo primero que publicó –hizo del dominio público– la imprenta local, fue el elogio fúnebre del mismo Fray Antonio “Genio”. Siglo XVIII corriendo hacia el XIX del que aún no nos independizamos. Fray Antonio la imaginó como egregia transmisora de conocimientos… y resultó mal bien-hechora de ¡Volantes! Al amanecer del anhelo de independencia, el volantismo desenfrenado colmó las imprentas.

Reto a tu imaginación. ¿Sin radio cómo podían volar las noticias? Acertaste: mediante hojas impresas a toda velocidad y en imprentas que reproducían originales llevados de lejos. ¡Volantes! Los arrieros y las diligencias los llevaban de pueblo en pueblo, y nada malo en ello. Lo malo lo averigüé en bibliotecas lejanas en donde (comprada por kilos) se encuentra la protohistoria de nuestra volanta nación.

Volantes, alcances, pliegos, de todas formas se les llamaba. Volantes porque quesque volaban de un lugar a lugar; alcances, porque alcanzaban con sus noticias; pliegos o desplegados o también panfletos, folletos o folletones, dependiendo de las páginas y tamaño. Pero nomás ve qué esfuerzo tan dilapidante: el papel, hecho de trapos prensados y de algodón, toda una proeza fabricarlo; y las páginas, cada una igualmente prensada a mano con una tipografía parada letra-a-letra, cuestión de paciencia infinita o finita. Cantidad de imprentas clandestinas (Morelos traía la suya en campaña) haciendo eso: volantes. Por cierto, también la tinta tenía que ser cocinada en ollas familiares.

Curiosamente Costello, inglés de Bristol, ha hecho el catálogo más completo sobre esos volantes del XIX y cuyas mejores colecciones están, insisto, ¡en el extranjero! La que durante algunos años husmee, fue la de la Biblioteca del Museo Británico, con más dolor que placer. ¿Te digo por qué? Porque –‘demonstrandum est’– tengo la impresión bien impresa de que durante las primeras cuatro décadas fundamentales de la hechura del México Independiente (810-850), el más maravilloso sistema de comunicación masivo –doña Imprenta–, se utilizó para la transmisión de esos volantes que nos ¡Volatilizaron! En vez de crear cimientos sólidos, actuaron como propagantes del mismo sentimiento que ahora nos hace sentir igualmente volátiles: como provenimos de una autoría intelectual ‘falluca’ –La Colonia– que ejerció sobre un estado paradisiaco –Azteca–, entonces, pos no servimos pa nada. ¡Todo era tan bueno antes que llegaran ellos…!

Si los leyeras, te darías cuenta de cómo el penacho nos creció y nos bajó la guardia. La multiplicación de imprentas volanteras en un México que empezaba a ser, sirvió para que quisiéramos hoyendía estar queriendo ser. ¿Qué? Hijos del Internet, consumidores de ¡Volantes! ¿Volatilizados? ¿El hertzio nos cimenta o volatiliza?

Pero lo único que quería contarte es que soy “As del Volante”; sub-desempleado, me dedico a un viejo arte: a repartir basura en un mundo lleno de noticias y falto de información. En el semáforo te busco para preguntarte si algo entiendes de tantas noticias que oyes ¡tan volantes! Lo volante confunde, no nutre, y por eso reparto volantes en el semáforo, pensando que las imprentas podrían dedicar su tinta offset a nutrir a un pueblo tan hambriento de saber. ¿Sabes? Es tan grande el placer de saber… Si las imprentas del XIX hubieran propagado eso, el saber, sabríamos más ahora. Pero se dedicaron a hacer volantes, y aquí andamos ¡volando!

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2 comentarios en «Volantismo»

  1. Para gobernar hay que mantener al pueblo con la cabeza vacía, el estómago lleno; el espíritu debilitado y los huesos fortalecidos” (Tao Te Ching). En la actualidad para mantener el poder, cambia la técnica, pero cumplen el mismo fin: En lugar de mantener las cabezas vacías, ahora las llenan de basura informática, con efectos más nocivos, desde los volantes, a redes que atrapan.

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