Bursitis

Y Luego…

Por Alvargonzález; 30 de octubre de 1997

Doña Oportunidad, ni qué dudarlo, se apellida Salinas (¿sabías que la alopecia o calvicie es asunto primordialmente hereditario, o cosa de apellido?). O sea que si no se le pepena al pasón, se escurre. Todo ello para justificar mi oportunismo al subirme al carretón noticioso del momento, sólo que hay un problema: ¿qué demontres sabe el tal Alvargonzález sobre asuntos bursátiles? Confieso mi ignorancia sobre tan sesuda materia, y me amparo en el hecho de que los explicadores de oficio –comentaristas–, frecuentemente nos explican lo que ni ellos mismos entienden. Siendo así, de frente marcho hacia Wall Street, y aprovechando el ‘momentum’.

El nombre es en sí secamente poético: la Calle de la Barda, y todo por el tuerto-renco de Peter Stuyvesant y su aferramiento a Nueva Ámsterdam, que así comenzó llamándose la ahora Nueva York. Holandés, con antecedentes de piratería en los que perdió pierna y ojo. En la creación de una efímera Nueva Holanda, con capital precisamente en Nueva Ámsterdam o Manhattan comprada a precio irrisorio, Stuyvesant había mostrado sus cualidades bélicas en forma eficiente contra ¡los suecos! y contra los propietarios aboriginales del terreno; en cambio contra los ingleses su efectividad resultó nula. Fue así que cuando se presentaron las fuerzas del Duque de York, la barda con pretensiones de muralla resultó inoperante, y en 1664, la incipiente ciudad cambió de propietarios y de nombre: Nueva York. Y el trazo de aquel muro in-defensivo, al paso del tiempo, sería la marca de alineación del bien ofensivo distrito financiero y bursátil neoyorquino. Con rigor histórico, Peter Stuyvesant fue el fundador de Wall Street, o del ‘wall’ que le dio nombre a la ‘street’, y por onde hace años tuve la oportunidad de deambular.

De hecho mi epidérmica formación bursátil se dio en la City (dicho así: ‘citi’, y no ‘ciri’) románica y miliar. Se supone que esa milla cuadrada en el corazón londino, es la ciudad original fundada por los romanos con su ‘Londinum’ nombre. Allí bajo el amparo del San Pablote –equivalente anglicano del San Pedrote vaticano–, florecen las finanzas, y la bursatilidad tiene su templo o sede en un edificio que haz cuenta se los hizo Jacobo Gálvez; tipo Teatro Degollado, pa que mejor mentiendas, y allí lo que actúa con una mezcla ingeniosa de drama, comedia, tragedia y aun de burlesque, son los grandes intereses económicos. Paralelo a la Bolsa londinense, trabaja el Mercado a Futuros, en el que los profetas de la numerología macroeconómica practican un melate que tiene que ver con materias primas, alimentos y monedas bajo una premisa: ¿cuánto va a costar qué en tal fecha? ¿Adivinanzas?

Recuerdo que en una ocasión llegó a Londres un minero boliviano que había podido hacer el viaje gracias a sindicalistas britones. En un momento dado sugirió algo que me sorprendió: “quiero ir a conocer al que le pone precio a nuestro trabajo”. Y en el especulativo Mercado a Futuros tuvimos la oportunidad de ver –que no conocer– a un joven yupi que hacía cabeza a un grupo especializado en el corretaje del estaño, y quien con sus decisiones influía en familias habitando a miles de kilómetros de distancia y sobreviviendo gracias a los socavones mineros y al “precio internacional”. ¡En qué planeta estamos…!

Había, no sé si todavía existe, una especie de mirador arriba del piso de remates en la Bolsa. Desde allí se apreciaba un espectáculo indescifrable para los no iniciados, pues en sintonía con la silenciosa ‘Angliaterra’, todos se entendían entre sí con un lenguaje manual; como sordomudos. Después, cuando tuve la oportunidad de adentrarme (no mucho) en otra de las religiones britonas –las carreras de caballos–, me sorprendió que los corredores ¡de apuestas! usaban un lenguaje muy parecido al utilizado en la muy distante Bolsa con su índice logarítmico: ¿‘Financial Times’? Ese el diario que leen en los trenes urbanos quienes dirigen su jornada laboral hacia la City: impreso en papel con ictericia –amarillento–, es distinto no sólo a todos los periódicos del quesque Reino Unido, sino a todos en el mundo; y el diario da nombre al índice bursátil. De nuevo, gran parte de sus páginas resultan indescifrables a quienes no estamos adentrados en los vaivenes bursátiles; indicadores y clavesmuchas, en letras y números abigarradamente puestos allí. Para mi sorpresa, cuando cayó en mis manos un ejemplar del ‘Sporting Life’ –el diario dedicado exclusivamente a deportes–, observé que muchas páginas estaban dedicadas en rimeros muy similares a los bursátiles, pero precisamente a las carreras de galgos y caballos. ¿Semejanzas advertidas por mi ignorancia, o coincidencia de elementos? Qué va, los pisos de remate y los hipódromos congregan apostadores, en universos llenos de intereses y… de triquiñuelas. ¿Tú crees en el “sano espíritu” de los galleros del palenque? Yo también, y que no hay trucos en el soltar ni en el amarrar; ni trucos tampoco entre los jockeys o entre los ‘bullies’ o ‘bearies’ –toros y osos– que empujan hacia arriba o hacia abajo los dizque “valores”. ¿Has oído hablar de las “derivativas”? Vaya trucos…

La benévola intención quesque original de las bolsas de valores, de captar fondos de quienes quieran participar en el riesgo de crecimiento de las empresas, me da la impresión de que ha sido sustituida por un mecanismo subterráneamente bélico y pragmático envuelto en una codicia que se mide en la conquista absurda de ¡ceros! Ese obsceno libro llamado La Historia, no es sino el recuento de triunfos y de pérdidas “al sonoro rugir del cañón…”. El cañón de la economía no retumba, pero sí tumba: sigue dejando en ceros y bien tumbados a los desprotegidos, y añadiendo eso –ceros– a los triunfadores de la moderna contienda; nutriendo sus economías del tuétano de los descarnados perdedores consuetudinarios e ingenuos que creen que es juego limpio. ¿Creen? Eso está por verse, y por verse también qué van a hacer los triunfadores cuando acaben de triunfar; a ver si parafraseando a JLP, nos dicen que debemos aprender “a administrar ¡la pobreza!”. Peter Stuyvesant fundó Wall Street, y el Wall crece tratando de contener ¡la pobreza! que generan los triunfos bursátiles. Cuida tu ‘bursa’ (forma elegante y latina de decir “bolsa”).

Táte bien.

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