Cine… (Radio & Tele)

Capítulo 12

DESPUÉS DE LA SEGUNDA reyerta dizque mundial –y la era cincuental se inició a cinco años de que concluyó la refriega–, comenzó a darse un fenómeno que nunca se había registrado en el seno de doña Historia: la posibilidad de uniformar al mundo. Y como Guadalajara es parte del mundo, en ella me tocó sumergirme en ese hecho tan colectivo como irreversible: ser absorbido –quedar absorto– por “¡los media!”.

No es que quiera convertir esto en compendio filológico al decir que el plural latino de “médium” es “media”. ¿Es que no te suena a conocida la elegante expresión en inglatín “¡MASS MEDIA!”? Masa somos y los “medios” por nosotros piensan. ¿Qué piensas…? “Uniformación”: todos pensando lo mismo en todas partes.

“El cine” es dos cosas: película que corre, y lugar a donde podemos ir a ver, sentados, correr la película. Hay algo de fijo y de movible en esa expresión ambigua que se diferencia al pluralizarla, pues no es lo mismo que nos ocupemos ahora de los cincuentales “cines” tapatíos, a tratar de referirnos al cine de época. Sé que entiendes, y si no, espero que algo salga en claro de todo esto.

Allá por los 30s, Jólivud comenzó a modular mentes más o menos fuertes o más o menos débiles. Ya para los 50s, había logrado moldear de forma clara la sesera de los hacedores de cines en Guadalajara, quienes prestos se pusieron a hacer eso –cines– al estilo… ¡Jólivud! O Broadway, que lo mismo da. Dentro del proceso de ‘inmueblamiento’ urbano (los edificios son inmuebles-inamovibles y no muebles-movibles), la moda al arribar a los 50s era construir cines monumentales, capaces de albergar miles de gentes; el dogma neocolonial llegado del norte profundo así lo exigía. ¿Es que se necesita ser muy acucioso para darse cuenta que la arquitectura es una ventana por donde se asoma nuestro colonizado espíritu? Entonces, sencillo silogismo, si Los Ángeles y NY marcaban la pauta del cine enorme, pos (tal cual), a seguirla. Y como el espacio requerido por esos edificios no era poco, la piqueta se encargaría de abrirlo.

Así cayó el multisecular Colegio de San Juan Bautista –lo poco que de él quedaba– para estacionar allí al monumental Cine Variedades, en cuya fachada se instaló una multicolor cascada de luz neón (otro dogma modal de época) al más puro estilo Broadway. Y pensar que esa palabra significa nomás “calle ancha” o ‘broad way’… ¿Y qué me dices del Nuevo Cine Teatro Alameda? ¿Alameda? El Parque Morelos hacía mucho que había dejado de llamarse así: Alameda, y el nombrecito se importó de la Lutecia nacional.

Como en L.A. y en el D.F. existían los respectivos “Palacios Chinos”, el novedoso teatro cine fue construido siguiendo el patrón –faltaba más– para que Guadalajara no quedara rezagada en la efímera modernidad. En su interior, el remedo de un poblado colonial, y en su techo, aparecían simuladas estrellas en el momento en que se apagaba la luz para comenzar la función; luces centelleantes que hacían sentir al espectador bajo el cielo nocturno.

Y el Alameda fue renovado después de aquel incendio (comidilla, chisme que circuló a toda velocidad por la pequeña ciudad) que ocurrió al tiempo que exhibían “Cuando los Mundos chocan”, película de ciencia ficción que acabó en tragedia.

Debo haber tenido cinco o seis años cuando fui por vez primera al cine; liturgia, entonces, y ahora rutina. Alguna tía heroica decidió llevarme a ver “King Kong”, que no logró atrapar mi infantil atención: un chango arriba de un edificio y con una muchacha en la mano, no me resultó particularmente interesante. Más me intrigó –me cautivó– el “pueblito” que estaba dentro del cine. “¿Quién vivirá tras esas fachadas? Debe ser gente a la que le gusta mucho el cine; estar en el cine. Además, no pagan por ver todas las películas…”, respondió mi perspicaz inteligencia infantil. Luego quieren que uno no se traume si al engaño cinematográfico le suman el engaño del cinematógrafo.

¿Traumas? El tal cine Alameda, al paso de los años se convertiría en propio teatro de mis frustraciones académicas. Como los dueños eran papás de un condiscípulo, lo prestaban para que se realizara allí una función lamentable y colegial: la entrega de reconocimientos a los alumnos más destacados, y que en el lenguaje de mi escuela se llamaba “La Proclamación”. ¿Proclamar qué? Mi traumática e implícita comparación con los mejores. Teatro aquel de mi derrota sesual, a donde había que ir –además– uniformados y con el azul uniforme que me quedaba más estrecho año con año. Todo crecía en mí, menos la sesera.

También en el Alameda fui testigo y parte de la inocente ingenuidad de aquella puebla tapatía cincuental. Durante la cuaresma se exhibían únicamente películas a tono con la época; con esos cuarenta días en los que cambiaba radicalmente la tonalidad de la urbe (te digo y no me crees: la edad media terminó nomás ayer). Con sólo aparecer una imagen religiosa en la pantalla, el público aplaudía. ¿Verdad “Marcelino Pan y Vino”? Aquella Guadalajara inocente consideraba que era preciso rendir culto a sus divinidades que se le aparecían… en la pantalla.

El cinemascope, por cierto, llegó apantallante en esa era. Roxy, Alameda, Edén (den lo que den), Cuauhtémoc (con su fachada aztecoide), Juárez, Avenida, Variedades, Colón, Obregón, Metropólitan… Nombres de los santuarios para reverenciar a San Jólivud. Y les llamo así, santuarios, porque eran puntos congregacionales en donde convergía la comunidad y donde se diferenciaban las clases, pues los precios no eran los mismos en luneta que en balcón.

Los grandes cines en el pequeño centro urbano. Hubo un fallido intento de arrancar el cine del centro y se hizo uno en la Colonia Chapalita. No tuvo éxito, pues la liturgia implicaba ir a donde se encontraban aquellos edificios tan monumentales como inexplicables en la actualidad.

Pero en Chapalita, y en los cincuentas, Guadalajara se puso a la altura de los novedosos requerimientos jolivudescos. Si no me equivoco fue un tal Mr. Hass quien rentó un terreno, justo frente a la glorieta, y allí instaló el “Autocinema Ritz”. Cinco pesos coche lleno y tres –creo–, si iba un solo ocupante. Algún sociólogo, o antropólogo, o qué se yo quién, debía lanzarse ya a hacer una profunda investigación sobre la vinculación autocinemademografía tapatía; o las profundas vinculaciones que allí tuvieron lugar. El tema podría ser jugoso y espero que mi sugerencia no haya caído en el vacío investigativo.

Unos compañeros de colegio decidieron poner a prueba el nombre de tan novedoso sistema cinematográfico. ¿Auto cinema? Fueron en calandria y les impidieron la entrada, a pesar de que intentaron pagar tres pesos por el boleto del caballo. En otra ocasión, nos ocultamos en la cajuela a fin de ahorrarnos ¡dos pesos!, pero Manuel, el que manejaba el coche, decidió cambiar el giro de la maniobra y en la taquilla, al grito de “¡siempre sí nos alcanzó!”, abrió la cajuela y nos puso en vergonzante evidencia. Guadalajara tuvo autocinema.

Los cines y el cine no fueron ajenos a la modulación de la nueva ciudad. Te repito aquello: Jólivud cala dentro en las mentes; las ha uniformado y transformado. El Variedades implicó destruir el colonial y único Colegio de San Juan Bautista, pues la modernidad así lo requería; mas ensanchar la calle para convertirla en avenida –¿te acuerdas que te decía lo que significa ‘broadway’?– implicaba alinear la telefónica, o central de teléfonos situada en la otra acera. Espero que le encuentres lógica a lo que ocurrió: mediante una proeza tecnológica presenciada por la ciudad en pleno –pues el hecho se anunció con anticipación–, el novedoso edificio ¡fue movido! para alinearlo a la anchura marcada por el teodolito. ¿Entiendes? Los mandamientos de Jólivud así lo dogmatizaban: el progreso puede destruir la historia, mas no atentar contra sí mismo. El edificio de teléfonos, tan nuevecito, era preciso respetarlo, moverlo con toda delicadeza y con tecnología criolla. En serio, alguien tiene que meterse a fondo a estudiar cuánto ha influido Jólivud en nuestro extravío histórico.

También por los cincuentas, abrió sus puertas por Liceo o Belén, un cine con nombre profético: “Microcine”. Los MACROS tenían los años contados, pues muy pronto pasarían a ser estorbosos relicarios. Es tan efímero el cine… ¿qué película marca la moda hoy?

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