Convenciones

Y Luego…

Por Alvargonzález; 20 de diciembre de 1997

¿No se te ha ido la luz últimamente? Son feos los apagones, y momentáneamente cambian nuestra luminosa rutina tan hecha a la tal luz: que si apa­recen las velas, que si la tele nos va a dejar ayunos de chatarra, y que si el re­fri empieza a descongelarse. “¡Luz; más luz…!”, dicen que dijo Goethe an­tes de cerrar pa’siempre los ojos, y me temo que no era una reclamación ante las variantes voltaicas de comisiones electrificantes. ¿No se te ha ido la luz últimamente? ¿No te da miedo la oscu­ridad?

A mi abuelo Juan González –fíjate que nombre tan alcurne–, le tocó ver llegar la luz “de a mentis” (como dice mi pequeño crio) a la ciudad: la electricidad convertida en luminosidad, y apenas terminando el siglo pasado. O sea que en términos de historión hu­mano y colectivo, hace apenas un parpadeo que el ingenio empezó a derrotar a ese enemigo tan temido como colectivo que es la oscuridad de la noche. Reto milenario y simbólico, pues la luz es un anhelo que trasciende lo meramente físico en el peregrinar hacia el inevitable e intrigante punto final personal. ¿Inspira miedo una noche eterna? Ciertamente no fue el enturno de la CFE el que dijo hace siglos aquello tan resonante del “yo soy la luz…”. ¿No se te ha ido la luz últimamente?

La electricidad convertida por Edi­son en focos luminosos, tuvo un gran defecto íntimo: hacernos olvidar el alto contraste que existió durante miles y miles de años entre la noche y el día; hacernos insensibles u olvidadizos del tránsito estelar y –sobre todo– el de la gran estrella que nunca firmará con­trato de exclusividad con ningún canal, y a pesar de que en el 91 dijeran que esa actora estelar se eclipsó gracias a los patrocinadores: doña Sol, a quien así, femeninamente, se referían los adoradores de Mitra y Varuna durante buenos y largos siglos precursores del cristianismo.

¿Acaso la Luz no es femenino? La tal luz produce sombras y eso era justamente lo que ocasionaba entre nuestros antecesores terrestres el hipotético tránsito solar: ¡asombro! Profundo y recurrente al llegarse el solsticio de invierno.

Dicen los enterados que incluso los aztecas organizaban una especie de Piramitón bajo el lema de “done un corazón pa que’l sol no se vaya…”. Claro que no era el propio, y un poco la tradición se ha mantenido gracias a que muchos donan el producto de sangrías ajenas, pero ese es cuento aparte.

De que los venerables aztecas organizaban una sacadera colectiva de corazones con motivo del solsticio de invierno, parece no corroborar sino el culto ancestral y multicontinental de súplica al Sol para que no dejara en tinieblas nuestro terrestre reducto.

Celtas, mayas, mogoles, quechuas, egipcios, mesopotámicos y demás, desde siempre el culto a los Solsticios: el momento estelar en que el sol no se escapa; se detiene: el sol-se-está para seguir dando lo que da: luz. ¿Te acuerdas de esa teoría de que los dinosaurios se acabaron cuando el meteorito de Chicxulub levantó tal polvareda que se “apagó” el sol buen rato en la tierra? O sea que la quesque ciencia confirma el prejuicio primitivo: sin luz, ni tú ni yo. ¿Se te ha ido la luz últimamente?

Los solsticios son los puntos culminantes del calendario; de ese simple elemento papelero que deja el lugar en la pared o en el escritorio para su reemplazo anual.

Y, antes más que ahora, tendejones, carnicerías y aun centros de tablón-danzón o botaneros con “ambiente familiar”, repartían de todos tamaños y estilos. Esos “simples” calendarios son el fruto de una de las proezas más ingeniosas del pensamiento humano.

Que si el del Rey Numa con sus diez meses (¿no te suena ‘diciembre’ a ‘décimo’?) dejó paso al añadido bimestral de Julio César el augusto (quien se instaló con Julio y Agosto) para ser afinado por órdenes del Papa Gregorio XIII y en 1582, con sus solsticios y equinoccios perfecta y civilmente marcados; con las bisextalidades –o años bisiestos– determinadas como correspondientes a todos los años divisibles entre cuatro. ¿Civilmente marcados?

Tú y yo convenimos en aceptar como verdad que el año dura 365 días (salvo cuando es bisiesto); tú y yo aceptamos que el día dura 24 horas. Tú y yo aceptamos esos convencionalismos… que no se apegan a la verdad astronómica.

Ese el problema de la aceptación de un calendario funcional a todos. Tal vez te horrorice si te digo que la fecha del nacimiento de Cristo haya sido convencionalmente fijada en torno al solsticio de invierno, festividad multimilenariamente celebrada por la humanidad del Hemisferio Norte y en este mundo tan Norte-Sur.

En Constantinopla, donde buenos siglos después de perseguir Roma a los cristianos, el Emperador Constantino ordenó la averiguación previa del nacimiento de Cristo; esto es, cuando el Romano Imperio se convirtió a lo que persiguió y luego de mudar de sede: de Roma a lo que hoyendía es Estambul.

O sea que convencionalmente aceptamos tú y yo el 24 –por la noche– la Natividad, y gracias a los calculistas –hoy se llaman “asesores”– del Emperador. Una mala noticia: en Belén ya va bien andado el día cuando tú y yo estamos celebrando la Nochebuena. Globalizados convencionalismos.

¿Convencionalmente? Peor te la cuento: La Historia es un asunto muy convencional. Con eso de que el Papa Gregorio XIII y sus matemáticos (quesque Jesuitas con lo que ello signifique o deje de significar) modificaron el calendario Juliano (del Augusto Julio César), los de la Reforma Anglicana dijeron: “pos si el Papa lo dice no lo aceptamos”.

Saca cuentas: cuando en 1582, el Papa “decretó” que sus matemáticos Habían detectado un desfasamiento de once días con los solsticios –por lo tanto el día cinco se convertiría en 15 de octubre, a fin de ajustar totalmente el calendario Juliano–, los de la Reforma dijeron “¡No!”; hasta 1752 –¿sacas cuentas?–, dijeron: “pos Papa o no Papa, el calendario dice que sí”.

Mucha Luz Bíblica, pero un poquitín de obscurantismo matemático por los que ahora… ¡Dímelo tú!

Tan fácil que se nos hace hoyendía cambiar de calendario, con sus meses de 30 y 31 días y con los años bisiestos. ¡El dos mil es extrañamente eso: bisiesto, para ayudar a los cabalísticos profetas!

Ahora ya sabemos tú y yo –por favor no les digas a los astrólogos– que no es el-la Sol quien nos da vueltas; somos tú y yo, con la frágil balsa sideral en la que estamos parados, los que volteamos en torno a él-ella; a la Luz.

Pero el pavor a la oscuridad que tenían nuestros ancestros, les obligaba a rendir culto y homenaje a ese ser astral que si ¡en el solsticio de invierno se iba, nos quedábamos a oscuras todos! Lo bueno es que en la convencional orilla del siglo veinte ya no le tememos a la tal oscuridad. ¿Tú sí? Perdida la inocencia entre eléctrica y atómica, ¿hay temor al oscurantismo? Una cosa son los apagones y otra ¡los Aragones! ¿Luz?

Táte bien y luego te busco.

1 pensamiento sobre “Convenciones”

  1. Marco Antonio Guillén Chávez

    Aunque se le apagó la luz cuando se fue de este mundo, Álvaro nos sigue alumbrando con su legado textual a los que, con luz artificial y todo, aún seguimos con algo de oscuridad sesual.

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