Cucursi

Y Luego…

Por Alvargonzález; 18 de diciembre de 1997

El evento lingüístico tiene un nom­bre mucho más técnico que el que le confiero por comodidad: reduplicación. Para aumentar la confusión te cuento un caso de la tal reduplicación, con un ejemplo cierto y donde el término surgió de la ineficiencia de un prodi­gioso cuerpo de ventas que auxilió a unos brillantes empresarios tapatíos a hundir algo que –en hipótesis–, debía ser una corporación rentable. Debido a las múltiples facetas de mi oficio de verbotraficante, a diario debía encarar las cámaras televisivas de un canal que ya ni existe; y debido a la benevolencia ci­tadina, aquel ensayo (que ahora ha en­contrado espacio en la TV por cable) era visto por más de un par de locales ojos (y por allí tengo aún las cifras mostrativas o estadísticas hechas por una empresa de las que miden audien­cias). Pero ándate que el H. Cuerpo de ventas para justificar su voluptuosa ineficiencia, determinó que mis hechu­ras televisivas eran invendibles “de­bido a que falta un ¡coconductor! o coconductora”. Y estoy citando tex­tualmente un escrito memorable. ¿Habías oído ese término? ¿Notas la reduplicación –coco…– en el comienzo de la palabreja?

Ahora me voy a entrampar en mi propia telaraña al recurrir a latinajos; a un verbo que precisamente en el tal latín se enuncia simpáticamente: ‘curro’, ‘curres’, ‘currere’, ‘cucursi’ y ‘cursus’. ¿‘Curro’? Es la primera persona del singu­lar, y que se traduce simplemente en “corro” pues –advertiste–, el verbo no es otro que “correr”. ¿‘Cucursi’? Allí la reduplicación y casi ni duda me cabe de que de allí procede un elemento in­herente al ser humano: la cursilería. ¿Cucursilería? Te digo: todo, siempre, puede ser más y más eso: cursi, reduplicadamente. Corrientemente.

Una cosa es percibir algo, y otra muy distinta, definirla con precisión. Dejando de lado esos bien cursis lati­najos que nunca fallan para dar una pincelada de inteleptualidad, no sé si recuerdes un término anacrónico y que poco se usa ya: el de Curro. En tiempos porfirianos así se denominaban a los que padecían de un mal llamado “afectación”; a quienes artificial o artificiosamente querían hacerse pasar por lo que obviamente no eran. Pero de nuevo salta el problema, y luego de encontrar otro hilván entre ‘curro’ y ‘cucursi’: ¿Qué es la cursilería? ¿Cómo la definirías?

Supongo que somos hijos del tiempo, y que el tiempo –porque corre–, corriente es. Supongo que cada tiempo tiene su modo o moda peculiar, que ni siquiera tenemos que definir ni tú ni yo sino simplemente asumir los imperativos categóricos de los muy reales Dictadores de La Moda. Ni modo: ellos determinan los colores, trazos y formas de prácticamente todo. ¿Adviertes lo precario del término ‘libertad’, cuando somos libres de hacer lo que nos venga en gana… siempre y cuando nos apeguemos a mandamientos implícitos? Quien se brinca esos dictámenes, entra directo en el terreno de la cursilería. Entonces no sé si estés de acuerdo conmigo en la fineza y la sensibilidad que se requiere para no ser ¡cursi! O para serlo con pleno uso de conciencia. ¿Hay alguna norma explicita que nos impida o prohíba la cursilería? Creo que no.

Ya sabes, claro, los tiempos que corren: decembrinos. Y serán calendas o solsticios, pero es sin lugar a dudas el tiempo del año más apto para desarrollar a toda mecha ¡la cursilería! Mira a tu alrededor y ayúdame a hacer una evaluación serena de los elevados índices de tan preciado aspecto de la condición humana. ¿Adornitos con chaquira? Cursis. ¿Árbol con todo y sus esferas? Requetecursi. ¿Nacimiento dentro-de-olla como marca la moda? No advierte su cursilería quien no quiere. ‘Ego curro’… y así de cursi se dice en latín “yo corro”. Somos corredores, del tiempo bien corriente, y ni modo: en nuestra asimilación a los mandamientos de las leyes modales, aprovechamos maravillosamente el derecho que poseemos –y que no explotamos suficientemente– ¡a ser cursis! ‘Cucursis’.

Y en el uso del lenguaje, también caemos en lo mismo. Por mi avatar profesional, insisto, durante años he sacado la lengua por antenas insólitas; me he asomado también por las pantallas televisivas. Quien lengua saca y cara da, espera tener una respuesta de su interlocutor anónimo, y así el teléfono cientomil muchas veces repite una palabra ¡profundamente cursi!: “felicidades”. ¿Felicidades? ¿De qué o por qué? Sí, lo sé, que tú y yo somos gambusinos incansables que buscamos precisamente La Felicidad y dicha así con mayúsculas. La, en singular y que es singularmente escurridiza; una que se construye hipotéticamente con muchos elementos. ¿Felicidades? Es como si me dijeras que me deseas saludes, pues con una me basta y sobra. Me parece, pues, que es un término cursi que equivale a decir: “pos como no sé qué decir, pos digo algo que no significa nada nomás por decir algo…”. Y es que en diciembre resuena a mansalva, a diestras o siniestras bocas, el mismo término “¡felicidades!”. Recurrimos incansablemente a la benemérita cursilería. ¿Tú no? ¿No la adviertes, a todo galope y ahora que es diciembre? ¿Cuántos cursis adornos hay en tu entorno?

Adaptación, mesura, equilibrio, esos los antídotos contra la bien amada cursilería. ¿Equilibrado yo? Qué va. Recuerdo aquella prodigiosa definición de la fiesta de los toros –ca’quien su propia devoción a las fiestas–, hija del ingenio de Pepe Alameda: “Un paso más y el torero muere; un paso menos y la fiesta fallece”. Justeza en la distancia. Pero como andamos a la carrera –ego curro–, a veces no percibo en el momento en que me convierto en ‘cucucursi’, reduplicadamente. ¿Cursi yo? Ya lo habrás advertido en mis líneas mucho, y qué…

Táte bien, y luego, cursimente te busco.

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