Del Urbano Serrano

Capítulo 10

LA CIUDAD Y LA SIERRA, entidades distintas. El tema es refrescante, como aire serrano que se despeina en el pinar. Mas, el camino para llegar a él es un poco tortuoso, y –lo siento– no hay otra forma de alcanzar la punta de la serranía que así: vuelta y vuelta y espero no te marees. Soy fiel creyente de lo que tal vez pueda llamarse “memoria hemoglobínica”; o memoria de la sangre, que lo mismo da. Creo que por las muy tuyas y muy mías arteriolas y vasos, circulan recuerdos tan ancestrales como insospechados. ¿Recuerdos? Tal vez debíamos llamarles “instintos” que están escritos indeleblemente en el plasma. Eso es: plasmados allí. ¿Que la cabra al monte tira? A la memoria hemoglobínica atribuyo la tendencia del ser urbano, a tirar con rumbo a la sierra, monte, y a descubrir el enorme placer que causa darle la espalda a la fiera ciudad.

Algo de bosquimanos subyace en ti y en mí. ¿Estás de acuerdo? Si hace un par de generaciones, ¡apenas!, nuestros ancestros estaban directamente vinculados con la tierra –agrícolas ellos, con las manos puestas en la madre tierra, verde fértil–, eso aún está plasmado en nuestras transistorizadas venas. El campo-tierra nos llama y nos invita a huir (aunque sea momentáneamente) de la chatez del pavimento, tan gris-duro, tan rasposo y desecante.

Ir al campo, sentir la tierra, imaginarnos campiranos, agrícolas, bucólicos y aun “niños-vaca” (¿estará bien traducir así la palabra ‘cowboy’?) sobre el lomo huesudo de un caballo rentado y sufrido. ¡El llamado de la sierra! ¡La voz audible de una tierra a la que los frustrados urbanos le hemos dado la espalda, al creer que sólo sirve para hacer fraccionamientos de hacinamiento colectivo!

En los 50’s, el enorme llano en donde había brotado Guadalajara y donde ella aún no reventaba, era una ínsula. Mejor dicho: estaba A-ISLADA, a no ser por una tortuosa carretera que iba hasta México por las Mil Cumbres. Por ello resultaba difícil, largo, alcanzar el monte o la sierra. Ahora quizá la razón sea otra, pues al haber tantas carreteras, el progreso ha ido aparejado con la destrucción del bosque (y por favor no me vengas con el cuento de que el “Bosque de la Primavera” es tal, con sus robledales y pinares pigmeos, y requemados año con año, para impedir que crezcan).

Por cierto, ignoro si don Talamontes pertenece a la Cámara de la Transformación, puesto que ese individuo de mil nombres, mas con ese apellido, por todos los rumbos del Estado descubrió que el mejor bosque era el que se convertía en tablas, y así, transformó sierras en eriales. ¿Replantar? Tala, tala montes, que la tierra-sierra y el negocio nunca se han llevado bien…

El bosque llama al urbano. Y ese llamado es tan audible en el oído del genoma, que invariablemente las ciudades asentadas en los valles adoptan como suya una serranía; o mejor dicho, la expropian, aun negando implícitamente el derecho que sobre ella tienen sus habitantes originales. ¡Tapalpa –no se lo digas a los nacidos allí– es de Guadalajara y de nadie más!

¿Te imaginas lo que sería de los tapatíos si una buena mañana aparecieran las paredes de la serrana población pintadas con lemas como “TAPALPA PARA LOS TAPALPENSES” o “HAZ PATRIA: ANIQUILA A UN TAPATÍO EL PRÓXIMO FIN DE SEMANA”? Eso sería una ingratitud de los tapalpenses hacia quienes les prestamos la población entre semana, para que la disfruten cuando no podemos ir a ¡NUESTRA SIERRA!

Y tan mal que hablamos de la arrogancia de los centreños, siendo que la pauta es la misma: ellos en Valle de Bravo, nosotros en Tapalpa. Expropiación serrana, pues la urbe necesita bosque. “Guadalajara en un llano”, era cincuental; el llano aislado. Decían en aquel entonces los encontradores de explicaciones, que la falta de carreteras –elemento aislante– se debía a un castigo por faltas de educación política cometidas pocos años antes y en los veintitantos. En efecto, si sacas cuentas, entre 1935 y 1950 no habían transcurrido muchos años, y hasta esa década treintal, quedaron apaciguados o ajustados los remanentes de un conflicto histórico farragoso y cuya explicación ha requerido de historiadores franceses… que han venido a contarnos nuestra historia.*

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*Ya lo diría Cosío Villegas: “el país que no escribe su propia historia, deja los espacios abiertos para que otros se la escriban”.

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Las serranías del Sur de Jalisco y la planicie alteña, habían sido escenario de esa “Cristiada” tan compleja como punzocortante. ¿Sería ella la culpable del aislamiento del Valle de Atemajac? Dímelo tú, que más sabes del tema; mas prácticamente, la única salida hacia el monte era siguiendo la carretera a México y en Jiquilpan –dejando el pavimento atrás–, remontando por mala brecha hasta alcanzar la Sierra del Tigre. Mazamitla, Sierra cristera.

Unas buenas vacaciones, fuimos a dar allá, a ese pueblo tristón (algo tenía de melancólico en su “encovachamiento” serrano), que estaba en medio de ninguna parte, dentro del ocotal. Mazamitla, con sus aleros de teja, que unos 20 años antes había visto pasar por allí, a galope, la guerra cristera que le había dejado heridas que aún no cicatrizaban. Allí –y yo no había cumplido aún cinco años–; sí, allí fue mi encuentro con el bosque. En aquel pueblo amable y aún propiedad de sus pobladores, pues todavía no se realizaba el procedimiento saqueador, estuvimos un par de semanas con otras familias con las que la nuestra se había aventurado a hacer la larga expedición que tomaba casi cinco horas para alcanzar el bosque: que los García Méndez; que los Saucedo; que los Guerra y los Ochoa. Amigos que algún día creí iban a ser sempiternos y que la vida se encargó de distanciar al grito de “ca’quien por su vereda”.

Dos semanas en aquella Mazamitla, que al caer la noche se alumbraba con aparatos de petróleo; correteando por el bosque y sin siquiera por el pretexto de respirar aire limpio. ¡La Guadalajara cincuental aún tenía ese tipo de aire! Rienda suelta al “YO BOSQUIMANO”, agrario, que llevamos dentro. Aún no se inventaba el llamado “fraccionamiento campestre”, donde el citadino construye su réplica de ciudad para sentirse antisépticamente campirano. Mazamitla no tenía más que ofrecer al ocasional pasajero, visitante, que una hostería o mesón toscanamente sencillo. ¿Verdad señores Toscano, propietarios de aquel maravilloso lugar? Y si le llamo mesón, nada despectivo en ello, sino la recuperación de un vocablo medieval; de una denominación traspuesta de la enorme mesa en donde todos compartíamos los alimentos, símbolo de hospitalidad y de albergue más limpio que cómodo; enorme casona que alguna vez diera techo y cobijo a numerosa familia. Hospitalarios señores Toscano. Por cierto, los baños eran de pozo, excusados congregacionales cuya función más allá de lo fisiológico, describe magistralmente José Rubén Romero, al narrar las viscerales (q. v.) conversaciones que allí tenían lugar, al compartir varios y por necesarias causas, aquellos retretes situados generalmente en los corrales.

Por cierto ¿has andado los caminos de Aragón, Asturias o Galicia? Yo no sé si cimbre tus sólidas creencias idiosincráticas (¡uf!), pero nuestra entrañable arquitectura serrana tiene mucho de común con la de aquellos pueblos montanos. Por favor no me vayas a salir con la expresión tan socorrida por turistas que llegan a España y dicen: “esto se parece mucho a Guanajuato…”, o los norteamericanos que afirman que Londres se parece a los barrios viejos de San Francisco. Alrevesamiento histórico.

Mazamitla, la de la tierra rojiza y de pinares tupidos, la Sierra del Tigre, es un recuerdo indeleble en mi memoria, pues allí, mi urbana pequeñez conoció los encantos del bosque. ¿Sierra Madre? Sierra, serrote, serrucho; “aserrín, aserrán, los maderos de San Juan”… La sierra del “talamontes” pelando la Sierra Madre… Me atrevo a afirmar que Tapalpa fue “descubierta” por el tapatío, después que Mazamitla. ¿Fortuna o infortunio? ¿Para quién? TREPADA SOBRE EL LOMO de otra sierra, atrincherada allí, parecía inexpugnable o inalcanzable, ya cerca de los 60’s. ¿Qué no habrá algún refrán que diga que “a todo Valle de Bravo le llega su Chilango, tarde que temprano”?

Con toda su trinchera cerril, cerrera, Tapalpa no pudo salvarse del asalto. Alguna temporada vacacional, desafiando el lodo chicloso de las brechas en tiempodeaguas, debió llegar allí alguna familia tapatía. Y como Guadalajara era ‘clánica’ –hecha de clanes–, luego de la primera, la segunda y muchas más. ¡Al paraíso! El asalto comenzó en la era cincuental.

¿Don P. de la T. sería el primero en avistar aquellos bosques? Ciertamente él no fue de vacaciones, sino que llevó el hacha infatigable; fue uno de los que raparon el monte cerrado y lo abrieron a la erosión. Fue uno de los promotores o inventores del ¡bosque sin árboles!, que parece ser el destino del suave bosque en la suave patria, y la muestra la puso en los que fueron pinares y hoy son llanos en los alrededores de Tapalpa. ¿Que la cabra tira al monte? La cabra urbana –si le resulta rentable–, ¡tira el monte y desmonta lo que puede!

La puebla tapalpeña cincuental era la misma que había estado allí durante uno, dos, o más siglos. En nada había cambiado, sino acaso, mínimamente, en el número de habitantes. Sin luz eléctrica, al caer la tarde asumía una quietud prodigiosa, y en no pocas ocasiones, se envolvía con su rebozo hecho de niebla serrana. Al final del rosario, en la parroquia, la campana mayor daba tres tañidos; al primero de ellos, todos se detenían, las conversaciones se interrumpían, los hombres se quitaban el sombrero y quienes estaban sentados se ponían de pie. Era el momento de la bendición con el Santísimo. Al segundo toque, todos se santiguaban, y hasta que la campana daba la tercera señal las cosas volvían a su oscura normalidad.

Por cierto, entre las imágenes que había en el interior de la parroquia, una me llamaba especialmente la atención; tenía mucho de mundano o republicano y poco de religioso, y cuando después de años regresé, ya no estaba. Era un águila porfiriana y frontal, arriba del altar, y con una bandera; muy parecida al águila que está sobre el escenario del Teatro Degollado.

Los mayores del pueblo, no necesariamente viejos, hablaban de cuando en los cerros cercanos aullaban los lobos. Sí, lobos, aunque suene extraño o fantasioso: el prácticamente extinto lobo mexicano, rojo de pelaje y de mayor alzada que el coyote. Aún me tocó ver las llamadas “loberas”, trampas cavadas para atrapar a aquellos animales que diezmaban los rebaños de ovejas. Que la onza y el puma también habían merodeado por los bosques; que el gato montés y la tanta otra fauna, que al caer los árboles –y con la ayuda del rifle exterminador– desapareció.

Alcanzar aquel paraíso serrano no era fácil; más bien, rayaba en proeza. ¡Cómo no iba a serlo, si la carretera a Zapotlán no existía, y era sólo una brecha brincona! Era preciso llegar a Sayula y por allí comenzar a trepar por un camino que casi era de herradura. Horas, muchas, dependiendo de lo seco o mojado del suelo para, a fin de cuentas, entrar a Tapalpa por el rumbo de Atauco, exactamente por el lado opuesto de donde desemboca el hoy camino asfaltado.

Vivía en el pueblo un personaje que estaba en claro fuera de lugar, y cuya conversación cautivaba mi imaginación adolescente. Él era, en cierta forma peliculesco. Una especie de ermitaño que por alguna razón había elegido vivir allí, a años luz de su México natal y capitalino. Con su bigote breve –“cola de ratón”, creo que así le llamaban a ese estilo–, era un tanto cuanto pedroinfantesco, con su tejana ‘Stetson’ y la pistola al cinto. ¿Por qué siempre usaba lentes oscuros?

Las primeras vacaciones que pasamos allí, nos hospedamos en casa de unas viejecitas que habían habilitado un par de cuartos (oscuros, húmedos y con colchones de paja en las camas). Amables aquellas tres hermanas Santana, que tenían impecables las plantas del patio y que atendían con esmero a sus hospedados y a los cenzontles y otras avecillas cantoras que, a poco de amanecer, llenaban de trinos la casa. Todas las noches, puntual, llegaba a cenar allí don Efe –a quien discretamente llamo así–. Debo haber tenido entonces nueve años y apenas le veía aparecer a la luz de los quinqués, le pedía que me contara “algo”; y así de sencillo, comenzaba a fluir un anecdotario novelesco. Y mientras cenaba, entre bocados, narraba persecuciones de cuatreros, cacerías y balaceras reales o imaginarias, en su México natal. Los linderos de sus tierras subían montes, cruzaban barrancos y se perdían entre el bosque o en la lejanía. ¿Pequeño propietario? Ni de estatura. Él y el señor cura eran los “manejadores” del pueblo y sus contornos. Don Efe tenía un sobrino, y no un sobrino comunicorriente, pues el suyo era Secretario de Comunicaciones y Transportes en el sexenio en turno. A don Efe, le debe Tapalpa la carretera, por bien o por mal.

Notable el nombre de la línea que hacía las primeras “corridas” entre la capital del Estado y el epicentro de aquella serranía: “Guadalajara-Kilómetro Cien-Tapalpa”. Debe haber sido en 1958, cuando la fiesta de bienvenida al primer camión que llegaba por la nueva carretera (que aún no estaba asfaltada). Iba en el camión ¡La Virgen de la Defensa! –Virgen cristera–, y el flamante mueble entró precedido por cohetes y la música a todo viento de la Banda de Tepec, la mejor de la región. Era tiempo de lluvias, y aún hubo de ponérseles cadenas a las llantas del mueble, a fin de que no desbarrancara a causa del fango. Dando patinazos, llegó el camión; fiesta religiosoprofana, con cánticos en ambos tonos, pues el milagro no había tenido poco de tecnológico y no había sido muy ajeno a él don Efe.

Ya estaba aquel bastión abierto al asalto de los tapatíos; de todos, de muchos, y no sólo de los que osaban hacer un viaje incómodo y de muchas horas, incluso corriendo el riesgo –corriéndolo a vuelta de rueda– de quedar entrampados con el vehículo en el lodo. El progreso había llegado a la sierra. A poco de aquello, enmudeció la fragua de Juan el herrero, que con su yunque y martillo, a golpes sobre el metal rojo, arrancaba al hierro las formas y cosas más insospechadas en un pueblo que, hasta ese punto de su historia, había sido dependiente de sí mismo en gran parte. Juan el herrero debió dejar su oficio maravilloso –aquel arte que ahora ha desaparecido cuando ya fue posible llevar refacciones o piezas fabricadas en serie que hicieron innecesaria su profesión. No sé por qué creo (¡científicos sociales venid en mi ayuda!) que cuando dejó de resoplar el fuelle que avivaba el fuego de la fragua de Juan, Tapalpa comenzó a perder su independencia.

El urbano, serrano de fin de semana y de tiempos vacacionales, expropió para su goce el pueblo; lo presta a sus habitantes los días hábiles. El sábado, puntual y con su basura urbana, hace el camino cuesta arriba, para disfrutar de un bosque que ni cuida ni le importa más allá de ser ornato de su romanticismo bucólico finsemanero. ¿Será una plaga el urbano-serrano? Cuando se acabe el bosque ¿qué irá a ser de él? ¿De nosotros? Yo soy bosquimano ocasional. Es normal, ¿no? ¿Te gusta el bosque… ¡sin árboles!?

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