Eugenesia

Y Luego…

Por Alvargonzález; 9 de octubre de 1997

Enfilados a toda carrera hacia el 12 de octubre, no puedo desperdiciar la oportunidad de aprovechar la proximidad de la fecha para tratar de aoscurar algo contigo ¿Aclarar yo? Pareciera que eso queda fuera de mis posibilidades, y por más que lo intento. En todo caso la fecha se presta perfectamente por sus propios claroscuros.

De que llegó, llegó, y que de ese hecho se desprende algo tan concreto como somos tú y yo, es innegable. Unos lo acusan de imbécil y otros lo califican genio. Yo pienso que fue un individuo con intuición, y ello por lo general no se da a los brutos; un humano intuitivo el tal Colón. ¿Fundador del Día de la Raza? No sé por qué tengo la sospecha que eso no tuvo cabida en sus planes de viaje. ¿Día de la Hispanidad? A más de uno le da chinor de cuero pensar solamente en que algo, alguito, no tan malo pudo aportar a la creación de la novedosa raza el elemento español. Acuérdate: los aztecas, ocupantes de una diezmilésima parte del extenso territorio que se independizó con nombre azteca, México, eran los habitantes armónicos de un paraíso que destruyó la chusma invasora de lujurioambiciosos sifilíticos. Esa la versión oficial… escrita en el idioma que nos prendieron a la lengua esos perversos. ¿Paradoja?

Él llegó un hipotético 12 de octubre –del año 1492–, y aquí estamos tú y yo en un continente bien americano, que de hecho empezó a serlo en el 620, cuando –perseguidos por la intolerancia religiosa– llegaron los ‘Pilgrims’ del ‘Mayflower’, a quienes Squanto, el aborigen providencial, ayudó a sobrevivir el primer invierno sobre la Nueva Inglaterra. Con decirte que para entonces ya tenía un siglo de haber sido bautizada con el nombre de Nueva España, una territorialidad que nos es fundamental. ¿Te gusta el nombre de Día de la Raza? Suena bien, sólo que hay un problema: ¿nuestra mezclada, o mestizada raza, es buena? Es resultante del encontronazo continental.

Hace años, platicando con Poncho Alfaro cuando se avizoraba el fin de la llamada guerrafría –o paz calientemente atómica–, él, profundamente intuitivo, advertía ya el descubrimiento del novedoso “enemigo”: la confrontación racial. ¿Sabías que La Historia no es sino recuento de guerras y no de paces? Los vencedores requieren siempre de elementos a vencer. Ni modo, la tal Historia no la inventé yo, y espero que tú tampoco…

Viejas teorías puestas a tiempo, en favor de la abeja Eugénica. ¿Quéseso?, me dirás. Algo muy sencillo: la prevalencia de unas razas sobre otras o “la­buena-hechura”, si quieres que traduzcamos el elegante terminajo con sonoridad griega. Y aquí, vigente, se encuentra la eugenesia –bien necia–, como modulador del cierre vertiginoso del siglo. ¿Día de La Raza? Pero si el presupuesto oficial señala que lo valioso aboriginal fue destruido y prevaleció lo perverso transcontinental español. El final del silogismo es doloroso: pos ni modo, nacimos pa macetas en el corredor internacional… ¿Lo aceptas? Yo tampoco. Creo que el tal silogismo está y ha estado muy mal planteado, y o lo reformulamos, o nos refundimos en la resignación de la moderna confrontación en la que nos está dedicado el papel muy secundario de ¡perdedores!

Allá por el 1924, se publicó una normatividad migratoria norteamericana, amparada con un bello nombre: “The Passing of the Great Race”, y con que nos quede en claro eso de “la Gran Raza” bastisobra. Pero en el 26 Gustav Boeters, alemán, lo tomó como modelo de “la higiene racial” de su país, e indudablemente los escritos estaban basados en la línea maltusiana: una cosa es que todos nos podamos reproducir, y otra es la reproducción de “los mejores”. ¿Racismo? Novedosa vieja criatura que está pariendo el findesiglo. ¿Día de la Raza? ¿Dónde, en medio de los festejos pletóricos de penachos que seguro acudirán a maldecir a Colón, acomodamos la demencia maltusiana? Tomás Roberto Maltus, clérigo anglicano con sus once hijos, en cierta forma enunció que la libertad de reproducción (de algunos) es conducente a la ruina. El sí, con todos sus hijos, pero otros no, porque no es lo mismo hacer unos de un color, que otros hagan de otro color.

Salvo el simpático incidente de Pocahontas –¿viste la película?–, los descendientes del ‘Mayflower’ se dedicaron a eso: a preservar la raza; el mestizaje –insisto: el ¡mezclaje!– lo criticaron siempre de los españoles (considerados también raza inferior). Viéndolo bien, Pocahontas es ¡la Malinche! madinusa, y ¿habías oído hablar de Squanto? Él es, sin duda, el organizador de la festividad más grande en ¡América! y navidad aparte: sin él no habría ‘Thanksgiving’, o díadeaccióndegracias… Gracias a él sobrevivieron los “peregrinos” que luego acosarían al apache piel roja.

Con decirte que el tal racismo hasta anda disfrazado de Caperucita Verde; hermosa teoría: los “inferiores” depredan, los “superiores” conservan. Nomás que se les olvida que la voracidad “superior” piensa que las fronteras son algo más que líneas convencionales, y si guardan sus bosques –su ecología–, no vacilan en talar y destroncar sistemas. Indonesia, con sus maderas preciosas para hacer muebles de ‘mahogany’ (alias caoba), igual que la amazonia convertida en pastizales; o la campechanía o tabasquería petrolíferas devastadas por la sangre del siglo veinte, y los brutales intereses que en torno al petróleo se mueven.

Tan ingenioso Vasconcelos para inventar le lema a la UNAM: “Por mi Raza Hablará su Espíritu”. Sólo que a estas alturas de nuestra reestructuración nacional, hay dos problemas: ¿Qué raza somos? Y ¿en qué idioma va a conversar con el futuro nuestro espíritu? ¿Te acuerdas de don Valentín el tapatío, con nombre de calle –Gómez Farías– que propuso allá en los albores de nuestro simpático federalismo que en vez de ser el español nuestra lengua común, fuera el náhuatl? Magnífica sugerencia, nomás habría que enseñárselo a los hablantes de más de 50 lenguajes étnicos distintos tan distantes del náhuatl y del aztequismo mítico. O mejor aún: nos inscribimos todos en la academia ‘Cuasdat’, y reconocemos que nuestra lengua racialmente no sirve pa nada…

Carl Sagan les sugirió a los de Pasadena y del control de naves espaciales, que le sacaran una foto lejanísima a nuestro planeta: se divisa, en medio de la oscuridad del universo, un ¡hermoso punto azul! Y en él, o nos salvamos juntos o nos perdemos todos. En el punto azul no se advierten fronteras. ¿Razas? Menos.

‘Esto brevis et alacebis’. Tal cual: sé breve y tal vez agradarás. La tía Rosita me dijo: “a veces no acabo de leer tus largas confusiones (o confesiones, lo mismo da)”. Y peor te la cuento, voz femenina anónima en el 121-8880, me dice: “no sé por qué leo tus artículos (¿artículos?)… eres un creído… dices y dices y no dices nada…”. Desde hoy, seré lo más breve que pueda, así respeto tu tiempo y me trago lo que no entiendo, como por ejemplo por qué somos tan racistas. ¿Tú no?

De quinta mano René (mi proveedor de tinta) me facilitó el folletón ‘The Passing of the Great Race’, que me hace pensar en si de veras existen pueblos elegidos o pueblos que se eligen. Táte bien, y luego… te busco.

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