Fundantes

Y Luego…

Por Alvargonzález; 12 de febrero de 1998

Ayer, Javier Romero, y hoy Alfredo Dehmlow, me hicieron el favor de acompañarme en la práctica del funambulismo. Sí, creo que ya te había dicho que eso soy, funámbulo cotidiano y hertziano, lo cual se traduce en que todas las mañanas subo al cable para tratar de llegar a muchos –vía tele– en la ciudad. Y lo de Javier y Alfredo viene a cuento porque a ambos los hermana, sin conocerse mutuamente, su elevado aprecio por la aventura en grado superlativo. El primero de ellos es montañista, escalador por ejemplo del McKinley en Alaska y con los ojos puestos en lo que la jerga montañera denomina los “ochomiles”, o altitudes con ese metraje; y el segundo entre octubre y noviembre del 97 se fue a darle la vuelta al mundo en un pequeño avioncito. Ambos son tapatíos y más o menos de mi edad, y esos datos simplemente los pongo como punto de referencia de la diversidad que tiene la capacidad aventurante o aventurera. ¿Te gustan las aventuras? ¿De qué tipo?

Si me equivoco corrígeme, pero creo que implícito en el equipamiento humano está el paradójico gusto por aventurar. Paradójico porque somos buscadores consuetudinarios de la llamada “seguridad”, y la aventura implica precisamente asumir el riesgo con su buena dosis de inseguridad. ¿Cómo la definirías tú y si es que consideras tener capacidad aventurante? Aunque sé que me dirás con certeza que del ‘venire’ latino con la preposición ‘ad’ se arma la palabreja que a mí no deja de sonarme a ‘ventum’ o viento. ¿Exponerse a vientos desconocidos? ¿Dar la cara al futuro, siempre incierto pero añadiendo una cantidad más o menos grande de incertidumbre? Dímelo tú, pero la aventura siempre está aparejada con riesgo, con in-certidumbre, con temor y el presupuesto de que el ingenio personal puede afrontar todos esos elementos. En el caso del montañismo, y Javier me lo dijo frente a la cámara de tele; y también en la aeronavegación, eso de los vientos cuenta mucho en la aventura. Alfredo me platicaba que en el cruce del Atlántico de Newfoundland a las Azores, el viento propicio le permitió alcanzar velocidades superiores a los 400 km. por hora. Vientos que en ocasiones son favorables y en otras son perniciosos; vientos de un porvenir siempre indescifrable en su totalidad.

Supongo que tú y yo nos parecemos en algo; por ejemplo en el gregarismo cotidiano y rutinario. ¡Eso es! La achatante “rutina” no significa otra cosa que seguir día tras día la misma ruta, o rutita personal. Vistiendo como todos, aspirando a lo que todos aspiran, ahí andamos tirando pa’lante. Y la rutina tiene la aplastante virtud de aplanar al aventurero que subyace en nuestra intimidad; esa vocecilla que a veces nos pregunta quedamente: “¿no será posible no ser tan parecido a todos?”. Supongo que dentro de las aspiraciones humanas menos que más lógicas, está la de ir a la moda. ¿Estás a la moda, o de menos te enteras del marcapasos colectivo que es la moda? Moda, modo, que decretan los dictadores y que abarca no sólo el trapaje con el que cubrimos nuestra defectuosa anatomía (en la mayoría de los casos, como es el mío). Pero ¿qué tiene qué ver la moda con la aventura? Mucho, pienso, porque la uniformidad que nos envuelve decapita al aventurero potencial que viaja dentro de nosotros; mucho, porque queriendo ser ¡diferentes! –ensayar otras rutas y desafiar contratiempos–, acabamos siguiendo la misma rutina colectiva. “Para ser diferente, cómprate las chanclas que todo mundo usa”, podría decir un lema publicitario y modulante del comportamiento. Y ¿para qué pensar diferente, si todos piensan como les indican los modelistas del pensamiento? ¡Vaya que sí da vértigo la aventura pensante!

Salvo modificación de última hora al calendario, viene a toda velocidad (adviene) el 14 de febrero. ¿Día de qué? Claro, del san marquetín con san Valentín. ¿Nomás de eso? Si no me equivoco también se cumplen años de la fundación de Guadalajara, este lugar del mundo en donde transcurre nuestra aventura de la supervivencia cotidiana, y gracias a que un grupo de ¡aventureros! decidieron que era lugar bueno para posibilitar la felicidad colectiva.

Mira, en tratándose de españoles que entre otras cosas trajeron los apellidos que nos cobijan, el término “aventurero” asume peyorancia. ¿Por qué? Porque así nos han enseñado a entender nuestro pasado, cuando en otras tierras del tan Americano Continente a los primeros que se aventuraron a fundar pueblas y ciudades se les llama “Padres Fundadores”, o ‘Founders’ que lo mismo es. El que hayan sido, sí, aventureros en busca de la escurridiza felicidad, no implica que hayan sido individuos sin traza ni rumbo más allá de la maldad. Entre ellos, nuestros predecesores en el fértil Valle de Atemajac, creo que prevalecía la buena voluntad, enmarcada en su propio tiempo. ¿Sabías que “moda”, “modal” y “moral” de la mano van filológicamente hablando? Ni santos ni demonios, sino seres humanos que le dieron curso a su sed de aventura. Fíjate, ningún aventurero busca el sufrimiento o la infelicidad como tales, si bien son ingredientes potenciales o derivativos de no pocas aventuras. ¿Te gustan? ¿De qué estilo? ¿A mí? Mejor otro día te cuento de mis guajolotazos físicos y anímicos (cómo duelen) con mis aventurillas…

“A Dios y A Ventura”, escrito tal cual, era un lema recurrente durante el trasvase que se inició en el siglo XVI. Ese término que ya se compactó –A Dios–, indica que para el creyente hay un punto de convergencia y divino al que llevan todos los caminos, venturosos o no tanto. Creo que debemos seguir, ca’quien, nuestra propia y cotidiana aventura con todos sus grandes o chatos riesgos. ¿Los míos? Bien chatitos; mi duende de las aventuras es acondroplásico, o enano para que mejor lo entiendas…

Si puedes, te espero mañana viernes: 20:00 hrs., en el Museo de la Ciudad de Guadalajara (calle de Independencia y Mariano Bárcena). Emprendo una aventura literaria hacia los inalcanzables confines de los orígenes –a veces insólitos– de las palabras. Daré a luz (vaya temeridad a mi edad) un cuaderno sobre la artesanía filológica. Si puedes, ve y hablamos; si no, allá tú… ¿Hablas? 121-8880. Táte bien, y luego… ¡te busco!

Con este artículo llegamos al final de la serie “Y Luego…”.

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