La Llaneza del Llano

Capítulo 2

UNA DE LAS LECCIONES más sorprendentes sobre orografía mexicana voló más allá de las fronteras nacionales, envuelta en la letra de una canción consonante; aquella que dice: “Guadalajara en un llano, México en una laguna…”. Lo del comerse la tuna aunque sespine la mano, quizá pueda entenderse como lección de orografía amatoria, cosa de ca’quien, porque esa parte de la canción poco tiene que ver con el llano tema que nos ocupa por ahora.

En más de una parte de este mundo, más de un extranjero hispanohablante y por la letra cancionera, al enterarse de mi procedencia me ha preguntado: “¿Es cierto que Guadalajara está en un llano?”. Al paso del tiempo, he tenido que afinar mi respuesta y decir que quien vea la tal ciudad podrá apreciar la llaneza del sitio que ocupa… ¡siempre y cuando le toque un día despejado, con viento que descorra esa cortina azul plomo-azufre que ahora envuelve al valle!

Dejo de lado, por conocida, la historia de la ciudad itinerante: aquella historia de una puebla buscando asiento definitivo, y que logró encontrarlo después de hacer escalas en Nochistlán, Tlacotán y Tonalá. Puebla peregrina que por momentos parecía perdida y que finalmente se instaló, minúscula, en una mayúscula y benévola llanura.

Durante cuatro siglos y poco más, aquél ralo caserío estuvo desproporcionado, plantado allí, en el medio de ese cuenco tan fértil como enorme. Pero un buen día… ¿comenzó a escaparse la tigra? Hay que forzar un poco la imaginación para regresar a la década que resultaría ser crucial del quebranto secular, para imaginar el valle en los 50’s. Es preciso intentar ver la ciudad, e intentar hacerlo desde el punto más sobresaliente en su añejo y colonial centro. ¿Subir a cuál edificio para desde allí percibir a la pequeña ciudad acosada por sembradíos y tierras no labradas? En esos años la ciudad es chata: plana, como amoldada al valle o acomodada simbióticamente a él, como no queriendo destacar su perfil sobre la planicie. ¿Edificios? Ninguno sobresaliente, por lo que no hay mejor sitio para verla, más tendida que extendida, que desde cualquiera de esos aguijones templarios que la salpican por aquí y por allá. Las torres de sus quiensabecuántas iglesias son los mejores puntos de observación de la chatez urbana; de ese caserío mínimamente embarrado al suelo generoso que lo ha prohijado. ¿Cómo se verá la ciudad desde el campanario de la Catedral?

Milnovecientoscincuentaialgo. No hace muchos años le cambiaron de nombre a la calle de San Francisco, y la secularización del nombre callejero fue aparejada a la amplificación de la vía, que pasó a ser avenida: 16 de Septiembre, ancha, anchísima, como corresponde a una ciudad moderna.

En torno a la catedral se observa un proceso de cirugía plástica urbana, si bien en este caso, el quirófano es a cielo abierto. Por cierto, para subir a los campanarios catedralicios fue preciso ingresar por una portezuela que está sobre la calle de Hidalgo, y ascender por una escalera de caracol con olor a orines concentrados y a guano de murciélago, e ignoro si hay una regulación eclesiástica que marque que todos los campanarios de todas las iglesias huelan a lo mismo. A vuelta y vuelta en el oscuro caracol, para finalmente alcanzar el punto donde se desplantan los alcatraces alrevesados, y en donde se encuentran las voces de bronce de la iglesia prima o primada; voces agudas y roncas, convocantes y sonoras, repicantes y anunciantes.

Por cierto, un esquilón, con nombre como todos –pues las campanas siempre eran bautizadas–, muestra las cicatrices de aquel cañonazo que le fue disparado desde el Hospicio, en una de tantas revueltas y asonadas que ocuparon país y paisanaje durante el siglo XIX. Desde allí y entonces, no hay nada que impida la vista sobre el extenso valle. La palabra “smog”, ya la habían inventado los ingleses, mas para respirársela ellos.

El llano es enorme pero no infinito; está en-cerrado. Si te asomas hacia el viento del Norte, allí es perfectamente visible la ceja de esa barranca de los tantos nombres: que si de Oblatos, que si Colimilla o de Huentitán, muchas denominaciones para ese tajo profundo que cercena el llano; sobresale el frontón de piedra que por las tardes, con el sol poniente, se pinta de rojo; es el Frontón del Mexicano, y un poco a su derecha, el cerro de la Higuera, que parece engañosamente estar muy cerca de la ciudad y de la que le divorcia el barranco profundo. ¿Hacia el Sur? El llano se desliza suave, y se trepa sin mucha dificultad por las tersas faldas del Cerro del Cuatro. ¿Quién y por qué le llamaría así? Nunca he podido averiguarlo, y si tú te enteras, dímelo. Tras el cuatrero cerro, la vista va a dar hasta la chaparra serranía de Tlajomulco; por allí el cerro de La Latilla (memorable y ya te diré por qué), y adjunto, el enorme Cerro Viejo que es uno de los más elevados del Estado. Por cierto, en algún invierno remoto, el Viejo Cerro se encopetó con nieve. ¿Me crees? Al lado del Cuatro –¿será Suroeste?–, dos lomillos: el de Santa María Tequepexpan, y el del Gachupín o del Tesoro. Ellos, con el más prominente, son la frontera con el valle de Toluquilla –curioso nombre–, donde en algún momento se pensó fundar la ciudad, lo que fue impedido por las tierras pantanosas. Iba a decir tierras ¡aguadas! y creo que no resulta tan mal, pues a fin de cuentas se prefirieron las muy sólidas del de Atemajac. Al Oriente, la vista se desplaza también con facilidad. Por allá, el cerrillo de Tonalá. ¿En verdad será el sepulcro de la conversa reina de los tonaltecas, la capilla que se encuentra en la cúspide del cerrito? Atrás, mucho y con azul de lejanía, el más altivo de Santa Fe, con ese nombre que los bautizadores de territorios repetirían en más de un lugar: Santa Fe del Nuevo México; Santa Fe en la Argentina. ¡Vaya con la santa fe de aquellos topógrafos coloniales, que le montaron el nombre al cerro que ahora está rejoneado con antenas de telecomunicaciones y que baña con micro o macro ondas la ciudad, desde su aparente lejanía! Al Poniente, la mirada se estampa nomás allí en la serranía del Colli y con el cerro del mismo nombre, que con su textura arenosa descubre su vocación volcánica.

¡Hermoso el valle cincuental! De y en los cincuentas. El caserío apenas tapiza una parte ínfima de él. En el valle, una ciudad, y junto a ella, las villas: San Pedro, San Andrés, Zapopan, que son visibles desde el campanario de Catedral, por las torres de sus propias iglesias. Todas las villas, incluso Atemajac, separadas de Guadalajara. Hay que ver con detenimiento la ciudad de aquellos años; parece, desde la altura campanil, un garbanzo en inmensa olla. Tiene una especie de conformación “pulpar”; de pulpo, que no de pulpa. El centro podría equivaler a la cabeza del supuesto octópodo, pues hacia él convergen las extremidades barriales. Pero, esa hipotética cabeza, te dije, está siendo sometida a cirugía. ¿Plástica? ¿Radical? Le están dando otra fisonomía para ponerla a tiempo, a época, pues no se trata de que Guadalajara se rezague en la estampida hacia el progreso. A espaldas de Catedral, acaban de terminar una flamante plaza; el autor del proyecto parece ser que fue un ingeniero al que le quedó breve el título y se clasificó como arquitecto. Él propuso crearle allí, tal cual, un pulmón a la ciudad y para la hechura, no vaciló en cercenar casonas multiseculares y palaciegas para la hechura del pulmón. Cayeron allí las casonas de los Cañedo y de los Veytia; mas no importa, porque hay que olvidar la ciudad colonial para dejar paso a la nueva. ¿Tesoros patrimoniales? En los cincuentas no hay tiempo para lamentaciones, pues picos, palas y azadones no pueden hacer el progreso entre lamentos (ya habría tiempo después para ello).

El reloj ha sonado; la era cincuental ha llegado. ¡Muera la Guadalajara colonial, tetra centenaria! ¡Viva la modernidad! Pero ¿alcanzas a percibir lo efímero que es eso de “modernidad”? Lo moderno de hoy, vejestorio de mañana… Plaza de la Liberación. ¿Pulmón de cemento planchado? Futurismo puro: tres décadas después, la ciudad deberá comenzar a aprender a respirar lo que sea, por lo que en los cincuentas, había que irla poniendo a punto; entrenando.

Al costado Norte de Catedral, se ha procedido a la demolición de la Iglesia de la Soledad, para situar en lugar céntrico a los hombres ilustres; despojos ilustres bien ubicados en una ciudad que vive en, desde y para el centro. Construyen allí una Rotonda, o redonda, que lo mismo es, con sabor ateniense y afinada con el ya visible Degollado –visible desde allí una vez que se han degollado unas manzanas para hacer el plazón–. El opaco y solitario templo debió dejar espacio para ilustres o lustrados personajes que anteriormente tenían su cuadrángulo en el Panteón de Santa Paula, o de Belén; el templo debió ceder su espacio al santuario civil. Cuestión de santos, los unos clásicos, y los otros cobijados por el neo-clásico rotundo. ¿Qué cupo tendrá la Rotonda? Pregunta en busca de ilustración…

Comenzaban los cincuentas y a toda velocidad nos enfilamos por la avenida del modernismo. ¡Es preciso fabricar la nueva ciudad! Exigencias, reclame, del nuevo tiempo. Desde allí, desde nuestro hipotético y catedralicio puesto de observación, se pueden ver hacia el Sur –siguiendo el hilo de la anchísima y recién abierta avenida–, los escombros frescos de la que fuera estación de ferrocarriles. Estorbaba; estaba demasiado encajada en la ciudad y resultaba demasiado estrepitoso el pujido y resoplo de las máquinas aquellas de vapor. Lo que estorba ¡que caiga! ¿Que allí alcanzó a Guadalajara la revolución industrial, cuando don Porfirio llegó en el primer tren, allá por el 888? No es tiempo de sentimentalismos, sino de avanzar. La estación nueva fue puesta donde no iba a estorbar nunca; al fondo de por allá, delante del Aguazul. Qué bien, pues incluso los trenes van quedando como cosa del pasado repasado; una vez que la Revolución se apeó de ellos, olvidó que sin ellos nunca habría ocurrido. “En lestación dirapuato, silvóla locomotora…”. Pocas leguas separan la ciudad cincuental, colonial, de la renaciente urbe; la piqueta trabaja febricitante y sólo es cosa de tiempo para ver los resultados. ¿Ves?

En los cincuentas, el valle debió darse cuenta de que la cosa iba en serio; luego de tres y más siglos de modorra, la carrera comenzaba, pues todo era cosa de tomar velocidad. ¿Cuál la meta? Lo averiguaremos luego, porque ahora lo importante es correr. Chata era la ciudad. ¿La has visto desde los campanarios de la Catedral?

Sonó el reloj; la siesta medieval ha terminado. ¡A galopar…!

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