Lingua

Y Luego…

Por Alvargonzález; 11 de octubre de 1997

Mi maestro Samuel, a cuya casa acudía con cierta regularidad a conversar con él allí en Fleet Street, fue quien me dio la definición de lo que más que profesión personal es amantazgo: “loco inofensivo enamorado de la len­gua”, y él de la suya y yo de la nuestra. Soy eso, filólogo, por una especie de sorpresa vocacional que me tenía deparada la vida. ¿La vocación te encuentra o la encuentras, o parte y parte? Buenas preguntas me haces, pero eso no tiene mucho que ver con lo que pre­tendo decirte: ¿la devaluación de nues­tro idioma no tendrá que ver con otras devaluaciones?

“Por mi Raza Hablará su Espíritu”, lema de Vasconcelos para la postrevolu­cionaria UNAM. Suena bien, pero la cuestión es (sigue siendo de urgente respuesta doble): ¿cuál raza, la nuestra?, y ¿en qué idioma se va a manifestar nuestro espíritu racial? La primera de las interrogantes tiene una vía fácil de salida: “pos somos mexicanos y como México no hay dos…”. Suave respuesta en tono de suavepatria, pero los mexicanos ¿qué o quiénes somos? Siglo veinte terminando y la pregunta sigue en tono de incertidumbre. ¿Somos los hijos de un derrotado imperio azteca en un territorio trastocado por invaso­res que comenzaron a arribar a partir de un 12 de octubre lejano? Ese, otro intento de respuesta bien falluca, pues el aztequismo no alcanza a cubrir toda la territorialidad compleja y nacional. ¿Cuántas etnias sobreviven a unos “ge­nocidas” que ni siquiera fueron buenos para eso –el supuesto genocidio–, pues sobrevivieron tantos grupos étnicos y lingüísticos?

Los definidores del término “na­ción” (tan enormemente difícil de definir), invariablemente desembocan en ese punto: en la boca, y en la lengua. En el proceso de integración nacional, mucho tiene que ver el idioma, posibilitante de tejer el sueño colectivo o la esperanza de un futuro mejor. Para eso sirven las “naciones”, en hipótesis, para que una colectividad pueda mejorar así, gremialmente amparada por una denominación común. Sin sueños ni tú ni yo podemos vivir. ¿Sueñas? ¿En qué idioma? Espero no te moleste si defino frívolamente “la nación” como una fábrica colectiva de esperanzas tecnológicas, financieras y –sobre todo– espirituales: “…hablará su espíritu”. Y el lenguaje es un don divino para posibilitar el entendimiento entre los habitantes de un determinado territorio. ¿Y si se devalúa? ¡Horror!

Corría el diecinueve, siglo de nuestra génesis nacional, cuando un simpático regiomontano hijo de su modernidad, esgrimió políticamente una idea muy cabellada; peluda: decretar el Náhuatl como lengua oficial de México. Fray Servando Teresa de Mier –fíjate qué nombre más nahuatlaca–, opinaba que lo mejor para desarrollar la nueva nacionalidad, era que nos mordiéramos la lengua. La –insisto– cabellada idea era tan magnifica como suprimir por decreto tres siglos de un proceso que llamo conquistolonia, y que en ocasiones recurrió a la espada y en otras sólo a esa arma poderosísima que es la lengua. Tienes por ejemplo la lengua misional en la articulación de las Californias, en las que la espada tuvo un papel muy secundario. Fray Servando no prosperó con su propuesta, pero otros patriotas lo resucitarían posteriormente. Me pregunto cuál sería el interés del muy tapatío, y con nombre de calle aquí, don Valentín Gómez Farías, para proponer exactamente lo mismo. ¿Pensaría cambiarse el nombre a Valentinácatl Gómetl Farioxóquitl? Ellos eran parte de un proceso devaluatorio de esa herramienta monumental que es ¡la lengua! Y, por favor, no creas que no advierto la riqueza de la lengua azteca, pero ella no fue la que moduló las cuerdas vocales de una inmensa territorialidad que nunca advirtieron ni detentaron los emperadores con nombre cervecero y paradójico: ni Cuauhtémoc ni Moctezuma probaron otra cosa que el pulque…

Al perder fuerza la lengua, devaluarse, se pierde una fortaleza interna y creativa; se minusvale la posibilidad de descifrar el futuro en el idioma matriz, y se hace imperativo recurrir a otros. Alguna vez, hace buenos años, me topé con un equipo de la televisión japonesa en tierras anglicanas. Como parte de mi filológica devoción es la caligrafía, me llamó la atención el ‘kanji’ que traían en sus chamarras los japoneses, y le pregunté a uno de ellos qué significaba ese ideograma: “el siglo 21 es nuestro”, me respondió tranquilamente y ve tú a saber si en realidad aquello significaba lo antesdicho. “Dime lo que quieras que al cabo nientiendo…”. Pero el caso es que comenzamos la conversa en la linguafranca contemporánea, y en un punto el jijo del sol naciente me dijo algo memorable: “nosotros aprendemos otros idiomas para defendernos, y ustedes… para ayudarles a otros”.

Los niños nórdicos aprenden naturalmente varios idiomas, pero siempre hacen referencia a su “lengua madre” o matricial; a su fundamento nacional e histórico. ¿Sabías que Noruega no tiene déficit presupuestal ni deuda extranjera y que incluso los desempleados tienen derecho a vacaciones? Llegas a Oslo y te hieren los ojos los letreros en noruego, pero a poco te das a entender en la linguafranca internacional; la que apenas este siglo desplazó al francés como tal (linguafranca llamaban los conquistadores romanos a esos dialectos que surgían de la mezcla del latín con la lengua de los conquistados y que permitía entenderse a unos y otros; una de esas podría ser el spanglish fronterizo tijuanense).

¿Hablas inglés? Te felicito, porque también sirve para entender las canciones de moda e incluso el danzón económico en que estamos metidos. ¿Devaluaciones? Si no revaluamos la lengua, estamos condenados a un proceso devaluatorio –¿espiritual, nacional?– que mucho tiene que ver con lo otro. Con mis raquíticos conocimientos sobre macroeconomía, me asalta una duda: ¿una nación hace su moneda o la moneda hace a la nación? Dímelo tú si lo averiguas. ¿Por tu raza habla tu espíritu? Te decía, soy filólogo y amo nuestra lengua. Es buena, tanto como otras. ¿Verdad, don Valentín?

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