Manuel

Y Luego…

Por Alvargonzález; 8 de enero de 1998

Entre mis numerosas patologías sesuales, hay una que espero se mantenga en niveles de relativa sanidad (o que no empeore); que siga estable con pronósticos de amantazgo incurable pero que no pase de allí a locura mani­fiesta y obvia. Soy, sí, un confeso bibliófilo que tiene la esperanza de no dar el paso al más allá literal y conver­tirse en bibliómano, y todo porque una cosa es el amor –filia– y otra la manía o locura propia de los bibliómanos. Si quieres acusarme de fetichista, allá tú y tu respetable gana luego de confesarte que he experimentado emociones de profundis al poder tocar y admirar –más que leer– libros de hermosura y resonancia inefable. Que si La Fábrica de Vesalio (“De Fabrica Humanis Cor­poris”) que es el primer texto en la his­toria de la Humanidad que describe algo muy fellucho: cómo estamos he­chos por dentro tú y yo, con toda esa armonía de tripaje y musculatura. Que si la Biblia de Gutenberg, maravillosa muestra del invento más grandioso desde que el homo comenzó a ser sa­piens. O la ‘prima editio’ del Periquillo Sarniento, novela que inaugura en este continente esa novedad de contar no­vedosamente lo de siempre. ¿No son eso las llamadas “novelas” noveli­dad?… Amo algunos libros, admiro otros, pero no pretendo poseer mu­chos. ¡Qué va! Estorban tanto…

En este punto me pregunto por qué ando revelándote asuntos personales, y si acaso te interesará saber algo muy obvio: que hay libros y… que hay libros. Es decir –lo cual no es tan obvio–, que te puedes enamorar de ellos por distintas razones: por su valor intrínseco (“tal libro me ha dicho tales co­sas…”); por su precio voluminoso (imagínate lo que cuesta, aparte de ser La Biblia, la hechura de Gutenberg); o por su armonía manifiesta. Antes de contarte de Manuel hacedor o factor de un libro ex-tra-ordinario, brevemente quiero decirte algo sobre el ¡arte de ha­cer libros! ¿Armonía?

Cualquiera que sea, lo plantas fren­te a tus ojos y deslizas los ojos sobre las letras puestas encuadernadamente. Cuando se asume la categoría de “bibliófilo” –como yo–, empiezas a percibir que elaborar un libro bello no depende sólo del contenido, sino que es una proeza editorial. Hoyendía con las teclas electrónicas la cuestión del “libro bello” es una rutina plastificante y sinchiste. Las tales teclas ratoneramente cuadran, adornan y hacen todo el etcétera literal. Imagínate lo que era hacer libros bellos –no sólo por su contenido sino gratos a la vista– cuando era preciso armar los tipos –‘tipo’ no es sino ‘marca’ y en griego–, letra a letra y para luego prensarlos contra la página ¡textualmente! Una cosa es hacer libros y otra ¡hacer libros hermosos, pletóricos de armonía!

Con el libro de Manuel –que me ha causado un estremecimiento mayúsculo y superlativo– fui a dar de rebote. Sucede que su nieto, Carlos Shell, fue mi compañero de aulas que algo nos dejaron en común (entre otras virtudes defectuosas el amor al libro).

Carlos, tómalo como información paralela, es maestro y de ello te podrá dar fe su alumnaje; es maestro, que no profe-repetidor-de-conocimientos-pa’la-prueba. Se ha sobrepuesto a infortunios muchos y –que no se entere– le admiro por su profesa vocación de maestranza. Eso aparte, una tarde conversando me dijo que quería mostrarme algo: quesque un libro y que de su abuelo… Como verbotraficante, en múltiples ocasiones me he visto expuesto a lo mismo y he expuesto a otros a exactamente lo mismo: “quiero que veas este libro…”, dicho de aquí pa’llá o de allá pa’ca. ¡Horror! Momento crucial en las relaciones humanas, pues los bibliófilos sentimos repelús por las recomendaciones de autores de moda o de otra calaña; gustamos de descubrir o de aventurarnos a trompicones contra las letras. No obedecemos mayormente las inefables leyes del marquetín fabricantes de genialidades literarias y de todo ¡tipo! Entre que fue a buscar el tal libro y preparar mi carota de interés compuesto, se dieron los compases suficientes. Pero ándate que frente a mí apareció uno de los libros más hermosos que he podido contemplar en mi descuadernada y mal formateada vida.

¿Sabes lo que es un “incunable”? En términos rígidos son aquellos libros impresos antes de amanecido el siglo XV; en términos un poco más amplios son libros irrepetibles; únicos. En ese sentido el de Manuel es ¡incunable! ¿Único? En más de un sentido, sí. Uno y único.

Estoy seguro que tienes a mano una pluma y que con ella puedes escribir. ¿Pluma? En sentido metafórico les seguimos diciendo así, pero Manuel hizo su libro así, con pluma o plumas, de guajolote. Tal cual.

Lo imagino allá por 1920, a la salida de su trabajo en una empresa con nombre ampuloso y multinacional: La Amparo Minning Company; al pardear la tarde, llegar a la casa, cenar con la familia y –luego– ponerse a la escritura caligráfica, mojando cuidadosamente la pluma en turno en el tintero y realizando una de las obras literarias más formidables que he podido contemplar. Que si son 500 páginas cuidadosamente escritas a cuarto de folio, es lo de menos; lo de mucho más es la gana oronda de Manuel Ramos, músico, literato, sociólogo, antropólogo, historiador, reseñador, topógrafo, dibujante, poeta, recolector de tradiciones orales y escritas; la gana de un individuo incógnito de plasmar con letra hermosamente manuscrita su personal sentir sobre la época que le tocó vivir. ¿Sabes dónde queda Etzatlán? Tierra de minas cuasi agotadas, y en su municipalidad la del Amparo: y allí, como lo dice en sus letras prologantes: “…escribo esto con la esperanza de que…”. ¿Sabías eso? La esperanza de decir algo a otros es la madre de los escritores; la esperanza de que otros compren los escritos de otros, es la madre del marquetín. Manuel hizo un libro; uno solo, y a mano y con pluma de guajolote que le bastó para hacer los márgenes de cada página; dibujos que ilustran bellamente aquel ecosistema que desapareció cuando nuestro General Obregón desecó la Laguna de Magdalena (no él, que va, sino sus mandatos); partituras de la música que interpretaba la banda del mineral de El Amparo.

He tenido en mis manos El libro de Manuel. De Manuel Ramos. Yo no había oído hablar de él y ni tú tampoco, y creo que más pensando en su futura descendencia que en mí –vidente de su obra–, se dedicó, con poca luz y bien entrada la noche, a su única obra literaria. ¡Única! No hay otro libro sino el que hizo y ¡encuadernó con cuero!

Manuel Ramos, y le llamo así porque sin títulos ni dones se les llama a los grandes autores reales. Cervantes se llama Miguel, al paso del tiempo secular: Gabo –ni licenciado ni ‘don’– se apellida García; Octavio sigue dando guerra y otros tantos. ¿Microhistoria? Un invento colegiado. Quisiera que lo vieras –y lo voy a mostrar por tele tal vez la próxima semana– porque justamente es eso: un hermoso tratado de la microhistoria que no es otra cosa que caja de resonancia de la Macro, y a la vez elemento insustituible en la hechura del gran Historión. Así El Amparo, a la sombra municipal de Etzatlán, alcanza a iluminar sobre una cuestión tan profunda como la minería quesque “nacional” y ya bien corrida La Revolución multifacética. Las costumbres, las tradiciones y fiestas; la música que estaba de moda y la moda misma de hombres y mujeres convertida en atuendos; la vida agrícola en torno a la laguna asesinada por razones políticas. 500 páginas calígrafas que son un acto devocional, armoniosamente realizado por Manuel Ramos; acto de profesión de fe esperanzada en la tierra de alguien que la desea mostrar a los que le sucederán en el tiempo para que entiendan su procedencia. Cientos de horas debe haber empleado Manuel en esa hechura heroica, y luego de cumplir con sus labores en el mineral. Mi gratitud por su paciencia a Manuel Ramos. Dani Ramos, su hija dicharachera y llena de anécdotas recolectadas a lo largo de sus poco más de ocho décadas de existencia, aceptó acompañarme con todo y libro para exhibirlo vía tele (por megacanal me asomo todos los días a las 9:00 am; y a las 15:30). Pronto lo mostraremos. Te digo, soy bibliófilo confeso y muchos libros he visto –que leídos, poquísimos–, pero ninguno tan bello como el de Manuel Ramos. Allá tú si me crees.

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