Neocolonialismo y Excentricidad

Capítulo 4

TENGO UNA TESIS cuya mostración es arena –que no harina– de otro costal. ¿Me creerías si te digo que la lengua cruje cuando algo pasa? Largo sería el intento de fundamentar tan sonora afirmación, pero debes creerme que la historia y el lenguaje tienen una vinculación muscular notable. “¡Colonias!” ¿Te has puesto a pensar en la sutil significación del término? Guadalajara, a partir de 1950 –quizá poco antes o poco después, mas es válido redondear la fecha–, comienza a devaluar su centro y a fugarse a las colonias; sus habitantes, claro, pues supongo que entendiste ya que la ciudad es, sus ciudadanos. O quiso ser…

Sí: ¡a las colonias! y con toda la preciosidad imprecisa de la expresión. Antes de la década del quebranto, ya se habían fundado las llamadas colonias “Americana” y “Francesa”, cuyos nombres propios poca duda dejan acerca de intenciones ¿nacionalistas? Dímelo tú. De ‘Tolsa’ hacia arriba, las dos, poblando lo que, todavía bien entrado el siglo, se conocía como las Barranquitas de Vallarta; de ‘Tolsa’, dije, calle que se llamó así por las huertas que un español tenía un poco más delante de lo que es ahora la avenida de La Paz y no por el ingenioso “Tolsá”, escultor y arquitecto que hizo de las suyas en la capital (destruyó no pocos altares churriguerescos para entrarle a la moda del neoclásico; su proeza del “Caballito” es cosa y cuento aparte).

Creo que necesitaríamos de la ayuda de un psicólogo o parapsicólogo para que nos explicara a ti y a mí por qué una ciudad que renegó de su pasado colonial, se lanzó a la colonización; a poblar la periferia de su centro-cascopatrimonial, fundando eso: ¡colonias! El hecho revela cierta patología: anticolonialismo colonialista. Complejas son las cuestiones parapsicológicas. No fue invento local; imitación, sí.

En la era del Maximato, aplacándose la polvareda revolucionaria, surgieron en México deéfe, las llamadas “colonias”, con nombres tan sospechosos como rimbombantes. ¿A qué te suena la Guadalupe-Inn? ¡Échale compadre, que ese sí es mestizaje lingual! ¿No adviertes allí en ese simpático denominador de colonia deefense, un nuevo proceso de colonización a la altura de la duramadre o del bulbo raquídeo?

Suave nos iba entrando… Y como el proyecto urbanista se sintetiza en “lo que hagan allá, acá lo hacemos como podamos”, el valle de Atemajac comenzó a llenarse de eso: de colonias. Una de las primeras que quiso agarrar aire postinero en los 50’s –y que nunca lo logró–, tiene-tuvo un nombre que es en sí una oda a los tiempos corrientes (de entonces): “La Colonia Moderna”. ¿Sabes siquiera dónde está? Con todo y su nombre, evidencia ahora con su vetustez, lo efímero y transitivo que es la pretendida modernidad; en un momento, lo moderno deja de serlo.

Colonia y Moderna, ambas cosas y ambos términos revelan ese impulso que subyacía en la conciencia urbana de la época; o esa frustración, pues incapaces de colonizar nada (no somos un país colonialista y ni imperio fuimos con Iturbide), pareciera que por comodidad mental se decidió aligerar el peso de la frustración, lanzándonos a colonizar el este y el oeste citadinos. ¡Ay pasado, cómo pesas!

Según eso, la Historia no es sino el recuento de procesos colonizadores en el mundo; de unos colonizando a otros y de una y otra forma, que todo se vale… ¡incluso colonizar Talpita, Chapalita, el Fresno, los Jardines del Bosque, y hasta el Country Club! Guapo nombre este último ¿no te suena muy, pero muy, elegante? Paradoja: ¡muera La Colonia; viva la colonia! Con mayúsculas esos cuatro siglos y con minúsculas ese resorteo cincuental y urbano.

Al galope era preciso dejar el centro, darle la espalda a la ciudad antigua, señorial-colonial, abandonarla a su propia suerte, e irse a colonizar las tierras “muy, muy lejanas”, incluso más allá de Los Arcos. ¿Arcos? Quién sabe por qué parisina razón se le ocurriría a don Everardo mandarlos levantar allí; si fue con la idea de marcar el límite de la ciudad, son los Arcos un monumento a la falta de imaginación. Durante algunas décadas, cierto, más allá no había sino tierras labrantías; un rancho – San Jorge–, donde por cierto se realizó alguna Feria del Maíz. Milperas, y aún no plantaban al otro lado de los sospechosos arcos, a doña Palas Atenea, minervota a la que costó trabajo acostumbrarse a ver allí, con su monumental ¿fealdad o belleza? Dímelo, si la ves, porque creo, pocos le prestan atención. La irreverencia popular la bautizó como “La Bombera”. ¡Colonización del oeste! Hasta suena a proeza jolivudesca, pero el tal oeste quedaba allí, pasando Los Arcos y como la historia no se escribe sin imaginación, mucha se le puso al nombre de algunas colonias. Chapalita, ¿cómo te suena ese nombre? ¿Algún laguito por allí, remedo ínfimo de Chapala? Ninguno, pero lo mismo da.

La tal Chapalita nació tan bendecida como remota. El santificado nombre de sus calles me inclina a pensar que en su hechura hubo fondos mitrales, con lo que ello pueda significar. A su entrada, había una fuente franciscanamente denominada “De la Hermana Agua”, que después sería demolida para dejar practicar el cubismo a un buen cubista cuya obra fue cariñosamente bautizada como fuente “De la Hermana Drácula”. En todo caso, la primera me parecía menos fea, pero a todo se acostumbra uno; hasta a no prestar atención a esos cubos sólidos de concreto tan ¡modernos! y eternos. ¿Quién los mueve? Yo no.

Por aquellos tiempos cincuentales, aunque parezca ahora invención imposible, el transporte público era suficiente y mucho más eficiente que ahora. ¿Era aquella una relación adecuada usuarios-distancias-vialidad? Que eso lo averigüen especialistas en tan preciso ramo, porque lo que a nosotros concierne es tratar de percibir o descubrir elementos de vivencialidad citadinos, que tal vez hacía más convivible la ciudad, antes de que el nuevo modelo urbano implicara que el auto ocupara el lugar del habitante. ¡Viva el auto! ¿En el transporte público tiene cabida, ahora, esa cosa que hace vivible la vida, llamada POESÍA?

Aquel toque camionil-poético, cincuentenal, no lo percibía quien no quería. Existían unos camiones pintados de amarillo; “la fiebre” les llamaban sus usuarios, y fiebre de ese color, porque invariablemente eran protagonistas cotidianos de accidentes viales que afectaban a no pocos. El nombre oficial de la línea era “Analco-Moderna”, y estoy seguro que sus creadores nunca cayeron en la cuenta de que ese nombre tan conciso y poético era una verdadera cátedra de historia urbana, pues en poquísimas letras condensaba el proceso que se estaba generando. Analco, en efecto, es uno de los barriospueblos más acendrados de la ciudad, y de una ciudad que estaba abandonando el barrio añejo, para irse a la colonia ¿moderna? Ruta que más que camionera, resultaba una concisa y viandante lección de historia urbana integral: de Analco –el barrio como congregación humana– a la Moderna convivencia de la colonia, impersonal, clasificante y anónima. Los urbanos de primera, a las colonias; para el resto, el centro y los barrios gravitando en torno al mismo. ¡Que se queden los que no puedan darse el lujo de irse!

El barrio tenía las horas contadas como elemento de con-vivencia. ¿Cuántos de ellos había en Guadalajara? Los que fueran, todos con nombre anfictiónico, otorgado por el templo que era el centro de gravitación de cada uno de ellos: del Santuario, del Refugio, del Pilar, de la Capilla de Jesús, del Carmen, de San Sebastián de Analco, y tantos más que el número poco modifica el hecho sustancial. Analco-Moderna: enfrentamiento de dos eras; viaje o viraje secular.

¿Y qué me dices de aquella línea, también camionil, llamada “Oblatos-Colonias”? Oblatos, denominación de una orden de monjes, y nombre de una región suburbana hacia la ceja de la barranca. Por cierto, que conste que el desaparecido Penal de Oblatos no fue hechura de frailes, que tampoco nada tendrían que ver con manejo de transporte urbano. ¡De Oblatos a… las colonias! De Oriente a Poniente, porque el colonialismo tapatío esa orientación tuvo: hacia el Oeste los colonizadores, los pioneros, los mejores…

También sonoramente poético, el nombre de aquellos camiones blancos –que como todas las líneas tenían servicio de primera y de segunda, diferenciado por el acomodo de los asientos en su interior–: “Centro-Colonias”. Más claro que eso, poco; del centro a las colonias, y no viceversa, que el mismo trabajo hubiera costado decirlo en forma invertida. El centro, punto de fuga de la nueva perspectiva urbana. Aquellos camiones hacían el viaje ¡hasta Chapalita! ¿Por “López Mateos”? Claro que no, pues a dicho personaje aún le faltaban algunos años para convertirse en nombre de avenidas y bulevares en prácticamente todas las ciudades del país.

¡Qué horrible, por cierto, que una de las máximas aspiraciones vitales sea el convertirse en nombre-de-calle-transitable-pasable-y-pisable! Pues en aquellos años cincuentales, la vía que vinculaba Guadalajara con Chapalita, era una mezcla ingeniosa de carretera con callejuela y con nombre de avenida. De hecho, era ya la salida a Morelia –carretera–, único camino tortuoso y largo que unía a la ciudad con la capital del país. Entre la ciudad y la mencionada colonia, había pocas casas –una muy grande de don Dámaso, hermano de don Lázaro el michoacano–, mucha tierra de labranza y un campo ¡para cultivar las británicas añoranzas de los tapatíos de pro! El llamado Campo de Polo, donde caballos y caballeros luchaban por horadar la meta de sus rivales.

Todo eso, a lo largo de la Avenida de Los Ingenieros. ¿Notaste bien el nombre? Vuelta con aquello de que las calles son homenaje transitable a personajes epónimos. Los años 50’s –en Guadalajara– van a ser los años de Los Ingenieros a quienes se encargó la remodelación, rehechura, de una ciudad que no había sido dañada por la guerra (¿cuál, si fue muy lejos?) pero que de todas formas, era preciso reconstruir. Y a los tales ingenieros, con o sin ingenio, dedicada una avenida (que era mezcla de todo lo dicho); ingenieros remodeladores, algunos de los cuales se adobaron el título de arquitectos, porque sonaba un poco mejor; alarifes, maestros que aprendían a jugar con ese material constructivo novedoso –el concreto–, y en cuyas reglas de cálculo no florecía una cuestión tan vaporosa llamada La Historia. En manos de ingenieros quedó la fabricación de la ciudad moderna; de esa Guadalajara que iba a darle la espalda al centro (hacerlo invivible) para irse a las colonias y que con ese simple movimiento iba a darle la espalda a la historia.

En 1942 no se encontró mejor forma de festejar el 400 aniversario de la fundación de la ciudad, que hacer un mercado con el sonoro nombre de “Cuarto Centenario”; homenaje funcionalista. Diez años después, la consigna fue la de hacerle cirugía plástica radical a la ciudad, para que esos cuatro siglos no se le notaran. El tumba y tira en su apogeo; la ciudad americana para el auto americano, y no se necesitaba mucho ingenio ni título de ingeniero, para darse cuenta de que la lucha estaba perdida, y que el “ca’quien en su automóvil”, va a conducir por la vía rápida al entrampamiento paralizante. ¿Asfixia? El barrio y el centro perdieron la batalla; nació la ciudad excéntrica. Excéntrica, en la que el centro de ella se consideraría más lastre que orgullo; en la que los polos gravitacionales se desplazarían hacia la periferia neo-colonial.

Paradoja: siendo el valle de Atemajac tan amplio, pudo haberse prescindido de destruir el centro patrimonial en aras del modernismo o del crecimiento. Quién sabe por qué la nueva colonia o el proceso “Centro-Colonias”, al surgir, arrasó con el pasado colonial. Ya vendrían los 70’s-80’s, la era del adoquín y del andador; era del “pos qué enseñamos a los turistas, porque ya nos echamos toda la ciudad antigua…”, en la que el maquillaje trata de suplir el error de los cirujanos plásticurbanos. ¿Añoranza a destiempo y sin sentido? Nada de eso. Hasta el momento, Guadalajara ha crecido siguiendo patrones imitativos. Durante los siglos coloniales, sus hacedores no podían evitar re-crear el modelo urbano que había venido con ellos de la Península; remedar sus lares y lugares. ¿Seguir imitando?

Durante el siglo pasado y comienzos del presente, nos dio por el afrancesamiento; luego del bofetón revolucionario, nos levantamos encandilados por un Norte rutilante, espléndido, que al finalizar la Primera Guerra Mundial, emergió como potencia ya no del vecindario geográfico, sino de un mundo que comenzaba a compactarse.

Ahora, siglo veinte concluyendo, nos encontramos en una situación única en la historia: no hay modelos a imitar. El vano empeño en seguir los pasos capitalinos, va a desembocar en la paradoja: ciudad invivible. La ciudad, hechura de todos; en activa o en pasiva, la hacemos los que en ella vivimos. Quizá sean rescatables el sentido y el espíritu del barrio; quizá se vaya aproximando el día en que se deba reconocer el triunfo aplastante del automóvil sobre el ciudadano, y sea justo que se le levante un monumento, por los eficientes servicios que ha prestado a lo largo del siglo (somos expertos en eso: monumentos, que por todas partes los hay), pero que se replantee el uso urbano del mismo. Sin modelos, ¿qué sigue?

 

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