Oratoria

Y Luego…

Por Alvargonzález; 31 enero de 1998

Por razones radiales y londinas, mi ocupación en la onda corta implicaba mantener correspondencia con el mundo. Así me carteaba con un amigo que vivía en Salvador Bahía quien en una ocasión me hizo llegar unos listoncillos entre mágicos y ceremoniales. Tenían una leyenda inscrita: “Senhor de Bon Fin”, y según me explicaba en car­ta adjunta, el Patrono de aquella población brasileña cumplía los deseos de aquel que los atara a su muñeca con algunos etcéteras. ¿Senhor de Bon Fin? Extraña advocación religiosa, ¿no te parece?

A mi abuela le daba por lo que ella llamaba “beaterías”; era de rezo fácil, y nada raro que el rosario apareciera en sus manos y a luego de acomodarse –por ejemplo– en el asiento del avión. Pero entre su repertorio de interceso­res, había uno al que cotidianamente hacia una llamada de larguísima dis­tancia espiritual y en español; al portu­guesamente llamado Senhor de Bon Fin. Y créeme o no, estoy convencido de que sus diarias súplicas fueron escuchadas. ¿Oras?

Sucede que gramaticalmente ha­blando, las llamadas “oraciones” son elemento básico de la expresión. En nuestro arcaico pero funcional sistema educativo aprendimos que una oración está compuesta por sujeto, verbo y complemento. Pero resulta que cuando la expresión personal está dirigida hacia el misterio profundo, y la necesidad de encontrar respuestas, se realizan también “oraciones”. Entonces y sin salirme de lógica, los seres humanos somos orantes y en dos sentidos muy diversos: el horizontal y el vertical. El primero podría ser en busca de res­puestas paralelas a la superficie ques­que plana de la tierra; el segundo, hacia lo alto; hacia la infinitud de la no­che estrellada, llena de interrogantes sobrecogedoras.

Pero deja volver un poco sobre el “Bon Fin” portugués. Para el griego del tiempo de los filósofos, la máxima aspiración en la vida era la que denomina­ban como “muerte bella”. Ética y estéticamente así: transitar hacia el infinito insondable de bella forma. ¡Vaya lío! Porque hasta donde sé nadie ha salido vivo de este pasatiempo veloz llamado “vida”, y qué mejor que salir de él bellamente. ¡Vaya aspiración imposible de cumplimentar sin la ayuda de los dioses! ¿Oras?

Revisa bien el diario y apuesto que encontrarás más de un buen curso de oratoria que se te ofrece publicitariamente. No me queda más remedio que confesarte que yo recibí muy buenos y muy deficientes cursos de tan difícil materia. ¿Te da miedo hablar en público? Quesque los cursos te ayudan a vencer ese pavor que sigo teniendo a pesar de los muchos años de hacerlo. Pero –y repasando lo que te decía líneas atrás– creo que debo reformar una palabra y en vez de decir que todos somos orantes (hacedores de oraciones para que otros nos entiendan o para nosotros entender el misterio), creo que todos somos eso: oradores. Practicantes, bien o mal, de la oratoria íntima o pública. ¿Hablas? ¿Engarzas sujetos, verbos y predicados ante otros y ante el enigma del tiempo que se evapora irremediable y misteriosamente? Sostengo lo dicho: con cursos o sin ellos, todos oradores; hacedores públicos o en privado de oraciones.

El miércoles, apenas, perdí a mi maestra de oratoria fundamental; de oratoria germinal y germinante. Ella me enseñó –fíjate lo esencial de su maestranza– a articular mis primeros sonidos consonantes y consecuentes. Es más, mi primer discurso público, estoy seguro, lo pronuncié ante ella. ¿No son acaso los tales “discursos” un discurrir o correr verbalmente por entre las ideas? Ella, a lo largo de mi carrera como verbotraficante expuesto a interpretaciones, siempre fue mi correctora de estilo. Todavía la recuerdo hace una semana, cuando en este rincón papelero escribí algo enigmáticamente titulado “18,983”, simplemente me dijo: “estuvo legible; sí te entendí”, máximo elogio superior al que pudieran expresar en torno a mis oraciones aplanadas en el papel, la Academia de Estocolmo y el Colegio de Letras Literales de Tajimaroa conjuntamente. Ella, cuando yo hablaba a la oreja mundial desde Londres, se agenció un radiecillo de onda corta para pepenar mis palabras; cuando en la monstrua hacia radio de medianoche (que pauta marcó), me pedía le grabara mis decires para benignamente juzgarlos; ella se suscribió al cable cuando temerariamente me dieron la oportunidad de convertirme en funambulista con todo y mi imagen.

Fue también mi maestra de lo que podríamos llamarle tentativamente “oratoria sagrada”. De sus labios aprendí las primeras oraciones con sujeto, verbo y complemento divinos: “angelito de mi guarda…”. O aquella otra dirigida a un Padre Nuestro colectivo y que algo desencantado debe andar por sus criaturas tan dadas al número y olvidadas del verbo. Ella me enseñó a orar; a dirigir mis oraciones hacia el misterio insondable de una existencia a la que llegamos sin invitación y de la que nos marchamos sin previo aviso; de ella aprendí que sólo la oratoria vertical, que no horizontal, puede dar sentido a una soledad que nunca nos abandona íntimamente. ¿A ti sí? Lo lamento.

No lo recuerdo, pero también por lógica absoluta, estoy seguro que mi primer discurso público constó de una sola palabra constituida por dos sílabas; de hecho una palabra bien simple elaborada con la vocal más fácil y no en balde la original del alfabeto: “a”. Mi primer discurrir por las ideas tratando de surgir de mi sesera en vías de cuajar (¿cuándo cuajará?, me pregunto y ella también se preguntaba lo mismo), fue llamarle con ese genérico tan simplemente complejo: ¡mamá!

Mi maestra de oratoria se apegó estrictamente a los cánones griegos y seguro para pasar con solvencia su examen final acabado el tiempo. Pulcramente se durmió para siempre. ¿Sabías que ‘agonistés’ denominaban los griegos a los luchadores? He sabido de cada agonía –lucha final– tan terrible. El Senhor de Bon Fin le llamaba; buen fin para magnifico comienzo en la infinitud.

Justamente, ni menos ni más, me duró 19,987 días mi maestra particular de oratoria, a la que desde ahora dedicaré mi discurso –que espero también tenga buen fin– sobre un doloroso asunto: la orfandad. Berta la nombraron mis abuelos (sin la ‘h’ ridícula), y fue exigente y amable; rígida y flexible. Fue buena; hizo mucho bien. ¿Sabes? Lloro y oro. Oro de orar, que todo el otro no me la trae de nuevo. ¿Oras?

Táte bien y luego te busco con esta mi oratoria aplanada en el papel.

5 pensamientos sobre “Oratoria”

  1. Siempre Grande Álvar. La multifacética exposición de sus conocimientos, nos permitía poder disfrutar del aprendizaje en el lenguaje y la historia.
    (Bellas imágenes de este texto).
    Saludos!

  2. Marco Antonio Guillén Chávez

    Recuerdo su voz quebrada allá por la mitad de los ’90 cuando se cumplió un año más de la ausencia de su madre y nos leyó en su conversa de las 6 de la mañana en radio UdG, un texto dedicado a ella que el periódico (creo que era “El Informador”) donde escribía, según nos dijo, le negó publicárselo si no pagaba el costo de la publicación

    1. Y además El Informador no le pagaba por sus publicaciones. Cuando su señora madre murió, no pidió gratis sino sólo un descuento por la esquela, y en lugar de hacerle la rebaja, le dijeron que eso era un chantaje sentimental y lo echaron a patadas del periódico. Saludos y gracias por tu comentario, Marco.

    2. Las vicisitudes del lenguaje.
      En los nombres no hay ortografía, cada quien se llama como le da su respetable gana, a quien los registra.
      Lo que sí es importante es expresar las ideas lo más exactas posibles, breves por substanciosas, con ortografía hasta donde la generosidad o necesidad alcance.
      El informador se benefició por mucho tiempo de las ideas encerradas en palabras de Álvar, pero ¡oh, maraviloso destino!, Álvar recibió lo que no compra el $, yo sigo beneficiándose del talento hecho generosidad del Vallero y los compañeros de la A.C. que con tecnología han vuelto esta página más “radiante”.
      Es igual mi madre, que a orar me enseñó pa’rriba, pero a Álvar debo el lenguaje que busca la
      máxima ortografía para la reflexión.

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