Plastantes

Y Luego…

Por Alvargonzález; 11 de diciembre de 199

Tal vez esgrimo la precaria afirmación de que La Historia no es cosa de fechas, por una razón particular y patológica: mi incapacidad para recordar­las. Cumpleaños de padres y crianzas, aniversarios personales o de allegados, son maraña de mi memoria, y así mi historieta personal consta de una serie de referencias enmarcantes y aproxi­mativas. Toda esta confesión para se­ñalar que lo conocí –seguro–, al filo de la semana santa del 68; lo vi por pri­mera y única vez, pero afortunadamen­te pude reverenciarlo (discretamente) en su factoría y trabajando febrilmente.

Me llevaron a Majalca en peregrinación especial, José Luis y otro de mis alumnos (por cierto, apenas el domingo extravié el reloj que hace cinco años, en reencuentro casual, me obsequió José Luis; ni modo). Allí, en ese punto boscoso no muy distante de Chihua­hua, capital, en una cabañuela más funcional que ostentosa tenía instalado su telar o, mejor dicho, su fábrica de tejidos históricos. Algo que me llama superlativamente la atención es que frente a su tecleante máquina –lejos aún eran los tiempos del antiséptico transistor–, tenía colocado un rollo como los que todavía por aquellas épo­cas se utilizaban en farmacias y tiendas para envolver las mercancías. “Me interrumpe mucho tener que poner una hoja cada vez que se termina…”, me dijo a modo de explicación comple­mentaria al hecho visible: escribía de corrido y abundante. ¿Telar? En la enorme mesa, y en torno a la máquina, papeles y más papeles, unos más vetus­tos que otros; notas de su puñiletra, y letras, muchas, de diversas facturas o hechuras. ¿Fabricante de tapices? Eso es el historiador, que toma hilos multicolores y los trama armónicamente. En el rostro de don José lo que más me llamó la atención fueron sus alambrados bigotes, que imagino cumplían una función anaeróbica o antenante; elementos captantes de cosas que para mí –y tal vez para ti– pasarían desapercibidas. Fue un felino de la Historiografía nacional y desde Chihuahua, lejos del gran telar histórico del país.

Física o respirantemente, nunca le volví a ver, mas con él me encuentro con frecuencia insólita a través de sus ingeniosos tejidos históricos que –desde mi perspectiva–, han carecido del marquetín que otros menos meritorios y más jactanciosos han gozado. En todo caso es muy bragado y bragueteante el que ingeniosamente te haya podido, y en buena parte desde Majalca, abrir con sutileza el tozudo ostión monstruoso y capitalino. Él, Fuentes Mares, dijo que este país en realidad son dos: “uno situado a 2,200 metros de altura sobre el nivel del mar… y el resto”. Y mirando bien esos letreros colocados en todas las carreteras y que señalan lirondamente “México”, así sin apellido federaleño, creo que algo de razón tenía, pues estando en un México se puede ir hacia el otro, el monumental, concentrador, talentoso y ¡exterior! ¿No somos “el interior” el extenso e insignificante resto?

Con bostezante ceremonia, concluyó el festival palabrero del olor a tintanueva. No me explico por qué, puesto que tanto al organizador como a los organizados traídos del “más allá” mexicano, estoy seguro más les hubiera complacido un buen tablón-danzón que una retahíla de elogios en circuito cerrado. Pero eso aparte, el ferial me recordó un cuento de Fuentes Mares (quien tenía la enorme virtud de explotar el valor más grande sobre La Historia: contarla llana y apasionadamente). Para hacerlo así, se requiere ser eso: literato, o manejador de las veintiséis letras del alfabeto (ahora recuerdo a un bestselerado quesque novelista histórico, que cuando su voluptuoso ‘maximiliánico’ libro cae en el imperdonable bache del aburrimiento se justifica diciendo: “pos es historia”; y cuando naufraga en la imprecisión, entonces dice: “pos es novela”. Fuentes Mares fue historiador y lo otro también: cuentista. Ameno en ambos géneros que no poco, insisto, tienen que ver, pero que diferenciaba completamente.

En breve y al galope, viene a mi memoria uno de sus cuentos intercalados en dos libros, ¿de Historia?, llamados “Las Mil y Una Noches Mexicanas”; cuento donde narra la historieta de Reyes Valderrábano, quien de burócrata quería pasar, mediante ¡el campanazo literario! a autor y millonario. Pobre ingenuo. ¿Cuántos Reyes Valderrábano deambularían por la última exposición librera? Según eso todo lo que se requiere es inspiración y máquina de escribir (o computadora de modelo atrasado) para poner sobre el papel “Enriqueta, o El Amor sin Recompensa”, la obra literaria que ¡la humanidad espera!, y en 500 cuartillas. La cosa es escribir, otra el editor; problema de los Valderrábanos del mundo que se resuelve fácil; se les manda una copia, y en jauría contestan los editores con avidez bestseleriana. ¿Será? Creo que el selecto “Club del Libro” no funciona así, y prueba de ello la inocencia de Reyes quien fue a dar, desde San Andrés de Los Lisiados, a la ¡capital!, con un especialista en publicar a talentos núbiles y sin fama (aún), quien le recomendó lazarse por su cuenta “para evitar que otros se quedaran con el zarpazo leonino”. Cinco mil ejemplares de lujo que le costaron a Valderrábano hipotecar su casa –inversión momentánea–, y que cuando llegaron vía “Fletes Chinchorro”, ocuparon toda la casa. Cocina, recámaras, comedor; por todas partes libros de “Enriqueta…”. Treinta se vendieron de inmediato en el pueblo en donde ya todos sabían de la renuncia de Reyes al Banrural, previendo su éxito literario. Casa, trabajo y familia perdió el autor a causa de su ilusión fundamentada por el impresor; que no era editor ni especialista en marquetín. Final abreviado: el autor en vías de la estelaridad (muy pocos, y lo saben las estrellas, viven en México de las letras, por lo que no hay que repartir el pastel). Reyes se refugió con su edición en un bodegón prestado. Una noche un temblor ligero… y allí quedó aplastado por su propia obra. Fuentes Mares no lo dice, pero la moraleja es clara: cuidado con el peso de las letras, y con los que saben cómo hacerse pesados en ese bodegón tan estrecho…

 

 

 

 

 

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