¿Qué pasó?

Capítulo 1

“…UT CIVIUM OBSEQUIOSO consortio sint, non solum sufficientes immo tranquilisima res humanae…”. Para comenzar ese anacronismo. Palabras que pueden resultarte entre incomprensibles, ridículas o simplemente extemporáneas, más que ya quedaron puestas allí, de comienzo y en latín. Palabras que te parecerá han sido escritas fuera de tiempo, pues el imperio que llevó ese idioma por el mundo, espada en mano, hace casi dos mil años que pasó a la historia; igual cantidad de años que tiene esa lengua de estar más viva que muerta. No pude evitar el anacronismo porque ellos –los Romanos– fueron los inventores de esos términos que nos suenan tan comunes aún hoy: civilidad, civismo, ¡ciudad!, ciudadano y otros varios afines y consonantes. Y como de una ciudad algo te dirán las páginas siguientes (eso espero) fue inevitable escribir de entrada aquello de “…ut civium obsequioso consortio sint…”. ¿Qué significa? Son el decir textual de un “civilista”, si bien hoy en día le llamarían “urbanista”, a quien en el siglo 1 d.C. se le ocurrió formular verbalmente la supuesta virtud de las ciudades. Te traduzco aquella frase: “Que los ciudadanos formen un con-sorcio amable, o grato… (y que la ciudad les provea) no sólo lo que necesitan para su subsistencia, sino que ella les facilite un lugar apto en donde puedan realizar su vocación humana…”. Vaya traducción, que te parecerá amplificada; mas, creo, se apega al sentido de la expresión original. La ciudad definida como espacio amable para que el ciudadano ¡viva! Cualquiera que sea el nombre de la ciudad o como te llames tú, lo mismo da, pues creo que saldremos de acuerdo en lo esencial: en que las ciudades fueron “diseñadas” como elementos felicitantes. ¿Felicitantes? Sí, tal cual: para posibilitarnos nuestra ciudadana ¡felicidad! humana. Supongo que si lees esto es porque alguna relación tienes con Guadalajara; que algo tienes que ver con esa ciudad. Quiero incluso suponer que en ella, viviendo, tratamos de realizar nuestras muy diversas vocaciones humanas; que algo, en fin, tiene ella que ver con nuestra compleja intención de ser felices. ¿Te puedo preguntar algo? ¿Eres feliz en Guadalajara…? ¿A qué te dedicas? Yo, con una obstinada vocación microfónica (con lo que ello quiera decir o deje de hacerlo) valido de señales de radio más o menos audibles, tuve la ocurrencia de preguntarle al oído y a mi ciudad, algo muy simple: ¿QUÉ SIGUE? Tal vez ni te enteraste, porque ni oíste aquella mi inquietud punzante echada al aire y por varias frecuencias, con la esperanza de que mi voz se tropezara con tu oído. Hoy, mi voz, se convierte en letrescrita. Tal cual. Te parecerá que cambio de tema al contarte algo que me ocurrió hace buenos años y en la costa de Jalisco. Sucedió que allá por el sesentaitantos, tuve la suerte de recorrer aquellos parajes del estado, y antes de que los alcanzara el hacha depredadora que acabó con la selva tropical; jungla aún no descubierta por los creadores de paraísos turísticos ‘infraestructurados’ privilegiadamente para privilegiadas personas. Virginal costa, trópico, a donde no arribaba aún la fauna turística, tan depredadora, voraz de placer y basurienta. Foscas tierras, con sólo su fauna aboriginal. ¿Depredadora? Lees y me dices… Era aquella selva la guarida del güinduri, del puma, la onza y el jaguar. En los ríos y esteros había caimanes. A todos esos animales se les acosaba para un efecto: despellejarlos y convertir sus pieles en atuendos cubrepieles americanas y europeas. Principalmente al jaguar (al que denominaban simplemente “tigre”), y al güinduri, cuyo pelaje les hacía más valiosos. Tramperos y cazadores vivían de aquella despellejante actividad, puesto que en Manzanillo convertían en papel moneda los cueros salados. Ocasionalmente en las rancherías y villorios se encontraban en cautiverio cachorros y animales adultos de aquellas ahora casi extintas especies. Así, una madrugada, en un rancho entre La Huerta y Tomatlán, oí la voz de una mujer que gritaba algo que perdura en mi memoria: “¡Se escapó la tigra… se escapó la tigra…!”. Se trataba de una hembra que había sido mantenida durante meses en cautiverio y que había logrado salir de su precaria jaula para volver al monte. Aquella voz, madrugante y femenina, anunciaba a quien la oyera un hecho que algo tenía de dramático, puesto que para abrigo o para circo de mejor o peor ralea, aquel animal era dinero para sus criadores. La tal “tigra” recuperó su vocación montaraz, aquella distante y memorable madrugada costeña. Esa expresión tan sonora tal vez sintetice, de alguna forma, la percepción de alguien que conoció una puebla urbana, cachorra, pequeña, aparentemente domesticada, y que la dejó de ver durante algunos años –motivos de trabajo, tú sabes–, y que al reencontrarse con ella, percibe como ciudadano común y corriente más que como especialista en cuestiones urbanas, que ¡la tigra! parece haberse salido de su jaula o de control; que la mansedumbre amable se ha convertido en ferocidad selvática. Un buen día, luego de muchos de ausencia, retorné a Guadalajara y no se me ocurrió otra cosa que decir aquella expresión costeña y madrugante: “¡Se nos escapó la tigra!”. ¿Entiendes algo de lo que trato de decirte? Quizá no la conociste cuando era cachorra ronroneante; quizá llegaste a la ciudad cuando ya era una felina agresiva, indescifrable como todos los félidos, difícil de acariciar pues su pelaje se le hizo hirsuto. Tal vez, ¿por qué no?, comenzaste a vivir en Guadalajara antes de que mi madre me pusiera a hacer lo mismo –a vivir en la ciudad–, luego de alumbrarme en un hospital del barrio de Jesús. ¿Eres originario de Guadalajara? Eso resulta, hasta cierto punto, intrascendente pues más importante que ser de, resulta vivir en o tener relación con la ciudad; más importante que ser de ella (como se acostumbra decir) es el hecho de que ella es de sus usuarios. La ciudad es hechura de sus ciudadanos. ¡Vaya descubrimiento! ¿Propiedad colectiva? Dímelo tú. Lugareños aboriginales, y forasteros, son de ella y ella de ellos por un proceso de adopción más o menos consciente; por decisión mutua, y aunque lo anterior suene a mera tautología. ¿A qué viene todo eso? Quizá pretendo explicar, de confusa forma, lo que va a desfilar en estas páginas tan dialogantes o monologantes, como tú decidas, y que van a estar hilvanadas por un tema: Guadalajara, que al ser eso, ciudad, pretende o pretendió ser lo otro: un lugar en donde los ciudadanos formen un amable consorcio, o congregación gratificante. ¿O es que la felicidad se da en abstracto? Permitirnos desarrollar nuestra muy particular vocación humana, es la función primaria de eso que llamamos “ciudad”. Nos referimos a ella, a nuestra urbe, y trataremos de entender esa paradoja tan sigloveintesca que consiste en la escasez de urbanidad en las urbes. ¿Civismo? Ya me dirás que es una materia que se aprende en los años primarios de la escuela y que se olvida lo más rápido posible, después del examen. A diario, para cada uno, la ciudad es un examen tan vital como permanente de eso: de urbanidad y civilismo, para quienes la compartimos de una u otra forma. En activa o en pasiva, somos eso: urbanistas, en el sentido estricto de la palabra; también fabricantes de civilización. ¿No es la ‘civitas’ el asiento y cuna de la civilización? Hace ya casi medio milenio que Guadalajara está donde tú y yo la encontramos; a horcajadas sobre el Valle de Atemajac. Algo, mucho, ha ocurrido en ese extenso valle, durante ese largo período. Pero en los últimos cuarenta años la urbe se ha modificado más que en cuatrocientos precedentes, y a ese período nos referiremos primordialmente, o a lo que denominaremos el punto del quebranto, y sin querer resultar alarmistas. Lo del “quebranto” lo explicamos líneas adelante para que conste que ese se dio no sólo a nivel local sino mundial. Historia reciente. Supongo que por tener uso de razón, tú y yo tenemos la capacidad de amar o de querer a alguien. A nivel personal, la historia es vínculo, pues difícilmente se puede querer a alguien sin sus antecedentes. Lo mismo ocurre –creo– con el suelo patrio que no es una abstracción sino una realidad más o menos vivible. ¿Pisable? Sin historia se convierte en pisoteable hasta su ruina. Si no se le quiere, poco importa su pervivencia. Así, resulta que el tal suelopatrio es el lugar donde vivimos; la ciudad que compartimos, generalmente, con poca urbanidad. Está a la vuelta del calendario el siglo XXI, con todas las incógnitas que plantea; como todo el futuro, pero con algo más de sonoridad cabalística por aquello del 2000. Y si el futuro es incógnita por resolverse a escala personal y colectiva, sólo hay una ventana para prever esa incertidumbre por resolverse, y esa ventana se llama “La Historia”. Si a nivel personal no sabemos lo que ha sido nuestra vida hasta ahora, resultará imposible proyectarla en el tiempo, y lo mismo ocurre con el futuro colectivo o ciudadano. Si no averiguamos conjuntamente lo que ha sido esta nuestra ciudad, irremediablemente se nos habrá escapado la tigra; fiera será sin domesticación posible. Mucho se ha escrito de la historia de Guadalajara, y tan preclaro tema ha caído en preclaras manos expertas. Y ¿si defendemos tú y yo el derecho del hombredelacalle a decir su propia versión de la historia? Un dato histórico para apoyar ese supuesto derecho: entre los firmantes del acta de fundación de la ciudad, el nombre de uno me resulta especialmente sonoro y exquisitamente sugestivo: Juan del Camino. Estoy seguro que se inventó el apellido, para señalar con ello que su procedencia española poco importaba, y que lo que en realidad le interesaba era tirar pa’lante en estas tierras novohispanas. ¿Un tal Álvaro de la Banqueta podría ser un narrador confiable? Lee y luego hablamos. Narrador de lo que vio, oyó, en esas banquetas citadinas en el tiempo del quebranto, y vuelvo a repetir la misma y muy descifrable palabra. ¿Puedo hacerte preguntas indiscretas? ¿Dónde estabas cuando se le partió la columna vertebral a este siglo? Sí, en 1950, cuando la mitad anterior quedó como formando parte de otra era o cuando ambas fracciones comenzaron a parecer mitades irreconciliables. ¿Eras en ese entonces, cartas amatorias entre tus padres? Quizá ya tenías uso de razón. ¡Ve tú a saber tu propia historia! Yo estaba empezando a cobrar uso de razón (y mejor ni te digo cuántos abonos se me deben de eso), en 1950 ya vivía en esta Guadalajara a donde había llegado tres años antes, vía seno materno y por causa de paternidad responsable. Mi memoria precoz data de aquellos tiempos, al crujir la era del quebranto. ¿Me crees? No; no es cierto que todo tiempo pasado fuera mejor. Distinto sí. Me siento afortunado de haber podido ser testigo presencial del momento histórico en que una ciudad medieval –Guadalajara, y sostengo lo dicho–, se lanzó al galope a una modernidad y sin detenerse mucho a pensar. Insisto: más ha cambiado la ciudad en los últimos cuarenta años que en los cuatrocientos precedentes. Más cambió en cuatro décadas que en varios siglos de los casi cinco que tiene de haber comenzado a estar donde está. Intento de narración más banquetera que metodológica. ¿Historiador yo? Ya me lo dirás tú si tiras pa’lante en estas páginas; si me acompañas a caminar por entre el laberinto de mis vivencias hasta el final de este libro. Los de la generación de la inmediata post-guerra somos generación de frontera entre dos mundos que parecen ajenos. O el mundo medieval –y Guadalajara inscrito en él– quedó muy atrás, o el mundo actual muy adelante, que lo mismo da. Ya leerás en qué me baso para hacer afirmaciones tan temerarias, y eso si tienes tiempo de hacerlo; de leer lo que sigue. Por el momento dos preguntas hechas y re-hechas: ¿se nos escapó la tigra? ¿Qué sigue? Sin historia no hay futuro; sin narradores, no hay historia.

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