…Radio…

Capítulo 13

MIS PRIMERAS INQUIETUDES científicas que tuve –en la infancia– me las planteó un radio y no precisamente por el oído. Era aquel un aparato de baquelita que, al calentarse, despedía un penetrante olor a formol. ¡Vaya que se calentaban aquellos bulbos, que se tragaban buenos segundos de programas antes de que se produjera ruido alguno por la bocina! Aquel radio me resultaba un verdadero misterio: ¿por dónde llegaban los sonidos y voces que él ponía en mis orejas infantiles? Claro, mi nivel deductivo era inversamente proporcional a la magnitud de mi duda, así que nada de extraño que me haya ido por una vertiente tan fácil como peligrosa. Los riesgos implícitos a la ciencia… No me preguntes por qué, pero el caso es que pensé que los sonidos y silencios llegaban por el cable que unía al viejo radio con la pared, y para demostrar tan precaria hipótesis, inserté unas tijeras en la clavija –“algo voy a oír directamente”, me dije–, y así ocurrió: oí un chisporroteo que estuvo a punto de sumergirme electrocutado en la región del silencio y que puso toda la casa a oscuras. Mi encuentro directo con los secretos del medio, fue estrujante y nadie podrá negarlo.

Estrujamientos aparte, mi amor por La Radio fue a primer oído; y al decir “LA RADIO” no me refiero al viejo aparato de baquelita sino a la “inspiratriz” que pobló mi imaginería infantil: doña Radio. Debo haber tenido entre 4 y 5 años, cuando lo que mi padre diagnosticó en mi breve corporación como fiebre reumática, me tiró largos y aburridos meses en cama y al grito de “¡notemuevas!”. Como compañero de la ordenanza, junto a la cama, el radio despertó en mí una empírica y casi electrocutante ansia de saber; de aprender. Oírle y convertirme en radio-adicto, fue prácticamente lo mismo, pues el aparato era puente con un más allá distante de mi lecho de enfermo.

La tonalidad e intenciones radiales eran distintas. No es que entonces no se le usara ya para repetir ciento mil veces las canciones que todos debemos cantar, si bien ellas eran de una sencillez franciscana, como: “el piojo y la pulga sevanacasar, y no se casan porfaltademáiz…”; o aquélla que me parecía inexplicablemente apícola del: “se robó mi polla el gavilán pollero, la pollita que más quiero…”; letras de éxitos cincuentales resonantemente radiales, y de un radio que era congregacional o experiencia más colectiva que unipersonal.

En ello radica la profunda diferencia entre lo que entonces era y ahora es la tan ondulante dama. ¿Seductora? Dímelo tú.

Ahora cuesta trabajo pensar que aquello ocurría. Que, al filo de la tarde-noche, en ese tiempo antes de ir a dormir, la familia toda se reunía en torno al aparato a oír (a qué más). ¿Qué? Notificadores (¿no son eso los que vociferan noticias?), cómicos, cantadores, novelones; oír sin que nadie interrumpiera y oír tratando de hacer algo más, pues doña Radio no es tan maniatante como la tele; así, todos reunidos en torno a ella.

Además, el tono de tan excelso medio cambiaba con los días de la semana. ¿Los domingos? Los cuentones de misterio viajan muy bien por radio –quizá porque invariablemente la doña exige la complicidad del escucha que, con su imaginación, construye escenarios bosquejados tenuemente por los sonidos–, y los domingos, la bocina depositaba en los hogares de todo el país las peripecias investigativas de un detective que con su nombre –Carlos Lacroix–, no pudo haber sido otra cosa sino perseguidor y alcanzador de delincuentes: uno por semana, acompañado por Margot, mujer de pelo en pecho y temple, que no vacilaba al disparar contra los enemigos de la invencible e invisible pareja detectivesca. O ¿nunca oíste la risotada del “Monje Loco”, quien luego de afirmar rotundo “nadie sabe, nadie supo…”, se lanzaba a narrar un caso tan ensortijado como irresoluto? Pensar, por cierto, que yo sí supe por qué luego de una viudez tan repentina como sospechosa, el autor de tan monjil serie emigró de Zapotlán y fue a vivir a la Lutecia nacional. Espeluznante caso digno de un buen libretista radiofónico.

Mi infancia y adolescencia se llenaron de “W”, con todo lo enigmático que ello pueda encerrar. En efecto, ésa, “La W”, era la que se encargaba de uniformar al país y desde el centro; ella marcaba la pauta de pensamiento y moda, con sólo sonido y desde una calle capitalina –“Ayuntamiento” en el centro del centro– con su arrogante lema: “La Voz de la América Latina desde México”.

Ya percibirás que en ese “México” campea la ambigüedad, puesto que igual designaba a una ciudad que a todo el país (un poquitín más grande que la gran ciudad) y debido a que todavía –insisto– no se creaba ese Deéfe al pasar el “apellido” a ocupar el lugar del “nombre” de la urbe. Como quiera que haya sido, ella modulaba ambos “méxicos”, si bien tengo mis serias dudas de que alguien la hubiera nombrado vocera continental; o del Bravo pa’bajo, por aquello de que hacia arriba –con la América Sajona–, ni nos atrevemos a compararnos y ella se vocea con su propia voz. En todo caso, no fui excepción, sino parte de la generalidad, al quedar atrapadas mis orejas y mentalidad infantiles por aquella mítica “W”, en la cual convergía la gran atención nacional; lo cual equivale a reconocer lo muy masa que soy desde muy pequeño. ¿No habíamos quedado de acuerdo en aquello de que los medios masivos, ‘masean’? ¿Masifican?

Pero si aquella señal centrista fue meritoria por la creación de toda una pléyade de figuras relevantes –compositores, cantantes, cómicos, actores radiales (ahora extinto el género) y aquellos locutores en tono de suavepatria cuya influencia todavía resalta–, sería injusto dejar de mencionar a “descriptores” magníficos que llenaban con sus voces el hertzio local.

Hasta el nombre le ayudaba al guanajuatense aquerenciado en la localidad: Susano. ¿Te acuerdas de sus apellidos? Santos Flores. Con esa denominación no podía sino ser lo que fue: Susano, narrador lo mismo de partidos de fútbol, allá cuando “las chivas” lograron su primer campeonato y desfilaron por Juárez (avenida) al más puro estilo Broadway; y descriptor de la entrada triunfal a Guadalajara del primer Cardenal mexicano, Garibi y Rivera.

Esa novedosa categoría de “comentarista” aún no existía, y eran aquellos, brillantes descriptores que con la sola lengua metían en el micrófono paisaje y paisanaje; o –dicho de otro modo–, con el anzuelo de la Radio jalaban al escucha hasta el mismo lugar donde ellos se encontraban. ¿No es acaso la Radio un encuentro puntual entre locutor e interlocutor? Eso intenta ser…

Juan Rojo, Ildefonso Loza, Agustín Romo de Vivar y un puñado más de voces que surgían de un ralo cuadrante de AM (el FM surgiría en la transición 60s 70s) en una ciudad pueblerina y que aún –en la etapa cincuental– no pegaba la nariz a la pantalla, pues la tele todavía no llegaba. Voces que eran las voces de la ciudad, y entre todas ellas, la más resonante y no sé qué tan razonante (según se verá) la de Susano.

La ciudad lo quería; lo había adoptado como suyo. ¿Es que no percibes que aún hoy en día ca’quien “adopta” a un comentarista? Dime quién es tu comentarista de cabecera y te diré… quien piensa por ti. Así, Susano le evitaba a muchos en Guadalajara la horrible pena de pensar, pues él les daba pensamientos hechos e inyectados por la oreja (te digo, eso de los Medios no es juego). Susano fue el narrador egregio de aquella era, cuando Guadalajara se vanagloriaba de tener un equipo campeón de fútbol: las Chivas; un campeón mundial de Boxeo: Becerra; y un primer Cardenal: Garibi. No sé si en ese orden la vanagloria, pero sí sé quién describía a voz en cuello, lo que ocurría en el lugar de los hechos: Susanito, quien fue santificado cuando trágicamente concluyó su vida. Murió. Historia de adulterio e intento de crimen perfecto, cuando el cuerpo fue encontrado semicalcinado a pocos pasos de su casa. El lugar donde lo localizaron –hacia el rumbo de Lomas del Valle, si no me equivoco–, fue convertido en una especie de ermita, hacia donde el pueblo iba a prender veladoras y a dejar ofrendas florales. Tal vez aquel fue un ceremonial litúrgico y preconsciente de despedida a una era a punto de concluir. La radio tapatía, sin Susanito, iba a ser otra y no porque él fuera la única voz, sino por los cambios que se avecinaban.

De pronto, el radio rompió amarras; se cortó el cordón umbilical y su volumen físico, que no auditivo, comenzó a reducirse notablemente. Hacia el fin de los cincuentas, el transistor empezó a modelar las ondas y el medio. Los primeros aparatos transistorizados causaban estupor y admiración. Me gustaba ir al pueblo y andar por la calle con la oreja pegada al pequeño aparatito que era considerado verdadero patrimonio familiar. A cada paso, las mismas preguntas: “¿Se oye?”, ¿Lo vendes?”. Y vaya que sí se oía hasta el día en que se me cayó y la pesada mano de mi padre me cayó también encima, acompasando la reprimenda por haber tomado ese radio –tesoro tribal– sin permiso. El radio, aparato, se había librado de su anclaje al muro, gracias a ese hijo de la guerra llamado así: transistor. ¡Adiós bulbos rojizos y rollizos!

La tele llegó a la ciudad pocos minutos después que el transistor. Eso marcaba una nueva pauta vocacional a doña Radio. Ya no sería más centro congregacional familiar; ya no sería, nunca más, lo que fue. ¿Cuál es la nueva vocación de La Radio? Si lo averiguas me dices, porque a mí –por muy radiales y vocacionales razones– también me interesa saberlo.

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