Ratio

Y Luego…

Por Alvargonzález; 13 de noviembre de 1997

Si acaso llegas al final de las líneas, te tropezarás con un número desento­nante de la verba. Lo inscribo recu­rrentemente aun a sabiendas de que todavía vivimos infectados por un mal vinculante entre el usuario de los medios y los hacedores de ellos: pasivi­dad. Si tal programa o sección o reglones me gustan o me disgustan, no hago nada por manifestar mi aprecio ni lo contrario –como ocurre en otras latitudes–, y todo lo dejamos al tiempo: un buen día, tanto lo que nos parece como lo que no, cesan, y ¡pos ni modo!

Debo decirte que utilizo ese nú­mero final, más como elemento nodal que como factor mostrante de tu bene­volencia y ante quienes me permiten asomarme por aquí con mis breves en­tenderes, aparecer en esta cornisa de papel. ¿Elemento nodal? Sí, como aquel sistema de los antiguos navegan­tes que dejaban deslizarse una cuerda con nudos para tratar de averiguar si la embarcación se movía y a qué veloci­dad. Tus llamadas –siesque– me permiten evaluar mi paquidérmico estilo y nada más lejos al sugerirte que hables que intentar hacer yo una ratio elabo­rada de ejes puestos sobre las líneas que se me ocurre escribir.

¿Has oído la malapalabra ‘rating’? No es sino una derivación infortunada e hija de su madrastra el marquetín, de aquella que te decía: la ratio, terminajo latino que significa “cálculo” o “consideración” o también “porción”. El tal ‘rating’ –y mejor suena pronunciándolo como se escribe– no pretende ser otra cosa que las rebanadas en que se divide el pastelón del mercado, entre los medios principalmente electróni­cos. Quién oye qué y quién ve que a qué horas; y de eso depende el costo­-anuncio. ¿Has visto últimamente uno de esos llamados “globos terráqueos”? Recuerda por favor cómo son: sujeta por los polos la esfera terrestre, de tal manera que puedas girarla a gusto, pero y mirándola bien la ratio entre los apoyos y el globo, es desproporcionada. Utilizo la imagen para que percibas una desproporción ocasionada por su majestad el marquetín, pues en hipótesis, los programas vendrían siendo esa globalidad sujeta por pequeños puntos de apoyo comerciales. ¿Lo crees? La cosa es exactamente al revés: los comerciales son la real intención, lo que importa, y los supuestos programas –llámense como se llamen, según el género en el que encajen– son el pretexto. Eso es: el texto comercial es lo que interesa, que lo otro es simple pre-lo-mismo. Esa ratio de lo más sujetado por los menos –imagen del globo terráqueo–, es la función calibradora del rating, y en más de un sentido, porque texto y pretexto no son lo mismo.

Las transfusiones a domicilio, vía hertzio; o el reparto de sangre ajena para beneplácito propio a través de la pantalla, concluye no porque no fuera atractivo para nuestros mórbidos ojos, ni para la involucionada inteligencia que llevamos instalada, a la cual el dolor ajeno causa un indescriptible placer. La razón es el marquetín que tiene un raciocinio primitivo y directo: “de qué me sirve que muchos lo vean si nadie paga…”. Toda la envoltura de sanidad mental para justificar su salida del aire, es disfrazar el hecho de que el texto comercial no tenía cabida en medio del pretexto programático. Insisto: los llamados “programas” son el pretexto… son los apoyos y no el globo. Desproporción hija del omnipresente marquetín, y que no advierten nuestros ojos inocentes o nuestros oídos cándidos usuarios del hertzio: por muchos que vean-oigan, si no es pagado, ¡fuera! Sí, fuera de la ley del marquetín, que es inexorable y ante la cual no hay amparos. ¡Fuera!

Te advierto que no hablo de oídas, sino con chinór de cuerpo propio. Eso me ha ocurrido en mi larguicorta experiencia como volador y con la lengua desde antenas múltiples. “Tioyen pero nuay anuncios… pos ahí síguele a ver si encuentras un buen semáforo…”. ¿Edá, Dávila? Y el obeso cuerpo de ventas del que fue el canal de televisión tapatía, igual: “pos ven muchos tu engendro televisivo, pero pos los vendedores (as) no lo cactan…”. Igual me pasó en las noches de Radio Mil –allá por el rumbo de la Mesa Central–, que me sirvieron para hacer algo que ahora es norma: dirigirse al auditorio no como multitudes sino en tono unipersonal. ¿No has percibido que hay un oxímoron en un programa dirigido a despertar a México –Hola–, y en el que los explicadores de la realidad nacional se dirigen a ti hablándote de “usted”? Si lo crees, bueno, y si no piorpamí, que nadie usaba el tono unipersonal –el tono “allá tú”– cuando en aquellas madrugadas memorables y en la monstrua capitalina yo hacía una conversa llamada “Mil y dos”: Mil por Radio Mil, y dos porqué sólo buscaba un interlocutor, náufrago urbano e insomne igual que yo. Y si me lo sigues creyendo, algún día te contaré cómo desde una antena en Londres, salió por mi boca y como rúbrica de mi quehacer lo que después se haría reclame publicitario: “Y tú… ¿quién eres?”. Pero a lo que voy es a lo mismo: un buen día (después de muchas buenas noches radiales en las que no te imaginas las llamadas que recibía ni las experiencias que tuve en la monstrua gracias al micrófono de Radio Mil), me llamó el director-dueño para notificarme un “se acabó” tajante. ¿La razón? Lo que te decía: más de un par de orejas no importaban a la empresa; lo importante –el texto publicitario– no llegó después de muchos meses de pretexto conversacional. “De que tioyen, tioyen –ya ves cómo hablan los jefes–, pero la electricidad que gasta tu micrófono nadie la paga…”. Y derechito, por la calle o avenida –lo mismo me da– de los Insurgentes, desfilé y a pesar de decirle al dueño el consabido: “recibo bienmuchas llamadas, y mira las cartas… y todos se dieron cuenta de que me enviaron flores y recibí botellas de champaña…”. Con todo, buen recuerdo guardo de Radio Mil y de la avenida de los tales Insurgentes llena de putitas a esas horas…

Pasividad. Soy pasivo, y qué. Pasividad ante el omnipresente marquetín que pervierte más de algo y des-proporciona mucho. Irónicamente y con una intención muy distinta –yo creo que existe una enorme hambre de aprender–, he sido guillotinado en más de una ocasión por la misma razón que (en el fondo) hace ahora desaparecer a la Ciudad Encuerada fuera de ¿cuál ley?: no por el respeto al dolor ajeno, ni por la intención de hacer de los medios una gigantesca Aula Magna que tanto urge, sino por el simple “¡pos no se vende!”. Y eso es la ¡pasividad!: Tú y yo que pagamos el hertzio, que es mucho más caro de lo que crees, pos ni decimos nada.

¿Hablas? 121-8880. Ratio también significa ¡razón! ¿Razonas? Allá tú… ¿Y si lo que escribo sólo sirve para rellenar el periódico? A veces tu silencio me hace pensar eso. ¿Pasividá?…

2 pensamientos sobre “Ratio”

  1. Habríamos de actualizar el número de contacto para que quienes sobrevivimos ¿aún? nos veamos las getas y compartamos la verba. ¿el uno de Febrero? ¿a las 5:00? ¿en el libro bar-ato? (alias de La Berinta, que luego terminó en Desván (de los recuerdos) de Don Quijote).

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