…& Tele

Capítulo 14

DURANTE SIGLOS, el ahora momificado y agonizante refranero castellano fue un buen recurso para llenar huecos en las conversaciones. Durante siglos, el refranero se enriqueció precisamente por lo mismo: porque había conversaciones, muchas más que ahora, cuando ya hay aparatos que se ocupan de precisamente lo mismo: de que no conversemos. Bocas incógnitas crearon ese refranero que padece de empobrecimiento y desgaste por exceso de uso y por lo que te decía hace un momento. Pero ¿es que tú crees que la tele fomenta el galano arte de conversar? A tal punto lo hace, creo, que ya no es cierto aquello de que “cada cabeza es un mundo”, puesto que ahora “cada cabeza es un canal”. ¿La tuya es canal 2, 7 ó 13? Así nos entendemos mejor y culpas de la modernidad son y también de la televisión.

Tal vez debiera echarle un vistazo al televisor, ahora mismo, para reconciliarme con esa nodriza tan hipnótica como electrónica. Mas con eso de que todo tiene su historia, y que ca’quien tiene su propia historieta, mi desapego a la pantalla –y mi desapego del televisor–, creo que tiene raíces que están vinculadas con la llegada de La Televisión a Guadalajara. ¿Te cuento?

En toda familia, siempre hay alguien así; el tío trashumante, viajero incorregible que un día aparece aquí y a poco ya vive allá. Así, el tal tío decidió quesque ya iba a vivir en Guadalajara y con él se trajo de México todas sus cosas, pero a poco se aburrió y decidió de nuevo marcharse con paso ligero. Para aligerar su vuelo, decidió vender todo lo que había traído en su última mudanza, y yo no sé por qué, mi padre le compró un ultramoderno televisor “Zenith” (la marca tiene cierta importancia, porque entonces los japoneses todavía andaban re-parándose del moquetón que les dieron los MADINUSA o “made in USA”); lo de la compra no hubiera tenido mayor trascendencia, a no ser por un pequeño detalle: el aparato se veía bien, pero en la ciudad no había nada que ver en él; ninguna señal o canal.

Así, de pronto, ya teníamos en la sala un voluptuoso televisor que tal vez serviría para poner algún florero sobre él. Era una especie de mueble exótico que me causó graves problemas parapsicológicos. ¿Para qué? Digo: para explicar a los amigos de colegio que iban a casa, la utilidad de aquello que equivalía a tener una alberca en medio del desierto a kilómetros de distancia del agua. Parapsicología pura. “¿Eso para qué sirve?”, era la pregunta reiterada por quienes veían el mueble por vez primera. Y “eso” era… eso; una abstracción, un “ente” tan visible como inexplicable y que me acarreaba consecuencias embarazosas en el salón de clases, al ser objeto de cuchicheos compañeriles, al ser puesta en tela de juicio –iba a decir “en tele de juicio”– la sanidad mental de la familia. O sea que, por culpa del televisor, he estado a punto de caer en el sagrado diván freudiano, lo que no he hecho por falta de presupuesto y porque el micrófono radial ha demostrado en mí sus bondades terapéuticas para dar salida a traumas infantiles.

¿Alguien puede dudar de las influencias nocivas del televisor en la mente infantil, ahora que te cuento esto? Yo no sé dónde oí que alguien en Guadalajara lograba pescar un canal remoto ¡de Cuba! Y esa leyenda me la apropié y así, cuando me preguntaban para qué servía el extraño “eso” que estaba en la sala, con asombrosa contundencia respondía: “¿Es que no sabes que se ve la televisión cubana?”. Si alguien me exigía la prueba tomista del “te creo si veo”, mis explicaciones eran sumamente tecnológicas: “sólo que tendrás que venir cerca de la media noche, porque a esa hora es cuando se ve…”, y lo decía con la certeza de que mi madre hubiera impedido entrar en la casa a cualquier vidente potencial, pasada la hora de la cena, que en casa era al comienzo de la noche.

Por cierto, años después y trabajando en Radio U. de G., coincidí con don Carlitos, un paciente técnico que hacía milagros con el precario equipo de grabación con que contábamos en aquellas incipientes horas de vuelo. Él me contó que, en efecto, había logrado ver un canal cubano antes de que se emitiera señal televisiva en la ciudad. Eso, a destiempo, tranquilizó mi conciencia.

Páginas atrás, te decía que durante la Primera Gran Feria de Jalisco se instaló un rudimentario circuito cerrado que causaba asombro a los videntes. Lo de “tele” en ese caso sobraba, porque no era muy lejos-tele donde se originaba la transmisión: Era a poquísimos pasos de distancia. Mas fue allá por el 55 cuando por vez primera vi televisión en forma y fue en León. Allá se recibía la señal de México, y tal vez debido a la planicie de esa mesa que es el Bajío.

Poco después, me llevaron a conocer la Lutecia nacional, y más tardé en saludar a mis primates chilanguitos que en preguntarles dónde estaba el televisor. Boquiabierto disfruté aquellas vacaciones; lo que más me llamó la atención de la incipiente babilonia nacional: la televisión, en blanquinegro que, con su pantalla pegajosa, me atrapó.

Muchos años estuvo sin funcionar el traumático aparato del que te contaba párrafos atrás. Vivíamos entonces en Escobedo y López Cotilla, en esa callejuela con el nombre del General Escobedo, misma que el Federalismo atropelló al convertirse en avenida. El dato tiene cierta importancia, debido a que la casa familiar se encontraba a menos de un kilómetro –línea recta– de la vetusta colonia Moderna; de la calle de Alemania, para mayor precisión. Pues una buena tarde en la que yo luchaba contra la tarea fatídica y cotidiana, mi padre –que tenía su consultorio en el piso inferior a la casa– entró, y sin decir palabra, encendió aquel aparato que no había mostrado otra cosa que su inutilidad durante, repito, años. Milagrosamente, en su pantalla se veía algo que con un poco de imaginación eran ¡imágenes! Imagínate mi sorpresa… Con toda su borrosidad, aquello ya era aquello: La Televisión, cuya señal emanaba de la calle de Alemania. Las transmisiones experimentales fueron mejorando, y con ellas la imagen.

¡Al filo de 1960 –no me preguntes fechas exactas– la Tele llegó a Guadalajara! A poco, los aparadores de las tiendas mostraban televisores; ya no era aquella una mercancía absurda. Eran unos aparatos enormes, algunos incluso encerrados en verdaderas obras de ebanistería. Como todavía no se iniciaba la era electrónica –la electricidad devino en electrónica por el transistor–, la relación pantalla-aparato resultaba descomunal: una pantalla pequeñísima en una caja enorme repleta de bulbos y cables.

Como el precio no estaba al alcance de todos, de inmediato surgió un negocio en toda la ciudad: se compraba un televisor y en algún lugar de la casa se acomodaban bancas o sillas, ¡y se cobraba un veinte (veinte centavos, enorme fortuna cuando el camión costaba cuarenta centavos) para que el que quisiera fuera a ver! Cosas de la premodernidad, impensables ahora, cuando la tarjeta de crédito pone la pantalla al alcance de todos y cuando de todo se puede carecer, menos de ella, nodriza hipnótica. ¿Chicle del cerebro que entretiene, pero no nutre? Dímelo tú.

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