Terapiadores

Y Luego…

Por Alvargonzález; 15 de enero de 1998

Primero, al filo del mediodía, uno allá por los rumbos industriales de Colón. Ese parece seguir las normas dic­tatoriales del personaje del Principito y no ordenar sino cosas que se pueden cumplir. Dirige el denso trafical de la avenida, pero marca el alto cuando el semáforo también dice lo mismo. Quién sabe qué placer experimentará al ver que autos y camiones se detie­nen cuando lo señala… con la complicidad de la luz roja; y que todos vuelven a andar cuando él –que ya no se nota tan verde, sino sesenteando– indica que pueden seguir. Por la tarde, en las afueras del Mercado de Jesús, otro. Este sí, joven, flacucho, y lo puedo decir porque no traía camisa que ocultara su marimbo costillar. Es de otro tipo, pues colérico estaba haciendo sombra boxística contra un rival –en principio– incógnito; entre fintando y quesque ka­rateando, era observado por locatarios y parroquianos. De pronto algún gancho se le aflojó más en la sesera y comenzó a armarse la de Cristo es Judas, pues al arremeter contra las mercancías en exhibición, parece que no quedó más remedio de que un locatario le soltara un verdadero santortazo que le hizo rodar por la banqueta.

Hay dos cosas que a diario me inyectan los noticiarios; dos entre otras muchas que no entiendo: índices bursátiles y los de calidad del aire (principalmente del que respira la monstrua). Si ya hay dos, bien podría “instrumen­tarse” –así dicen los enfermativos cotidianos– un tercer índice. ¿Te parecería bien que le llamáramos “INMESAMEN”? Sería el indicativo cotidiano y metropo­litano de ¡salud mental! Índice Metropolitano de Salud Mental, desenvueltas las enigmáticas siglas.

Parte integral del mobiliario ur­bano, siempre, lo fue el “bobo”; un destrampado simpático que servía de divertimento colectivo, pero que era adoptado por la comunidad. Le llamo así, “mobiliario”, porque andaba de plaza en plaza, móvil, transeúnte, iden­tificado plenamente. Tienes el caso del Polidor tapatío, patriarca de nosotros los habladores, que en sus últimas épocas –al menos–, era un tipo apartado de la quesque normalidad urbana que ajusta para disfrazar tantas manías que guardamos en secreto. ¿Tú no? Manía; y ya que salió al renglón, es el nombre elegante y griego de eso: locura. Pero te decía algo de los loquillos indispensables en la urbanidad: desde don Ferruco con su levitón porfiriano, hasta la Reina, pasando por el General Hilachas, dimensionados en la puebla tapatía que los identificaba y, respetuosamente –¿será?–, consideraba su locura como vinagreta de la ensalada cotidiana, ofendiéndolos oximoronicamente: en forma inofensiva. ¿Que la Reina se creía eso? Pues a ayudarle con la conversa… y a esperar sus respuestas a cambio de josefas y tostones. Locos dimensionados a una ciudad que no había perdido su proporción humana.

¿Hoyendía? Según las últimas e infalibles estadísticas ¿cuántos discapacitados sesuales habitamos aquí? De toda índole y calaña: locos por el poder, locos por la acumulación de ceros bancarios; locos descamisados y locos de cuello blanco. Te digo: es urgente la implementación (vuelta con el terminajo) del INMESAMEN como respuesta acuciosa a interrogantes tales como: ¿de anoche y hasta ahora hemos repuntado? ¿El índice se mantiene estable? ¿Los especialistas –cuidado con su propio índice– prevén una baja? Las ciudades se han convertido en inmenso refugio de precaristas mentales; unos buscando el elusivo salario mínimo, y otros atrapando el máximo. ¿Te imaginas lo que sería despertar oyendo cifras exactas sobre la acumulación de la locura urbana? Por favor no me digas que sería otra locura como dedicar tanto tiempo a los llamados “índices bursátiles”; los de la insania tendrían aplicación más generalizada, y de más utilidad que los llamados IMECAS, pues según ha detectado un estudio conjunto de los ‘Obviólogos de Tajimaroa’ con los de Carolina del Centro: “por sucio questé el aigre, no hay loco que deje de respirar…”. ¡De locura la conclusión!

Y préndele al radio: horas diurnas y nocturnas con terapiadores de toda calaña. Remiendalmas que dan terapia a través del hertzio; eso es un indicativo paralelo –con lo que ello signifique o deje de hacerlo– de que el denominado precarismo mental anda por el vértigo del quebranto. Un poco más y la locura se nos empieza a notar a todos y por todos lados, y creo que por eso los dueños de antenas cumplen con un servicio social extensivo contratando a los Remiendalmas que dan consejos que van desde el tono naturista hasta el espiritista. ¿Los has oído? “Doctor, fíjese que…”, y vaya marmaja que sale, antes del jugoso y rentablemente multillamado “corte” comercial, para que el remendador de almas diga algo o simplemente se dedique a jalar el hilo para que la voz consultante llene el “programa”. ¿Programas? Vertederos de locuras y rellenos muy poco sanitarios de doña Radio.

He visto en el primer mundo a esos locos anónimos pateando edificios. ¿Venganza por el aplastamiento desfigurativo de la dimensión del individuo? Tendría que consultar a un remiendalmas para dar un veredicto apropiado. Y en madrugadas carreteras he escuchado a esos “modelos” radiales de los terapiadores locales o en-cadena-nacional transmitiendo desde donde tú ya sabes que está la gran cocina mexicana. Traduzco de memoria: “…de Great Falfurrias nos llama Fred… Hola Fred…”. “…(Sollozos)… Acabo de matar a ml esposa… ¿qué hago?…”. De botepronto y sin mucho pensarlo, el terapiador de cientos de estaciones sindicadas a su programa (es el término que utilizan en la Madrastra Patria para la concatenación radial), le da una respuesta concisa: “Fred, tienes alternativas: o huyes o te entregas a la policía (breve silencio); tienes otra, claro: ¿te quedó alguna bala por allí? Vamos a otra llamada…”. Terapia rápida y –como es el modelo– pronto debe ser imitada aquí. Pas pas, pun pun… “Según las últimas estadísticas, en esta ciudad habitan varios millones de cadáveres…”, escribió a propósito de Madrid Dámaso Alonso, e ignoro en qué recuento basaría su afirmación, hecha hace años. ¿Según las últimas estadísticas cuántos precaristas mentales habitamos aquí? Urge un índice confiable. El modelo de ciudad que hemos adoptado no tiene otra resultante sino esa: la insania, más o menos disfrazada o manifiesta. Locuras descamisadas o de cuello inmaculado. Oye, ¿las estadísticas no serán parte de la locura contemporante, hijas de un sistema en donde todo es cosa numérica? ¿Para cuánto te gusta lo que hoy te cuento? Te digo: la cosa está de locura… ¿Anda bien tu índice personal? ¿No te da la impresión de que el modelo urbano que copiamos es propenso a la locura sin chiste y desgraciada? Mañana le hablo a mi terapiador radial y le pregunto. ¿Tu locura es guapa y digna o está de terapiador? Luego te busco; táte bien.

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