Retorno

Y Luego…

Por Alvargonzález; 23 de octubre de 1997

Recuerdo cuando hacía radio de medianoche en la monstrua capitalina –vaya aventura verbal y profunda que algún día tengo que contarte ‘in extensis’–, y que los jóvenes de la emisora en la que trasnochaba me decían: “qué chiste lo que haces; arrojas una pala­bra al aire y la persigues, y a veces la alcanzas y a veces te rebasa…”. Es el caso de hoy en que la palabra-hilván me deja bien atrás y conmocionado. Conmovido y mucho.

La procesión arrancó poco después del mediodía, y amparada por el festejo ferial “Domingo de los hijos ausentes”. Fui a acompañar a mis padres –paradójicamente ellos sí hijos ausentes–, y esa ceremonia, parte de la feria octobrina del pueblo convertido en ciudad, me remeció en la telúrica anímica más allá de lo que pueden atrapar escalas Richter o Mercalli que tanto han afectado la tierruca de mis ancestros. Por cierto, entre los “ausentes” no divisé a quien tan bien le ha ido narrando la feria que le tocó vivir en el curso de los 250 años que tiene la celebración Josefina. Sí, el Patriarca San José es el supuesto epicentro del festejo que ya es tan palen­quero, mundano y cervecero como toda feria en el bien uniformado terri­torio nacional; poco importa si el lugar se llama Puebla de Nuestra Señora de la Asunción de Zapotlán, o Ciudad (pon el republicano nombre que quieras), que las ferias ya son lo mismo en todas partes. ¿Y los hijos ausentes? Lo mismo: ausentes, en regreso momentá­neo…

Eso es: los exiliados. Y es en ese punto que doy de frente contra una dolorosa palabra a la cual no puedo en­contrarle raigambre cabal y satisfactoria. ¿Exilio? Dejo todas las vertientes etimológicas aparte e inven­to una definición subjetiva: tener que irse a buscar la felicidad que la tierruca no promete. ¡Horror! ¿Tú no buscas ser feliz? ¿Dónde?

Un buen día, te confieso, intenté exiliarme porque advertí que el verbotráfico localmente te expone al raqui­tismo bancario; así me lancé a perseguir el salariomínimo en libras esterlinas, y uno de los requisitos para laborar en ese “más allá”, era presentar un examen de salud (física que no mental) certificado por médico bilingüe. Lorenzo, amigo y Gallardo (apellido pero también adjetivo), doctoralmente me hizo el tal examen y fue de él de quien por primera vez escuché algo que se adjudican diversas etnias nacionales: “Guadalajara querido, de tus vergeles me alejo, si me voy es por jo… (vial) y si regreso es por pe… ¿rplejo?”. (He debido suavizar la versión original a fin de no macular el medio). Fui, trabajé y regresé, si bien –te confieso– tuve la oportunidad de convertirme en ¡exiliado! Tal vez porque los vi, y por algunos ademases más que ahora evito, me atreví a retornar con toda mi ¡perplejidad!

El exilio es dolor: es instalación, en primer término y primera generación, en el inmenso territorio de la melancolía. Es ser añorando sin ser de ninguna parte. Recuerdo un caso patético del colega –así les gustaba que nos llamáramos, porque “compañero” tenía una connotación maldita– Robinson. Chile y Argentina en su momento se convirtieron en grandes fábricas de exiliados al grito de “córrele que te alcanzan”. Algunos aprovecharon el ‘momentum’ para lanzarse a Europa, al continente de sus sueños, amparados por etiquetas convenientes, y así Robinson solía repetir: “soy inglés nacido por accidente en Chile”. Andando el tiempo compactó su ridículo nombre de pila en Robin, pero su apellido no podía ocultar su procedencia: Retamales; Robin Retamales, oriundo de un Chile –tal cual– que lo envió al exterior y a ser un trasnterrado de tiempo completo; negador de sus orígenes para tratar de ser aceptado en una ‘anglia terra’ que siempre lo seguirá señalando como ¡extranjero! Extraño: eso es ser extranjero.

Viendo a los peregrinos hijos ausentes, pensaba no tanto en los que dejaron la ciudad –Guzmán– para marchar a la ciudad –Guadalajara–, sino a los que regresaban del más allá continental; delotrolado de una barrera que divide primero y tercero mundos; el de la pobreza y el del dinero. El migrante que hace eso –dinero–: triunfa… para darse cuenta a poco de que el hecho es baladí y que se convierte en otro fracaso más, pos –como diría la FIFA– está en claro fuera-de-lugar en un mundo profundamente pragmático en donde si no tienes más que ellos, se encargarán de recordarte a cada momento que eres ¡extranjero! ¿Te acuerdas la emigración de lujo que envió al extranjero cercano, don José el del montenegro de Sasha? Se fueron y volvieron, con todo y sus aviones particulares porque no se puede vivir fuera de la memoria. ¿Sabías que tú y yo nos afirmamos a través de los recuerdos? La vida es un viaje regresivo…

La segunda generación olvida el idioma, y es maniobra de defensa: “no vayan a pensar que somos de fuera…”. Con decirte que a mí me ocurrió frente a mis mismos ojos, y ni cuenta me di cuando la que era entonces mi pequeña hija Regina –y en Londres–, dejó de hablar esta llana y castellana lengua. Metidos todos en el ojo del exilio profesional, ni cuenta nos dimos de algo que es muy natural: los niños, para disfrazar su extranjería que se asoma por otras vertientes, se atrincheran en la lengua y desechan y deshacen su lengua matriz en un acto de pura defensa personal; en acto de supervivencia del naufragio del exilio. Eso es: el exiliado es un náufrago que supuestamente ha encontrado playa de socorro.

Y viendo peregrinar a los hijos ausentes de una Zapotlán que repúblicamente cambió de nombre, pensé en otros exiliados. En un Fray Juan de Padilla, el fundador de la puebla aquella en el valle fértil y que fuera a morir en Arkansas (tierruca de Clinton, el que filma la actual versión de Casablanca). Fray Juan es la muestra de que en el trasvase colonial, no pocos se exiliaron por una razón que hoyendía nos suena extraña: porque entendieron la gelatinosa palabra “felicidad”, no como un sacar sino como un dar. Tal vez por eso Fray Juan tenga monumento allá –en Arkansas– y no en el Zapotlán que fundamentó: porque allá parece profundamente inexplicable aquella “horda” de exiliados que se dedicaron en tierras del nuevo mundo a propagar su idea civilizante y evangélica. Ellos no fueron transterrados por una simple razón: no vivían de la añoranza ni del pragmatismo, sino de la esperanza de su fe; tenían la convicción de que eran exiliados de ¡la eternidad!, no del tiempo. A esos exiliados: Alcalde, Quiroga, Salvatierra, Kino… no hay bronce que ajuste. Fray Juan de Padilla fundó Zapotlán. Esta semana se cumplen 250 años documentados de su feria-fiesta, y vi a mis padres desfilar como Hijos Ausentes. Y también a los que traían dólares ofrendados. Y pensé en que yo pude haber sido un exiliado. Y mira: aquí estoy terqueándole a mi tierruca convertido en el Vallero Solitario. ¿No es Valle el de Atemajac? Pensar que pude haber hecho mis aforadas afores en libras y regresé. Un día, en Brixton (Londres) conocí a Rubén Blades, y me gustó tanto su sonsonete aquel de “Todos vuelven”, que ¡volví!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.