La Gran Feria

Capítulo 6

INAUGURACIÓN DE LA CENTRAL; inauguración ferial. La primera Central Camionera –me atrevo a afirmar que en el país–, y la “Primera Gran Feria de Jalisco”. Fiesta, regocijo (semanas de ello), para remarcar la benemérita ocasión. Aquella central, matriz de proyectos similares en otras tierras y ciudades; aquella feria, madre de todas las que se sucederían, incluso los actuales báquicos desmadres octobrinos.

¿Por qué en octubre, las festividades que desbordan la urbanidad? Que lo averigüen historiadores feriales, ya que nuestro simple intento en esta ocasión, es narrar el momento en el que Guadalajara se instala por partida doble, en esa modernidad siempre tan precisa y fugaz: como innovadora urbana y como urbe ferial –precursora de las llamadas ahora “expos”–, tradición decimonónica para conferir fuste y talla a las ciudades.

Aquel su nombre, y en la denominación esplenden dos calificativos: ¡primera!, y de ese tamaño: ¡gran, gran-de!, en tiempo, en intenciones, en su “mostratividad” de productos y espectáculos. ¿Sería ella misma la primera en octubre? Imposible recordar el mes. ¿El año? 53 ó 54, y corro el riesgo de equivocarme, por no ir hasta sus muros llenos de cochambre urbana, a buscar la consiguiente placa adosada, que con signos de bronce puntualiza a quien quiera los datos de que carezco.

La vaguedad de la fecha no modifica la solidez del ‘fecho’. A fin de cuentas, fechas exactas aparte, es la Guadalajara cincuental y ese período está perfectamente demarcado; tiempo de inicio de la transformación radical. ¿Más precisión? Corre el sexenio de Yáñez, dato valioso en un país donde los compases se miden por sexenios. ¡La feria! Hay que forzar la imaginación para situar la vieja Central en medio de la circunstancia en que estaba: junto a un Aguazul lejano al macizo cuerpo de la ciudad; junto a un Analco multisecular y próxima a los escasamente poblados barrios de San Carlos y Las Conchas. Lo que ahora es “Calzada González Gallo” (vuelta con denominaciones: ¡calzadas! a fuerza, y no lo digo por el apellido del “modernizador” del centro urbano), era entonces carretera y con nombre muy completo: “Carretera Nueva a Chapala”. Pareciera que las carreteras de ayer son los callejones del mañana.

Primera gran… Central Camionera, escenario magnífico y novedoso para un acontecimiento que intentaba darle fuste y catadura a la ciudad. ¿La segunda ciudad del país? Entre otras cosas estaba en juego ese título, y la feria con su sede eran –en su circunstancia cincuental– elementos para arrebatar el dudoso galardón. ¿Hay algo de meritorio en ser “la segunda ciudad” en un país en el que, después de la primera, está ese “Cuautitlán” tan enorme como hipotético?

Entre los desechos de guerra, de la gran guerra que ganamos aliándonos a los aliados, habían llegado al país y para iluminar la ‘novam pacem’, los potentes reflectores que habían servido en la vieja guerra para escudriñar la noche, en busca de los aviones enemigos que repartían bombones a domicilio. A aquellos potentísimos generadores de haces luminosos, Hollywood les había encontrado utilidad espectacular y promocional, y la idea fue adoptada con especial devoción, para promover o convocar a la feria. Al caer la noche, por los rumbos del ya decadente Aguazul, surgían esos índices que apuntaban hacia el cielo, y que eran una convocatoria luminosa para ir a ver el lugar de donde brotaban los feriales reflectores festivos.

Por cierto –y si no viene al caso espero un poco de comprensión de tu parte–, durante años, la mejor cronista de esa sección de vanas glorias que traen todos los diarios (sección de “sociales”, le llaman), fue aquella buena Luz. Yo la conocí cuando ya se había ganado meritoriamente el “doña” antes de su nombre. Invariablemente sus excelsas crónicas estaban hechas con párrafos prefabricados, que intercalaba o armaba de distintas formas; con expresiones idénticas, y seguro porque para adular o cosquillear la vanidad no se requiere de originalidad o ingenio. Invariablemente, también, escribía aquello de “el templo lucía iluminación feérica…”. ¡Vaya forma elegante de decir que el sacristán encendía ferialmente focos y velas para encantar!

Guadalajara –¿no es cierto doña Luz?– fue feéricamente iluminada por y para aquella Primera Gran Feria de Jalisco. Se trataba, entre otras cosas, de que los habitantes de la ciudad fueran testigos de cómo la ciencia había avanzado. En México (insisto en que aún no se llamaba deéfe), hacía un par o pocos más de dos años, que había iniciado una cosa llamada TELEVISION; en Guadalajara faltaba buen rato para que llegara tal innovación (¡ay, Cuautitlán, que lejos estás del centro!), por lo que la feria fue un buen lugar para dar idea de lo que aquello era: ver de lejos. ¿No significa eso televisión? ¿De qué tan lejos? No mucho, pues la televisión instalada allí era un precario y primitivo sistema de circuito cerrado –blanco y negro, pues el color estaba aún más lejos–, que en una pantalla permitía observar lo que ocurría a… 50 ó 60 metros de distancia. Como quiera que sea, y los especialistas cuentan con manojos de estadísticas para demostrarlo, la TV hipnotiza, y los hipnotizados tapatíos pegaban sus ojos a la pantalla y testimoniaban el progreso alcanzado luego de la derrota del pérfido Hitler y su amarillo aliado Hirohito. Aquellas muestras del progreso posbélico claramente implicaban un mensaje: en delante, sólo el desarrollo. Desarrollarse, ¿cómo? “¡…y seréis como dioses!”, copiando la tecnología de los dioses. Los símbolos de la nueva era por-alcanzar, feéricamente mostrados.*

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*Feérico: del francés ‘leerique’, perteneciente al mundo de las hadas, por lo que supongo que al usar el término se hacía alusión al encantamiento de la iluminación templaria.

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Semanas de jolgorio para la modorra ciudad. Dudo que alguien de sus ¿quinientos mil habitantes cincuentales?, haya podido sustraerse al llamado de la feria; la Central, punto de convergencia de todos: los de las colonias, los de los barrios, los del centro y las villas periféricas. Bien valía hacer el largo viaje desde San Pedro, San Andrés, Zapopan –villas con sus amables villanos–, para ver el futuro hecho actual, puntual, en la ciudad. La historia, el futuro, y la ciudad, reunidos en la inauguración festiva de la Central Camionera.

“…Ariles y matariles, Mariles el capitán…”, decía-dice la letra de un huapango que con voz cantante rinde homenaje a un héroe que cayó en la desgracia del olvido. O primero en lo uno y después en lo otro. Luego de la guerra, de nuevo las olimpiadas. Creo que fue en las de Roma y hacia finales de los cuarentas, cuando un desconocido militar mexicano, Humberto Mariles, con un tuerto caballo –Arete–, fue y dio muchos brincos que constituyeron para el país un salto enorme: de nunca ganar nada, Mariles conquistó para México la ¡primera medalla olímpica, de oro! Descubrimiento enorme: los mexicanos, sí pueden ganar, incluso en competencias eminentemente europeas, como lo puede ser la equitación. ¡Mariles héroe; Mariles paradigma; Mariles, con Arete, en la Feria de Jalisco! ¿Se podía pedir más, que la presencia de ese caballero con su caballo?

Por la calle de Analco –creo que esa es–, a espaldas de la entrada principal de la Central, se habilitó un “picadero”, y ese es el nombre técnico del lugar donde –sobre arena o suelo blando– se espolea a los caballos para exigirles esfuerzos atléticos. Verle era un privilegio. ¡Guadalajara lo merecía, faltaba más! Tuerto caballo y apuesto Capitán, exhibiendo sus habilidades, y la ciudadanía brincando de regocijo ante aquel espectáculo nocturno y sublime (las exhibiciones eran de noche). Años después, en una cárcel francesa, olvidado y quién sabe qué tan justa o injustamente acusado, Mariles dio el último y personal salto al más allá. ¡Oh, miseria humana! Paradójicamente, Arete fue sepultado con más honores, cuando falleció mucho antes que su jinete.

No hay feria que dure cien años, ni ciudad que la aguante. La Primera y Gran, llegó a su fin; la Camionera comenzó a funcionar como tal. Normalidad cruda, monda y lironda. Faltaba aún una década para que se escuchara el crujido –primero tenue– de la explosión demográfica, como obedeciendo a las indicaciones publicitarias de aquel tal Mestas de los años anteriores a la guerra: “¡No más sumas, no más restas; sólo multiplicaciones en las camas de Mestas!” ¿Qué no, acaso, crecer era multiplicarse? Paz y progreso desarrollista. Ahora, convertida en otra cosa; adaptada para otros usos, la obra aquella de Yáñez tiene aún enorme valor simbólico: UN DÍA, HACE AÑOS –podría decir la moraleja del cuento–, GUADALAJARA NO COPIÓ SINO INNOVÓ. Copiar o encontrar soluciones aptas. ¿Qué sigue?

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