Puertales, Grandes Puertas

Capítulo 7

TE MOLESTARÁ QUIZÁ que te acose con preguntas, mas no puedo evitarlas, pues presiento que de algo sirven, aunque se queden sin respuesta. ¿Cuál de todas las Guadalajaras es tu ciudad? ¿Cuál de todas las fracciones que tiene la ciudad haz adoptado como tuya? De donde seas, o seamos originarios, la ciudad en que vivimos es nuestra –o tú y yo de ella–, en tanto vivamos allí. Mejor dicho, como ese proceso de adopción mutua no puede darse en abstracto, pues la parte de ciudad en la cual se desplaza nuestra rutina es en algo nuestra, y nosotros, en parte, de ella. Adopción mutua y más o menos inconsciente.

Rutina inevitable. Un día tras otro, deambular por los mismos rumbos y excepcionalmente, variar esas rutas pre-establecidas que se recorren una y otra vez, uno y otro día, semana y mes. Pareciera que nuestra condición humanourbana así lo exigiera en un proceso modulante en el que la ciudad y nosotros nos conformamos o moldeamos. Los ciudadanos, pareciera que somos tribales –tribus barriales–, que establecemos alianzas tácitas de fronteras y territorios en nuestro más o menos reducido ámbito.

De cuando en cuando, nos atrevemos a salir de esas fronteras tan bien marcadas, aventurarnos en terrenos urbanos de otras tribus, y descubrimos como exploradores maravillados ¡la ciudad ajena! La de los “otros” que no es la nuestra. ¿Cuál Guadalajara es la tuya? De las ciento mil que es ella, tan única y tan diversa para ca’quién. Entre más crece, se hacen –de una– más y más ciudades. Y a donde voy es a esto: por fortuna o por lo que quieras y gustes, me tocó ver desde el centro, el proceso de conversión hacia la excentricidad citadina. Céntricamente contemplé, viví, el proceso de ‘excentrificación’. ¿No te parece muy excéntrica tu ciudad, o tu parte de ella? Tal cual y quizá algo clarifiquen una serie de vivencias muy mías, y allá tú si les clavas el ojo para enterarte de ellas.

Hasta la época cincuental, cualquiera que fuera la rutina del llamado “tapatío”, invariablemente convergía con regularidad y frecuencia en el CENTRO de la ciudad; inevitablemente ocurría así. Hasta esas fechas, Guadalajara no se fraccionaba o dispersaba, y tenía un punto gravitacional único e idéntico: su centro; hacia donde todos iban, íbamos.

“Los Portales”; estoy seguro que aunque poco te signifique esa denominación, “portales”, sí ubicas en forma más o menos clara, dónde se encuentran los vestigios de un punto fundamental en el funcionamiento de una ciudad que cambió radicalmente en su forma de ser y de vivir, al darle la espalda al centro. Portales de los que alguno está por allí, remedando ser lo que fue, y otros con cirugía plástica –remendados–, y queriendo ser lo que ya no son. Tema de más de un escritor vernáculo, y tema del que aún los viejos hablan con cierta melancolía, por lo mucho que significaron. Ahora, simple adorno y antes indispensable punto de referencia.

Desde su hechura en tiempos coloniales, hasta los cincuentas, su fisonomía mercadera había cambiado poco; asimismo, su uso y utilidad. Junto a las columnas so-portales o soportantes, estaban los llamados “cajones” o puestos de vendimia: aguas frescas, dulces, antojitos y chácharas. Por allí deambulaban vendedores pregonando sus mercancías, incluso aquéllos cuyo acento los delataba como provenientes de tierras siríacas o libanesas y que años después, serían propietarios de grandes almacenes roperos.

Los Portales: ¿no te suena eso a algo así como puerta o portón? Si la lógica tiene algo que ver con la filología, podríamos deducir que tanto puertas como portones sirven precisamente para ingresar. ¿A dónde? Extraño lugar, esos portales flanqueando la Plaza de Armas, para ingresar a una ciudad. ¿Ingreso situado en el centro mismo? ¿Qué no se supone que las garitas sirvieron durante siglos como puntos de acceso?

Valga jugar un poco con las palabras. Más allá de albergar comercios, mercaderes, mercachifles, mercaderías y compradores, por entre Los Portales deambulaba la ciudadanía; la compacta demografía guadalajarense convergía invariablemente allí, por una u otra causa, atraída por la fuerza centrípeta de la ciudad.

Para los pocos habitantes de una minúscula urbe, era aquél un punto de gravitación social, en donde se clasificaba en dos a los habitantes: “gente conocida” y los otros; y por lo de “gente conocida”, debía entenderse todo un sistema de pesas y balanzas de clasificación, pues no cualquiera, por el simple hecho de dejarse ver en Los Portales, asumía esa jerarquía. ¿Es que será muy difícil percibir el significado de la portalera denominación? Por eso allá, en el título de este tramo, les llamé así: PUERTALES, que se deriva del sustantivo PUERTA; de allí también el aumentativo PORTÓN y –cuando algo ingresa en nuestra conciencia, al franquear la puerta de nuestra percepción–, ello se vuelve ¡IM-PORTANTE! Aunque parezca juego de palabras, en este caso ellas reflejan un hecho incontestable: en el trazo social de la ciudad extinta, los portales cumplían con una función tasante o taxativa, puesto que en ellos se clasificaba a los más o menos importantes.

Los “conocidos” y los demás, pero todos confluyendo hacia ese punto, y por las razones más distintas. Eso eran básicamente: portón de ingreso social a la ciudad. En torno a ellos –aparte de los comercios de toda ralea– los casinos, clubes, cafés, y las neverías. Alrededor de la Plaza de Armas se socializaba (y que nadie vaya a malinterpretar esa palabra, tiñéndola de púrpura. ¡Uy, qué horror los rojos!). Ahora, la socialización es un deporte que se practica en cualquier otro rumbo citadino, menos allí. Más aún, como ya somos tantos, no podría haber un centro común, comunitario, en donde pudiéramos, todos, ver y dejarnos ver. Ahora, en la ciudad excéntrica –que ya no gravita en torno a su centro–, la función portalera la cumplen en forma muy distinta los nuevos centros… ¡comerciales!

Insisto en aquello: las palabras, mirándolas bien, algo dicen o intentan. Del centro, la ciudad se ‘excentrificó’ o se vertió en los muchos centros hijos del crecimiento. Muy cerca del portalero centro, hacia abajo o hacia la denominada “Calzada”, una calle que aún se llama como se llamó pero que ya no es lo que fue. Si escribo su nombre, poco te dirá al leerlo: Maestranza. En cambio, si escribo el nombre completo de la calle, algo comenzará a revelarse: Calle de La Maestranza. Qué bueno que aún no la rebautizan y le montan el apellido de algún héroe más o menos opaco o brillante, y pienso que de tan feúcha, se les ha olvidado ‘renominar’ ese trozo de pavimento callejero.

Que para mí haya sido la calle de los abuelos paternos, poco importa; poco relevantes deben ser para ti mis memorables recuerdos de esos seres, cuya función es malcriar a los nietos y que cumplieron como pudieron mis paternos ancestros. Lo que quizá sí sea digno de notarse, es mi recuerdo de talleres de toda índole que por allí había; muchas talabarterías, en donde laboriosamente se trabajaba el cuero y alguna que otra herrería, reminiscencia de tiempos en los que la producción en serie aún no sustituía la hechura de objetos de uno en uno y mano a mano. Alineados en esa calle, los talleres, y dentro de ellos, la ¡maestranza, o la enseñanza de oficios que de otra forma no se pueden aprender! ¡Cuántas cosas en la vida no se pueden asimilar en el pupitre, sino en la brega directa!

Ya vendrá alguien a entender de todo esto, una especie de clamor anacrónico; una petición mía para volver al pasado irremediablemente ido; mas creo que no es lo que intento al promover que se retome la esencia del nombre de esa calle, y se le ajuste a la fugitiva modernidad. Recobrar la Maestranza y el Aprendizaje –que ambas cosas van aparejadas–, para que resurgieran oficios diversos, no sólo en manos jóvenes sino adultas; maestranza para profesionistas de toda laya e índole, que no saben hacer absolutamente nada con sus profesionales manos. ¡Si vieras qué poco respeto me merecen los que no saben hacer algo con sus manos!

Allí, en fin, la calle de Maestranza, con su nombre comprimido y tan adoquinado (en parte) como inexplicable para quienes no lo leen con detenimiento histórico. “Calle de La Maestranza”; poesía nominal, pues a fin de cuentas ¿es algo más la vida que maestranza y aprendizaje? De Los Portales a La Maestranza, poca distancia. Años luz nos separan ya de un tiempo, cuando los “PUERTALES” eran el punto de ingreso social a la ciudad y de cuando la MAESTRANZA tenía un lugar junto al corazón urbano.

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