Yule

Y Luego…

Por Alvargonzález; 12 de diciembre de 1996

En alguna parte, alguien comenzó; después siguieron otros aquel ejemplo imitativo, y luego… ¿Ya los has visto, primero en venta y luego instalados con toda su decoración luminosa? ¿Vendrán de Canadá? Cada año anun­cian así los mejores ejemplares de tem­porada: importados directamente de Canadá… para ir perezosamente a la basura en enero. No sé si en alguna ocasión tú me dijiste aquello de que “el adorno de hoy es la basura de mañana”, pero mientras dure, a gozarlo.

Pero ¿de dónde esa devota afición decembrina? Por cierto, ¿no te da mie­do la oscuridad? A mí también, y en más de un sentido que va de lo físico –la ausencia de luz visible– y llega has­ta lo profundo u oscurantismo que se refiere a la negación del conocimiento. Eso es: tan radiantes de luces los arbolitos de Navidad (entre más, mejor apreciados dentro y fuera de casa a través del ventanal) y tan profunda­mente oscuro su origen. O tan vincu­lado con el miedo a la oscuridad.

Durante el año hay cuatro hitos fundamentales en el calendario: dos equinoccios y dos solsticios. Aunque astronómicamente pueden variar, convencionalmente los equinoccios que­dan ubicados en los días 21 de marzo y 21 de septiembre; a su vez los solsticios, en los mismos días de junio y diciembre. Sus nombres latinos equivalen a la igualdad de la noche con el día –los equinoccios o ‘equus noctis’–, y a la apa­rente detención del sol en el espacio, o ‘sol stare’. ¡Táte allí! Fenómenos que para nosotros, hijos de la modernidad post modernizada, y a quienes nuestro banco de cabecera nos regala el calen­dario del año próximo para enterarnos de las fechas de vencimiento futuras, nos tienen sin cuidado. Mas para el ser primitivo, vidente de noches estrella­das y atento a la pendulación solar, re­sultaban fundamentales.

Pero, indudablemente, el nórdico de alguna forma tenía que sobrevivir la largueza feroz del otoño-invierno con la esperanza del retorno del calor solar. Un dato quizá te resulte ilustrativo: entre octubre y marzo, el promedio diario de luz solar directa sobre la Pla­za Roja de Moscú, apenas sí llega a los 15 minutos. Y sin calor suficiente (y en más de un sentido) ni tú ni yo vivimos.

Para todos los conocedores super­ficialmente profundos de la historia patria, es bien sabida la ceremonia azteca del Fuego Nuevo. ¡Pánico de que se apagara el sol! Sus respetables y azte­cas razones tendrían para celebrar cada 52 años, pero ese miedo a la no­che eterna –¿a ti no te da?– seguro lle­gó caminando y migrando del Norte helado al Sur tropical en una memoria genética imborrable, pero con una diferencia sustancial: la ceremonia del Fuego Nuevo en los países del invierno oscuro, era rito anual y coincidente con el solsticio. ¿Tiene muchos foquitos tu árbol navideño?

La Roma que había absorbido a la Grecia mediterránea, se encontró hacia el Norte con los cultos Mitrales; solares y evocadores de una luminosidad que decrecía con el verano y que a partir del solsticio invernal comenzaba a ganarle a la oscuridad. Su deidad: Váruna, con su ceremonial del fuego novedoso. Pero más hacia la tierra normanda –donde habitaban los feroces ‘North Men’–, en el solsticio ritualmente se apagaban todos los fuegos domésticos, y luego de ello se procedía a encender un trozo de madera de Yule o Jul, considerado como el árbol de la vida o Yggdrasil, al que mitológicamente se le creía punto central y apoyo del universo con sus tres raíces que descendían al inframundo (hel, y escrito así), y de cuya copa caía miel (mel, y tal cual también escrito) que inmortalizaba a los dioses. ¿Más mitología nórdica y a propósito del Yul? Un águila le protegía y en su base anidaba una serpiente –Nidhogg– cuidadora del mundo.

¿Mestizaje? En sentido estricto ni el plenisolar pueblo Azteca se libra de él; mientras no se pruebe la originalidad americana de los pueblos precolombinos, del Norte llegaron y emigrando, trayendo consigo ceremoniales nórdicos. Y mestizaje también, cuando los cristianos afincados en Bizancio, al tiempo en que Constantino Emperador afilia el Imperio a la nueva religión, reúne ceremonialmente la Natividad con el surgimiento anual de la nueva luz solar: “…Yo soy la Luz…”.

Así, el origen del muy doméstico y mexicano árbol de Navidad (cada diciembre), no es otro que el normando Árbol de la Vida, siempre verde. Al paso del tiempo, en él se colocaron candelas (¿tiene luces el tuyo?), y de sus ramas pendían manzanas (¿ya le pusiste esferas o su equivalente como tributo a los dioses?). Perdón si te ofende eso de “mestizaje”, porque ¡peor te la cuento!: del Norte hacia el Sur, lo del árbol de Navidad tardó sus buenos siglos en bajar de tierras normandas a Inglaterra, pero muy poco el viaje entre Albión y esta rudapatria. Es decir, del Norte sajón al Sur en que vivimos.

La Reina Victoria casó con Alberto de Saxo-Coburgo, y fue precisamente el llamado Príncipe Consorte (vaya suerte casarse con la longeva Victoria que vivió de 1819 a 1901), el que inauguró en suelo británico la costumbre de instalar en navidad un árbol, símbolo de la vida e hijo de la mitología normanda. Como la vinculación USA-UK (Estados Unidos-Reino Unido) hasta recientemente ha sido muy unida, la transportación de la aparente tradición ancestral americana fue cosa de segundos. Finalizando el siglo 19, ya todo buenhogar de nuestro poderoso aliado comercial (TLC) debía tener su árbol navideño, y (¡cuestión prodigiosa de proteccionismo explicable sólo por antroposocialgosiconautas becados!) no fue sino hasta bien pasados los cincuentas que la costumbre se arraigó aquí. Hablar de cuarenta años en el terreno en las tradiciones, es simple cosa de segundos en su convertibilidad histórica. Nada: el árbol de Navidad, es novedad.

¿Antes? Todo mundo su “Nacimiento”. Esa es otra cuestión y otras versiones sobre la misma Historia que tú y yo vivimos a propósito de diciembre, y quién sabe qué tengan todos los tales diciembres que a todos nos da por pensar. ¿Piensas? ¡Qué miedo la oscuridad! ¿A ti no te da? A mí tampoco… por eso ya prendí mi árbol y tengo mi nacimiento.

Gracias a Werner por darme más datos sobre el Yule. Fíjate: Werner vive en San Nicolás de Ibarra, y el tal San Nicolás es el fundamento del mito de Santa Claus, apócope de Saint Nicolans. Pero esa es cuenta pendiente.

Táte bien.

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